Clubes de barrio ¡no los maten, está el Chino!

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Un cuento de Pablo ‘Colo’ Pérez (*)

La pelota vuela. La ilusión se cuela en la gambeta corta y larga. El zurdazo levanta el polvo pero la ilusión sigue volando. Es un pibe cualquiera en cualquier lado de la ciudad. Pantalones cortos y sentido de pertenencia. Está en el Club. La calle queda detrás del alambrado pero él está en el Club. No importa el frío o el calor.

“Hay que defender los colores viejo”, dice con aire de suficiencia y capitán de equipo el Andrés. Los demás lo miran y asienten. El viejo Germán prepara las hamburguesas y los chori en el buffet improvisado. “Hoy vienen muchos y vamos a hacer guita”, se ilusiona y mete más brasas para apurar el asunto. La madre del chueco trajo dos tortas. “Metemos la porción a diez mangos y la de dulce de leche a quince”.

El Chino no vino. Y si no vino el Chino no hay espectáculo, pase preciso, mirada altiva, elegante y aires de grandeza ¿Dónde vive el Chino? ”Hacé dos cuadras, doblá a la derecha y en la primer calle de tierra le metés hasta el fondo, chapas verdes”, grita Walter desesperado sabiendo que sin el Chino hay posibilidad de derrota.

Y ahí sale Germán que abandona los chorizos con el Dogde 1500 a buscar a la estrella. “Cuidame la parrilla nene”, grita y si Germán grita se obedece. Sentido de la obediencia y responsabilidad de cuidar los chorizos. El árbitro llega, se sacude la modorra y se prepara para los insultos de siempre…rutina. En su interior sabe que en el Club hay buena gente y que va a ligar un chorizo.

El Dodge 1500 aparece descascarándose por la calle de los pozos… pero trae al Chino casi dormido. El equipo respira aires de triunfo. “Chino pelotudo dónde estabas”. El Chino no responde, no hace declaraciones, los mira y dice “vamos ¡a ganar!”. El pitazo resuena en toda la ciudad porque es sábado y en cada rincón de la ciudad hay un Germán.

Una madre del Chueco, un Chino, un amigo. Sentido de valorar la amistad. Acá se hacen amigos. La pelota rueda y no se mancha. Los chori van saliendo de a poco y la torta vuela porque no hay torta como las de la madre del chueco. Aunque el chueco no es gran jugador… pero trae la torta y juega.

Corren detrás de una ilusión. Quizá no sea la de jugar en el Barza, Boca, River, el Lobo o el Pincha. Pero la ilusión está intacta. Y saben que son un equipo. Y que el Club no se toca, en el Club no se jode.

Termina el partido casi sin incidencias. Un magro cero a cero ahogó el grito de gol. El árbitro respira tranquilo y recibe su recompensa. El barrio se va iluminando porque la noche va cayendo despacito. Los pibes se juntan en el vestuario y se toman una gaseosa, no hay reproches. Se jugó mal y punto.

Germán envuelve los últimos cuatro chorizos y se los da al Chino: “Para tus hermanos”. La jornada termina. Club de barrio en la calle más polvorienta, escondido entre el caserío. “¡El lunes hay entrenamiento eh!”, grita alguien.

Las luces se apagan. Lo que no se apaga es esa llama sagrada que en cada rincón chispea. Clubes de barrio que no piden pero dan, dan y dan… Acá no se lava dinero, se lavan camisetas, acá no se adquieren estancias, se compran pelotas, acá no se cotizan acciones en la bolsa, se cotizan los valores más lindos en cada pibe que lo pisa. Clubes de barrio. No los maten.

(*) periodista, escritor y militante tolosano.

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