El Árbol

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Por Daniel Cecchini, periodista y escritor

“He muerto muchas veces /acribillado en la ciudad.

Pero es mejor ser muerto / que un número que viene y va”.

(Charly García, “Canterville”)

De ser cierto, este cuento pudo haber ocurrido en la Plaza Iraola, en Tolosa.

Lleva horas caminando cuando llega al árbol. No era ése su destino; sin embargo ahí está, buscando la protección de su sombra frente a las otras sombras: las de la oscuridad, las del miedo, las de los otros. Ha entrado a la plaza por el otro extremo, cuidando que el silencio de sus pasos no traicione al de la noche y lo ponga al descubierto. Conoce el camino pero lo recorre como si fuera nuevo, pisando la tierra húmeda para evadir los oídos que pueden delatarlo. Ojos y orejas por todas partes; cualquier mirada puede ser la de un cazador, la de un perro adiestrado dispuesto a señalar la presa. Ha dejado de pensar, cada idea es un instinto de animal acorralado. Puede oler la adrenalina de su propio cuerpo, ácida: el aroma de la supervivencia y el miedo. Tal vez ellos también puedan olerlo.

Ha dejado atrás la morera y los pinos antes de esquivar el monumento. La figura familiar se le dibuja por primera vez como una piedra de sacrificio. A la luz de la luna, el prócer es un espectro.

Un temblor fugitivo le recorre el cuerpo y lo deja más solo que antes. Se contiene para no correr. No corras, imbécil, se dice sin saber que está hablando.

Se dice, porque algo tiene que decirse, y deja atrás otros dos pinos y rodea el único eucalipto de la plaza; al pasar acaricia el tronco con la yema de los dedos. No sabe cómo se llama el árbol al que se aproxima.

Lo conoce mejor que a ninguno pero no sabe su nombre. Nunca se preocupó por saberlo. Era el árbol, y eso era suficiente. Ahí estás, dice sin saber que habla mientras se acerca al tronco grueso que sostiene la copa baja y frondosa. Siempre había sido el mejor escondite.

Ya no tiene que saltar para alcanzar la rama más baja y columpiar un poco el cuerpo buscando más fuerza para izarse hasta las hojas. La memoria del movimiento lo lleva hacia arriba. Cada vez más arriba en un movimiento sin tiempo hasta que la presión de la 45 en la cintura lo arroja de nuevo al presente.

Se había salvado por un pelo esa misma tarde. Estaba a dos cuadras de la casa cuando escuchó los primeros tiros. Hizo un esfuerzo para no frenar en seco. Siguió hasta la esquina y dobló a la derecha, en dirección contraria al tránsito, alejándose. Recién entonces miró el reloj: las siete y doce, diez minutos de atraso para la reunión.

Porque en un primer momento no asoció el tiroteo con la casa. Les creaba un problema de seguridad, claro, y debería irse cada uno por su lado porque los milicos seguirían en la zona, pero no pensó en la casa ni en los compañeros. No, eso no.

Caminó dos cuadras hacia el norte hasta encontrar una calle que le permitiera doblar a la izquierda a contramano de los autos. Ya no se escuchaban tiros. Desde la esquina siguiente podría mirar hacia la casa, a tres cuadras al sur. No la vería, claro, pero tendría un panorama de la zona antes de acercarse. Cuando llegó se detuvo para encender un cigarrillo y miró.

Una ola de calor le creció en el vientre y subió como una flecha hasta la cabeza, los testículos se le comprimieron como si hubiera entrado en un mar helado; se atragantó con el humo y tosió: no, no podía ser. Pero era.

A doscientos metros, un patrullero atravesado en la calle cortaba el tránsito. Más atrás vio un camión verde, de transporte de tropas. El ejército, pensó. Estaba oscureciendo pero todavía era de día: muy temprano para los ford falcon, las gorritas y las medias en la cara, aunque nunca se podía estar seguro.

El patrullero se corrió para darle paso a una camioneta de caja cerrada, sin patentes, que vino directamente hacia donde estaba. Se obligó a clavarse en el piso, a mirarla como si no la viera: cualquier movimiento en falso podía llamarles la atención y entonces… no, mejor no pensarlo. Pasaron de largo; el hombre que iba en el asiento del acompañante llevaba una itaka asomada por la ventanilla; ni siquiera giró la cabeza para mirarlo. Respiró. En ningún momento recordó que él también llevaba un arma.

Sabía qué tenía que hacer pero no lo hizo. En lugar de alejarse caminó en dirección a la casa, lentamente, como distraído. Se acercaría una cuadra más, para tratar de ver de más de cerca, de averiguar algo. No podía irse así. Estoy bien vestido, pensó, e inexplicablemente se sintió más seguro. Cuando vio al viejo del kiosco, cincuenta metros más adelante, ya era tarde para retroceder. Le sacó los ojos de encima y bajó la cabeza esperando que no lo reconociera. Ahora soy invisible, soy el fantasma de Canterville, murmuró como si fuera un conjuro infantil. No resultó: el tipo lo había visto y caminaba hacia él con un gesto que quería ser sonrisa en la boca.

– ¡¿Qué hacés, querido?! – le dijo en voz alta y le cortó el paso, abriendo los brazos.

Al temor se le sumó el desconcierto: hasta entonces el viejo apenas si lo había saludado cuando iba a comprar cigarrillos y de pronto quería abrazarlo.

– ¿Cómo está tu vieja? – le preguntaba ahora, casi en un grito, mientras le ponía las manos sobre los hombros y le clavaba la mirada: en la mezcla de miedo y frialdad de los ojos del viejo pudo leer su valentía. Lo abrazó y notó que temblaba. Entonces, sintiendo su boca pegada a la oreja, escuchó un murmullo húmedo y urgente:

– Se llevaron al rubiecito y a una piba. ¡Rajá, pibe, doblá en la esquina y rajá que te buscan también a vos!

El Viejo se desprendió del abrazo y hasta se dio tiempo para acariciarle la cabeza.

– Dale saludos a tu vieja, querido. No te olvidés – le dijo de nuevo en voz alta.

– Gracias, serán dados – respondió.

Durante la noche interminable que tenía por delante se preguntaría más de una vez de dónde había sacado fuerzas para contestarle.

El viento otoñal mece con suavidad la copa del árbol. Por primera vez se da cuenta de que tiene hojas perennes. Lo sabía, porque había sido un buen escondite para los juegos también en los días de invierno, pero nunca lo había pensado realmente. No era cosa que hasta esta noche tuviera importancia. La memoria de su cuerpo lo lleva por sobre las ramas hasta el trono de la horqueta. El suyo, un poco más arriba y a la izquierda que el de Tavo, muy cerca del nudo que le servía de asiento a Raúl y exactamente debajo de la “silla” del Flaco Churrasco. El recuerdo de unas zapatillas embarradas rozándole la cabeza le hace levantar la mirada.

El movimiento de las hojas oculta y muestra las estrellas. Otro titilar, piensa. El paisaje casi no ha cambiado: a la derecha la calle más cercana, bordeando las vías del tren, y más allá la otra plaza, esa que era la misma pero que la frontera de las vías había transformado para ellos en otro territorio. En el fondo, la sombría silueta de la iglesia.

Se sienta. La plaza, la suya, está casi a oscuras y en silencio. Puede escuchar cómo respira con el viento. Apoya la espalda contra la rama más gruesa y empieza a recuperar la calma; todavía no quiere pensar. Prefiere mirar la plaza desde el árbol y dejarse ir con los ojos por entre los pinos hasta el monumento –que ha dejado de ser siniestro-, vagar por los caminos de baldosas grises y desparejas, recuperar la frialdad del granito de los bancos en las piernas desnudas por la crueldad de los pantalones cortos.

Desde el árbol puede reconstruir la canchita. Si no la conociera le sería imposible verla: uno de sus arcos es una palmera desde la que hay que contar cinco pasos para poner un montoncito de ropa; el otro, el más lejano, se construye en los otros cinco pasos que separan al árbol flaco del gordo y rugoso. El lateral derecho –desde su posición, detrás del arco de la palmera y la ropa- lo marca la línea de la vereda; el izquierdo es la recta imaginaria que corre desde el olmo hasta uno de los bancos, pero que a mitad de camino atraviesa a dos de los pinos.

(“¡Pará que la pelota se te fue!”

“No, no se me fue nada.”

“¡Sí que se fue! ¡Mirá la línea!”)

En el centro de la canchita, ahora, han puesto un mástil sobre un bloque de cemento. Ya no se puede jugar, piensa. Son tiempos de banderas y en tiempos de banderas cualquier juego es imposible.

Antes, lo único que podía interrumpir un partido a la hora de la siesta era la llegada del vigilante.

(“¡La cana, la cana! Seguro que doña Rosa llamó de nuevo a la comisaría.”)

Casi siempre era un gordo de bigotes gruesos que les tocaba el silbato desde la esquina y les hacía señas para que se fueran. Otras veces venía el pelirrojo –el tío de Cacho-, que se quedaba conversando con ellos hasta que se hacían las cuatro y entonces sí, los dejaba continuar el juego y miraba el partido.

Desde la calle más lejana, ahora, le llega el ruido de un motor. Un patrullero con las luces apagadas comienza a recorrer lentamente el otro costado de la plaza.

Se había alejado con la sensación de caminar sobre el aire, fuera del cuerpo. Veía hasta los más pequeños movimientos de la calle: la gente que iba y venía, las puertas de las casas, los autos que pasaban (siempre de frente), los rostros que se cruzaban en su camino (una chica de trenzas que saltaba una imaginaria rayuela, una mujer que cargaba la bolsa de las compras, una adolescente rubia y hermosa que lo miró a los ojos, un hombre de saco y corbata, tres chicos con guardapolvos blancos…). Se veía mirado. Por puro reflejo preparó un minuto: desde dónde y hacia dónde iba, qué hacía precisamente ahí y a esa hora. Para lo que me va a servir con un fierro en la cintura, pensó. Lo repasó aún sabiéndolo inútil: era una manera de dominarse. No me voy a dejar agarrar, murmuró como si hiciera una promesa, pero no estaba tan seguro.

El rubiecito y una chica, había dicho el viejo. Carlos y la Petisa, entonces. Quedaban el Nene y el Tano, o no, y si todavía quedaban los iban a estar esperando. Tenía que encontrarlos antes de que llegaran a la casa, antes que ellos. Dobló a la derecha en la primera esquina: rodearía la zona desde lejos, sin detenerse, mirando en cada calle para ver si los veía venir (a ellos o a ellos, los otros). Por suerte es una ciudad geométrica; paralelas y perpendiculares, cortadas por esas diagonales tan desconcertantes para los recién venidos), pensó como se suele pensar, sin que tuviera algún sentido. Y mientras caminaba sintió también la atracción de un imán, una fuerza que lo arrastraba hacia la casa y otra que no, que lo repelía, rajá, pibe, rajá.

Dio tres vueltas a tres calles de distancia, siempre en la dirección contraria del tránsito, antes de irse. Recién entonces cayó en la cuenta de que no tenía dónde dormir. La casa era provisoriamente su casa y la habían transformado en una ratonera. Palpó la llave inútil en el bolsillo del pantalón y su primer impulso fue tirarla a una alcantarilla como el personaje de aquel cuento, pensó, al que también le habían tomado la casa. A lo del Nene ni pensar en ir, no podía estar seguro de que no lo hubieran agarrado también, antes o después. Y Carlos le conocía la casa. El Tano, si había zafado, estaría como él: pensando en dónde pasar la noche. La cita de control –la última cita, la definitiva– era a las 8 de la mañana. ¿Y hasta las ocho qué hago?, se preguntó en voz baja (hablo solo, como los locos, pensó). Tenía puertas para golpear, pero no sabía si quería golpearlas.

Caminó sin destino fijo, eligiendo un nuevo rumbo en cada esquina, de acuerdo con la dirección del tránsito y la protección de las sombras de los árboles frente a las luces de la calle.

Cuando pierde de vista al patrullero descubre que está recostado contra el tronco más grueso de la horqueta, con la pistola empuñada. No recuerda el gesto de sacar el arma de la cintura. Busca el seguro con el dedo: también lo ha corrido. Entre penumbras mira la mano como si no le perteneciera. Se pregunta cómo, cuándo. Presiente que si pudiera verse los ojos descubriría el espanto. Repite –y un gesto amargo se le dibuja en los labios- la frase de un juego cruel de la adolescencia: la mano más rápida que la mente. La muerte por reflejo condicionado, piensa.

Sigue mirando la mano, el arma: pistola 11.25 Ballester Molina, automática, expropiada a un oficial del Ejército, seguro de gatillo y de empuñadura (pero nunca te confíes), siete balas en la vaina y una en la recámara. Lo repite mentalmente como una oración aprendida. Sabe que podría desarmarla y volver a armarla con los ojos cerrados, incluso ahí, arriba del árbol. La idea de conocerla mejor que a su propia mano se le ocurre siniestra. La de disparar sin pensar es aún peor. La de estar trepado a un árbol de la plaza de su infancia con una .45 en la mano le resulta dolorosamente grotesca. Espera una náusea, un mareo, un temblor, pero no llegan. Está frío.

No se recuerda, es una fotografía: a los 4 años, con pantalones cortos, sombrero de vaquero y un revólver de plástico en la cartuchera. A ver quién desenvaina más rápido. Bang. En esa plaza nunca había jugado al poliladron. Tampoco a los comboy.

A las escondidas sí. Al principio sólo con los chicos –con Raúl, con Tavo, con Hugo, con el flaco Churrasco y con Guillermito-, y esas ganas de hacer pis y no poder porque el grito

(¡Piedra libre ahí, atrás del pino! No te hagas el boludo que ya te vi…)

era el pasaje a la humillación de contar.

Y más tarde también con Cristina y Adriana y Patricia y Carmen (Nuestra Señora del, como la iglesia de la otra plaza), roces de ropas y brazos detrás del tronco, miradas sesgadas y perfumes de proximidades que eran promesas que sólo el juego podía hacer cumplir

(¡Vení, vení, no te asomes que nos van a ver!)

y pieles erizadas y entonces sí, ahora, sobre las ramas del árbol, tiembla.

Sin decidirlo (pero sí, lo sabía), caminó en busca de la protección del centro: uno más en la multitud, el mundo de los inocentes, por lo menos durante un par de horas. ¿Y después?, pensó. No pudo pensar en después: dos horas le parecieron una eternidad si todo podía terminar en un segundo. Bajó por una avenida, pasó frente al cine donde una trasnoche no tan lejana había descubierto a Antonioni (Blow up y Zabriskie Point, en función doble, hasta las cuatro de la mañana) y vio que proyectaban una película de Luis Sandrini; dejó atrás el edificio inútil de la Legislatura, detenido por un semáforo miró –imitando a los demás- pasar a dos camiones repletos de soldados y aunque su cuerpo seguía alerta no se sobresaltó. Tengo que ser natural, pensó sin proponérselo mientras cruzaba la avenida. Observó los autos, la calle, la gente, y trató de sentir que la ciudad seguía siendo la suya aunque estuviera tomada. Intentó recuperarla y pensó que sí, que tal vez pudiera recorrer sus calles como si fuera antes, pero que tampoco tanto porque sería peligroso –quizás definitivo– descuidarse. Y supo que no le serviría de nada: ya nadie caminaba por la ciudad como antes.

Se vio reflejado en una vidriera y le extrañó que su frente no tuviera una marca, que su cara fuera la misma –ésa en la que solía reconocerse-, que pudiera ser como los otros. No tengo pegado un cartel de “soy boleta”, pensó, pero tampoco quiso engañarse. Giró hasta ponerse de perfil –miró, hizo que miraba un maniquí con saco en el extremo derecho de la vidriera– y se caló de reojo: no, aunque lo sintiera, el fierro, apretado entre la cintura y el final de la espalda, no le abultaba debajo de la ropa. Por primera vez pensó en esconderlo o, por qué no, tirarlo. Para lo que le iba a servir. Siguió caminando.

Dobló en la primera esquina –no le prestó atención al sentido del tránsito: en el centro esas cosas eran inútiles– para buscar la paralela a la avenida. Lo hizo de manera automática, sin calcularlo, sin preguntarse para qué (mucho más tarde, arriba del árbol, sabría por qué: era el camino que llevaba al Don Julio, el bar preferido de su quinto año en el Colegio Nacional, tan lejos y tan cerca) y entonces –pero no fue entonces, fue a mitad de cuadra, cuando ya era imposible retroceder sin delatarse– los vio.

Sucesión de imágenes: en la vereda de enfrente, llegando a la esquina, dos soldados con armas largas (fal, tienen fal); en la calle lateral, asomando la culata, un camión verde con más soldados arriba (¿serán los mismos de la avenida? ¿Y ese tipo de camisa blanca que tienen ahí, con ellos?); en la esquina, frente a la puerta del bar, un patrullero estacionado y en la vereda dos policías sin armas en las manos, dos soldados armados y (lleva pistola en la cintura y no tiene casco) un oficial del ejército; al volante del patrullero, otro policía (está fumando); más uniformes verdes: una pinza.

Metió las manos en los bolsillos y se vio caminar hacia ellos como si fuera otro; se vio acercarse: veinte, diez metros; se vio encarar directamente hacia el oficial y uno de los policías que estaban parados frente a la puerta del bar y ya no le importó; se vio mirarlos y que no lo miraban; se vio pasar apenas a un metro de donde estaba el patrullero y se supo observado por el policía del volante; se vio mirarlo y se vio mirado (los ojos del policía se clavaron en los suyos); sintió cómo sus ojos sostenían la mirada del otro y se vio saludarlo con un movimiento (despreocupado) de cabeza, como si se conocieran; se vio saludado con el mismo gesto (aunque la mirada…); se vio pasar cerca del auto, despegar los ojos de los del policía y mirar hacia delante; se vio cruzar la calle como si no tuviera apuro y alejarse; se sintió mirado desde atrás y esperó un grito que no llegó.

Faltan dos horas para el amanecer cuando se despierta. En realidad no ha dormido: ha descansado la cabeza contra el tronco del árbol, con los ojos cerrados, y el tiempo ha quedado suspendido por un momento, hasta que regresa con un sobresalto. Con él le llegan los reclamos del cuerpo y también la memoria: apoya una rodilla sobre cada rama de la horqueta, allí donde casi se unen y apunta hacia abajo, evitando mojar el trono: un antiguo secreto. El rumor de la meada al golpear contra la tierra nace, crece y se apaga en el silencio de la noche. La plaza está desierta: sólo él puede escucharse. Las ganas de fumar son otra cosa, no es tan sencillo resolverlas. Su cuerpo es una rama más de la copa del árbol, un espectro entre las sombras de las hojas, pero la brasa del cigarrillo sería casi una delación. Pero no hay nadie que pueda verla, piensa y casi se convence. Necesita murmurar para frenarse: No seas estúpido, dice con los dientes apretados, te pueden ver desde doscientos metros (sigo hablando solo, piensa y es casi una recriminación).

El recuerdo le llega lento, difuso, casi como parte del pequeño banco de niebla que comienza a formarse al ras del pasto de la plaza y que presagia el fin de la madrugada: el análisis de Reunión, de Cortázar, en una clase de literatura del Nacional (con Negri, claro, era con Negri) y un detalle estúpido que se había transformado en polémica. La noche del desembarco del Granma, exhaustos de la caminata por la ciénaga, de los aviones que los ametrallan y de las emboscadas del ejército de Batista, los sobrevivientes duermen. Guevara, insomne de asma, enciende un cigarro bajo el pequeño reparo armado con hojas para que no puedan verlo. Detrás de sus enormes anteojos de marco negro, Negri, como siempre, les hace beber de sus labios verdades reveladas.

(“-El autor quiere mostrar con esto cómo se cuidan entre sí los guerrilleros. El Che se esconde para que sus compañeros no lo vean fumar, porque le van a recriminar que fume con su asma…

-No, profesor, me parece que es para que no vean la brasa desde un avión y vuelvan a ametrallarlos.

-Pero miren ustedes, su compañero conoce hasta las intenciones más secretas de Cortázar…”)

Oculto entre las hojas del árbol, sonríe por primera vez en la noche. Se toma de una rama, se levanta del trono y comienza a buscar a tientas en el tronco, a la altura de su cabeza, hasta encontrar el hueco. Demora en descubrirlo porque ha comenzado a palpar la corteza más arriba, levantando demasiado el brazo como si su cuerpo aún conservara la altura de otras épocas, cuando utilizaban el hueco para guardar los cigarrillos, cuidadosamente envueltos en una bolsa de plástico, entre tarde y tarde arriba del árbol, antes de volver a sus casas con la boca picante de pastillas de menta.

Después de recorrer la plaza con la mirada enciende un fósforo dentro del hueco e introduce la boca con el cigarrillo en los labios; apaga el fósforo con la primera exhalación, urgente, sin haber tragado el humo. Con la segunda pitada –ahora sí, profunda– lleva el humo hasta los pulmones. Cuando lo expulsa está sonriendo nuevamente.

Una cuadra más allá de la pinza (había dejado de verse como si fuera otro y notó que tenía la garganta reseca y estaba temblando), encontró la diagonal y subió por ella para volver a la avenida. Tensó los músculos y dominó el temblor sin dejar de caminar. No puedo seguir dando vueltas como un idiota, pensó, tengo que encontrar un lugar donde llegar hasta mañana (casi se ríe del espanto cuando, al mismo tiempo, congelada en el marco de la puerta de una mansión sureña, Vivien Leigh se inmiscuyó para decirle que mañana sería otro día, y supo que no se espantaba por la intrusión de Scarlett sino porque el lugar común había dejado de serlo y en su caso si alguien se había llevado algo no era precisamente el viento).

La gente comenzaba a ralear en la calle y tuvo la certeza de que pronto su silueta se transformaría en un blanco. Imaginó una escena silenciosa y lenta, en riguroso blanco y negro: su cuerpo sacudido por las balas: el primer impacto –un golpe en el hombro, sin dolor– lo haría saltar por el aire, hacia atrás; el segundo sería en la rodilla cuando tratara de incorporarse; habría una erupción de huesos astillados y jirones de carne y ya no podría correr; intentaría sacar el arma y…no, se obligó a ponerle fin a la película: the end.

Al llegar a la avenida dobló a la derecha. El recuento de posibilidades había terminado pronto: apenas dos lugares donde ir. Había otros, pero se prohibió los demás porque intuyó que podían existir derrotas más dolorosas que la captura o la muerte.

A pesar del riesgo de la cercanía del cuartel decidió probar suerte en lo del Profesor. Si estaba, le abriría la puerta, calentaría café, le ofrecería algo de comer (recordó unos fideos cocidos en leche, queso rallado y pimienta), tal vez descorcharía una botella de vino español (esos hábitos burgueses del Profesor) y lo escucharía como siempre, con Haëndel o Albinoni de fondo, mirándolo desde esos ojos grises en los que la tristeza se había asentado como un agua quieta. Lo ayudaría a pensar y después -cuando ya supiera qué hacer mañana- le daría sábanas limpias para que se armara la cama que desde unos meses atrás estaba irremediablemente vacía. Aunque no pudiera olvidar, dormiría.

Diez minutos más tarde encontró otro operativo. Estaba alerta y lo descubrió a más de una cuadra. No detuvo sus pasos, ni siquiera disminuyó el ritmo (solían disponer hombres disimulados a cierta distancia de la pinza, precisamente para detectar esas vacilaciones). Llegó a la esquina, cruzó la calle luego de esperar a que el semáforo le diera paso y tomó por la lateral. Esta vez tampoco escuchó voces de alto (Soy invisible, pensó / Jack is a ghost, canturreó / para aplacar el temblor que le recorría el cuerpo) y se alejó midiendo la falsa naturalidad de sus movimientos mientras las calles seguían vaciándose peligrosamente.

La vio parada ahí: en la esquina, frente a la vidriera iluminada de una zapatería. Reconoció la silueta antes que sus rasgos mientras se acercaba. Ella giró la cabeza (tal vez convocada por el sonido de los pasos) y lo miró. Sus ojos (sorprendidos, pensó) lo reconocieron y la boca se le abrió en una sonrisa amplia de bienvenida.

Pasó a su lado sosteniéndole la mirada mientras su cabeza -no él, sólo su cabeza- se movía en una rotunda negativa y la dejó atrás (congelada, imaginó), ya ganado por el arrepentimiento pero decidido a no regresar.

I saw her standing there, murmura ahora con la espalda apoyada contra el tronco del árbol.

Busca con la mirada el banco que solían compartir las noches de verano y pronuncia su nombre: Emilce, como si quisiera convocarla. Puede verla de perfil, la cabeza un poco inclinada hacia adelante, con el pelo castaño, lacio, cayéndole sobre la cara, esperando. Eran diálogos con silencios más importantes que las palabras, recuerda ahora, desde la copa del árbol, mientras la sigue viendo balancear las piernas, cruzadas a la altura de los tobillos como las de una nena. Y de vez en cuando algunas frases, sencillas pero difíciles, cargadas.

(“-¿Qué vas a estudiar, entonces?

-Antropología.

-¿Es difícil, no?

-No sé… Creo que me gusta.

-¿Y no te gusta nada más?

-…

-…

-¿Vamos a caminar?

-Dale, vamos.”).

Tímidos los dos, piensa ahora, cuando entre las hojas las estrellas comienzan a palidecer. O simplemente ella lo esperaba y él no había sabido descubrirlo a tiempo. Y recuerda caminatas enormes, largas como la de esa noche interminable, embriagándose del placer de sentirse cerca, casi rozándose los cuerpos, las pieles anhelantes, dando un paso y otro y otro pero nunca el paso del que tampoco se atrevían a hablar. Ni siquiera de madrugada, cuando regresaban al banco y seguían hablando silencios para no separarse hasta que se encendía una luz en la casa de enfrente y escuchaban a doña Rosa

(“-¡¿No tienen otro lugar a dónde ir? Siempre ustedes dos. ¡Váyanse a otro lado o llamo a la policía!”)

Siempre la cana, vieja de mierda, murmura ahora mirando hacia la ventana. Y de pronto sabe que hizo bien en no detenerse, en dejar a Emilce atrás, sin entender, congelada…

Tuvo que desviarse para eludir el cuartel y llegar a la casa del Profesor por una calle más segura pero nadie respondió a su llamado. Esperó más de lo necesario, de lo prudente, frente a la puerta y se alejó sin convencerse de tanta mala leche. Pasada la medianoche –media ciudad más al norte- golpeó suavemente a una ventana con la certeza de que antes que a nadie despertaría al pánico. Cuando, después de una eternidad, se encendió una luz, dijo:

-Rubén, soy yo.

Escuchó murmullos adentro y se arrepintió de haber llamado. El Flaco abrió la puerta mirando por encima de su cabeza y después hacia ambos lados de la calle.

-¡¿Qué te pasa?! – preguntó haciéndose a un lado para dejarlo pasar. En su tono había preocupación, angustia, enojo y reproche.

-Me reventaron la casa– explicó, decidido a que hasta ahí llegaría.

-¿Cuándo?

-Esta tarde, a las siete. Estaba llegando y me salvé por un pelo.

-¿Había alguien adentro?

-Dos compañeros… ¿para qué querés saber?

Escuchó el llanto de un bebé y movimientos en el dormitorio. Rubén miró hacia la puerta y su susurro se volvió urgente:

-¿Estás seguro de que no te siguieron?

-Seguro, pero no tengo donde pasar la noche…

Entonces Marita había entrado al cuarto con el bebé en brazos. Al mirarla notó que en su cara, tensa, no había rastros de sueño.

-¿Qué pasó?– había preguntado.

El Flaco, nervioso, había empezado a hablar:

-Vino porque…

Sin siquiera pensarlo, lo interrumpió:

-Pasaba nomás y quise saludarlos… No me di cuenta de la hora– Antes de terminar ya sabía que era la excusa más estúpida que había dicho en su vida.

Marita frunció el ceño y se quedó mirándolo.

-¿Que-querés quedarte? – tartamudeó. Rubén seguía mudo, esperando.

-No, ya me iba– respondió sin dudar y vio cómo a Marita se le aflojaba la cara.

-Bueno, como quieras. Yo voy a acostar a la nena, que se despertó. Chau– le dijo y lo despidió con un beso en la mejilla.

Había quedado nuevamente solo con Rubén en el comedor. Ahora la cara del Flaco era de desconsuelo. Supo que tenía que hablar:

-Mejor me voy– le dijo.

Rubén lo había mirado con los ojos húmedos.

-Pero, ¿y dónde vas a ir?

Había pensado en dar marcha atrás y quedarse, en atar su seguridad al riesgo de ellos, y había sabido que si dudaba un segundo más se quedaría, pero no.

-No importa. Yo me arreglo –dijo-. Venir fue una mala idea. Ustedes son mis amigos, no tienen nada que ver con esto…

Y había agregado, como si fuera un consuelo (¿para ellos? ¿para él?): “Vos no te hagás problemas”.

Al volver a la noche se sintió aliviado.

Pensó en subirse a un ómnibus y hacer todo el recorrido para que pasara el tiempo, pero supo que era meterse en una jaula; pensó en tomar un tren hasta la capital y volver ya de día, pero supo que no pasaría del andén; pensó en tocar a una o dos puertas y volvió a prohibírselo; pensó en levantar un auto pero se dijo que estaba loco; pensó en buscar un portal, una parada de colectivos, cualquier refugio pero supo que no podía quedarse quieto, que tenía que seguir caminando. Más tarde –cuando creía que estaba moviéndose al azar– se encontró en la esquina de la casa donde el Nene vivía con sus padres. La calle estaba desierta y en silencio. Llevado por su cuerpo (¿Qué estoy haciendo?, se preguntó cuando ya no podía volver atrás) caminó por la vereda de enfrente sin cambiar el paso y de un solo golpe de vista supo que en su futuro ya no estaban el Nene ni la cita de las ocho de la mañana. Vio la puerta rota (rota a patadas, pensó fugazmente) y la llama de una vela a través de la ventana. Lo invadió un deseo enorme de cruzar la calle, de empujar la puerta, de entrar, de decir basta y quedarse esperando.

No se lo permitió. Siguió caminando sin saber por dónde iba, con el cuerpo vigilante, lleno de adrenalina y pavor. Cuando volvió en sí estaba llegando a la esquina de la plaza.

Desde la copa del árbol ve clarear el cielo detrás de la negra silueta de la iglesia. También comienzan a encenderse luces detrás de algunas ventanas. Pronto será de día y la calle se llenará de gente y de ruidos. Sabe que no puede quedarse más tiempo ahí arriba, que la tregua ha terminado y debe bajar. Ya es imposible mirar atrás. Durante un instante ha pensado en dejar la pistola oculta en el hueco del tronco y ha decidido no hacerlo: cualquier chico como él podría encontrarla.

Le queda poco tiempo pero elige quedarse unos minutos más. Lo retiene una idea que le provoca una sonrisa. La luz del dormitorio de doña Rosa lleva ya largo rato encendida y sabe que si la vieja no ha cambiado de hábitos pronto sacará el perro a mear. A no ser que se le haya muerto, piensa; pero intuye que no, que hay perros que sobreviven a las peores calamidades. Por lo menos algo sigue igual, murmura cuando finalmente ve que la puerta se abre y el pequinés sale corriendo hacia la plaza con la vieja detrás.

A tranquito corto el perro llega hasta una palmera, levanta la patita y la mea. Desde la copa del árbol puede escuchar el ruido del pis golpeando la corteza. Cuando el chorro se agota, lo ve olfatear el aire durante un momento, antes de encarar decidido hacia el árbol. Doña Rosa lo sigue unos metros atrás.

Sabe que ha llegado la hora: espera a que el animal llegue al pie del tronco, listo para levantar la pata nuevamente, y entonces salta. El pequinés pega un aullido de espanto y sale disparado. Todavía con las piernas flexionadas para amortiguar la caída mira hacia donde está la vieja: doña Rosa tiene los ojos desorbitados y la boca abierta en un grito que muere antes de salir; por las piernas le corre un hilo de líquido que se le hace charco alrededor de las pantuflas.

-¡Buenos días, doña Rosa! –la saluda con una alegría que le nace de no sabe dónde y se aleja hacia el borde más cercano de la plaza.

Ya ha desaparecido cuando la vieja comienza a reconocerlo.

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