Historias de Tolosa: Adelia Britos y su pasión por la calesita

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 4 de junio de 2016

Yo nací en Tolosa en 117 esquina 527. Mi papá era ferroviario, mis abuelos eran ferroviarios. Lo que me acuerdo es que nosotras éramos chicas, dos hermanas, y los días domingos pasaba el tren que venía de Buenos Aires para Punta Lara. Mi hermana y yo nos parábamos en la esquina a saludar a la gente que iba en el tren para Punta Lara.

Era un barrio muy tranquilo, con vecinos muy buenos, estábamos rodeados de italianos. Yo soy nieta de italianos y de francés. En esquina de 527 y 117 vivía la familia Bergonzo, que eran italianos, después venía la casa nuestra. Mi abuela cuando cocinaba, por ejemplo, ravioles o buñuelitos o cualquier cosa que ella hiciera para comer nosotros le pasaba una parte a la señora de Bergonzo, en un platito.

Al lado vivía la familia Chiesa, que una señora se había quedado viuda muy joven con cinco hijos y mi abuela también le daba de comer a esta señora y a estos cinco hijos que se habían quedado sin padre.

Yo viví en esa casa hasta los ocho años. Después mis padres se hicieron una casa sobre la calle 526 a la que nos mudamos. Me puse de novia, me casé, teníamos un terreno en Gonnet, pero mis padres no quisieron que nos hiciéramos una casa ahí porque estaba muy lejos, así que nos hicimos un departamento chico al lado de la casa de mis padres.

Mi esposo, Néstor San Martín, nunca se quiso ir de al lado de mi padres. Hasta el día en que mis padres cerraron los ojos estuvieron al lado nuestro.

Cuando a los ocho años me mudé a la casa de 526 teníamos como vecinos a la familia Jara, muy buena gente, que tenía dos hijos de nuestra edad con los que íbamos al Escuela 79. Ellos jugaban en mi casa, nosotros jugábamos en la casa de ellos. A la noche mi mamá se sentaba en la puerta y nosotros íbamos a agarrar bichitos de luz a un baldío que había en la cuadra propiedad de Balcasini.

También estaba la familia Tovado, la familia San Martín, estaba la señora Perilli que tenía un carro con el que salía a cartonear. Cuando volvía repartía entre los vecinos del barrio lo que había juntado, por ejemplo, tomates, lechuga, todo en buen estado porque se lo daban en las verdulerías del centro.

Y aunque nosotros no teníamos necesidades económicas también nos daba. En esa época los ferroviarios ganaban muy bien, pero igual mi mamá le aceptaba a la señora lo que la señora traía y le ofrecía con tanta generosidad.

En lo de mi suegra hacían quinta, mi suegra y quien es hoy mi marido, le daban a mi tía, a la señora de Tovado, a la señora Jara, a todos los vecinos, le daban lo que ellos cosechaban: tomates, habas, zapallitos, arvejas, sandías.

Todo se repartía entre los vecinos, todo se compartía. Mi mamá hacía una torta y le daba una parte a la señora de Jara. El esposo de la señora de Jara tenía una panadería en 9 y 49, entonces el traía facturas y pan para todos.

También tenía una amiga, que vivía enfrente, Mirta Gutiérrez, con la que jugaba y en épocas de carnavales nos disfrazábamos con los vestidos de nuestras mamás y zapatos de taco alto y nos íbamos para el lado de la Estación de Tolosa.

En 527 entre 117 y 118, vivía Titino, era un señor enfermo, con retardo madurativo, para quien no había peor cosa que le dijeran: “Titino montá la chancha”. Mi amiga se atrevió a decirle al pasar: “Titino montá la chancha” y nos corrió por entre los pinos. Corrimos con los zapatos en la mano hasta quedar fuera de su alcance.

Íbamos al baile de la Unión Ferroviaria, que está en 2, 528 y 529. Como éramos de familia de ferroviarios nos llevaban a ese baile. A mí me llevaba mi mamá, a Mirta, mi amiga, la llevaba su mamá. Teníamos 16 años. La orquesta era la típica de Horacio Del Bueno y una de jazz cuyo nombre no me acuerdo.

A las 4 de la mañana volvíamos del baile caminando: mi mamá, doña Lola (madre de mi amiga), mi amiga Mirta, mi hermana y yo. Veníamos tranquilamente porque no había inseguridad. Acá se dormía con las puertas abiertas. Era un barrio hermosísimo en el que se vivía en paz.

En la Estación de Tolosa había muchísimo movimiento por qué entraban los trenes de carga. Mi papá hacía traer de Río Negro los cajones con manzanas deliciosas, los cajones de durazno. La Estación de Tolosa tenía una vida bárbara, hermosa. Había miles de vagones en la playa.

Antes de nacer yo, toda la manzana de 117 y 527 era de mi bisabuelo, el francés Couget, mi bisabuela era Ana María Rapallini de Couget. Con 13 años iba a la Biblioteca de la calle 1 a aprender dactilografía.

Yo no quise hacer el secundario, a los 14 años entré a trabajar en la Casa Tía en la calle 7, ahí estuve un tiempo, y después para mejorar sueldo pasé a Moda Zeta, después pasé a Sanitarios Bello que estaba en 59 y 6, después entré como promotora de ventas del vino Crespi Algarbes, ahí estuve 17 años.

Después le compré al hijo de mi prima una calesita en 44 y 19 en la plaza Azcuenaga, con lo que me dio de ganancia compré otra calesita en 25 y 60 en la plaza Bransen.

Pero yo quería comprar otra para poner acá en Tolosa porque en la plaza Iraola nunca hubo calesita, había habido en los terrenos calesitas ambulantes, que estaban un tiempo en un terreno y luego se pasaban a otro, pero en la plaza de Tolosa nunca había habido una calesita.

Yo quería poner una calesita acá. Empezamos a buscar, y buscamos, buscamos, pero las que había para comprar estaban deshechas, eran muy feas. Entonces yo fui hablar con el ingeniero Candó que era el director de Espacios Verdes en ese momento y le pedí el traslado para la plaza de Tolosa de la calesita que estaba en 25 y 60. Así llegó La Pituquita, en el año 2000, la primera calesita fija que hay en la plaza de Tolosa. Y vendí la otra para quedarme sólo con esta.

La calesita es algo hermosísimo para trabajar, ahora no puedo hacerlo más pero cuando podía les daba un chupetín a los chicos e invitaba con caramelos a los papás. Por ejemplo, para el día del niño, me quedaba hasta las 3 o 4 de la mañana haciendo cosas para regalarle a los chiquitos.

Una de las cosas que hacía era ponerme el traje de Papá Noel o se lo ponía mi hija, iba a Hirch, ahí en 2, a la casa disfraces, y alquilaba disfraces, alquilé todos los disfraces que se pueden imaginar, y me los ponía yo, mi hija o una chica que tenía, y estábamos toda la tarde disfrazadas para diversión de los chicos.

Festejaba el Día del Niño, el Día de la Madre, el Día del Padre en la calesita. En una oportunidad compré un porta documentos grande de cuero, durante la semana iba dando numeritos a los chicos, entonces el domingo venían con los papás, con los abuelos que habían venido a pasar el día en la casa, y llevaban los chiquitos a la calesita.

Antes de hacerles el sorteo yo les decía los chicos: “Ahora vamos a hacer el sorteo, hoy es un día muy especial para ustedes, hoy es el Día del Padre, yo también tuve un papá, mi papá se llamaba Eduardo, y yo sé muy bien que desde el cielo mi papá me está guiando para que yo haga todo esto para ustedes yo sé que muchos de ustedes han tenido la suerte de andar en calesita cuando eran chicos, otros a lo mejor no, yo hoy quiero que los papás y los abuelos anden en calesita”.

De dentro de la cabina en el equipo de música ya tenía preparado el cassette, cuando arrancó la calesita empezó a sonar “Mi querido viejo” de Piero. Los muchachos me decían: “gracias por esto”.

Teníamos que ayudar a la calesita porque estaba muy cargada de gente grande. Hago el sorteo y había un señor muy mayor, de unos 80 y pico de años que me dice: “Nunca había andado en calesita, usted me dio esa posibilidad antes de cerrar los ojos, yo vine de Coronel Suárez a pasar el día con mi hijo y mientras viva nunca me voy a olvidar de usted”.

En otra oportunidad, en el Día de la Madre, compré claveles, los puse todos en una fundita, y las entregué con una tarjetita que las hacía yo diciendo “Feliz Día de la Madre te desea La Pituquita” y se las entregué a las mamás que trajeron a sus chicos. Todo esto lo he tenido que ir cortando porque pagamos mucha cantidad de impuestos.

Son incalculables las cosas que yo he hecho por La Pituquita. Hace 10 años atrás suena el teléfono a las 5 de la mañana y me dicen: “Señora véngase por acá porque están destrozando la calesita”.

Llovía a cántaros, era el mes de marzo, fui, encontré las rejas tiradas, arriba de la calesita sólo quedaban dos banquitos. Hice la denuncia en la Comisaría Sexta. Después empecé a caminar y encontré patos decapitados, caballos sin patas, autos abollados como latas de duraznos, aviones abollados. A la rastra traje, de 530 casi 5, todas esas cosas destrozadas.

Sentí una tristeza total. Fue noticia en todos los canales. Salió en todos los diarios. Me tomé el trabajo de caminar de la 530, de la 2 bis, la 3, para acá, para allá, para el otro lado, hasta que vino un chico y me dijo: “Señora no me comprometa, pero yo vi cuando llevaban las cosas”.

Poco después me llaman de la Comisaría porque los tres que habían hecho los destrozos habían pasado por frente la calesita vestidos de la misma manera, y se habían sentado en un banco de la plaza mirando lo que habían hecho y la policía los había detenido.

Tenían uno 16, otro 17 y el tercero 20 años. Cuando los vi en la Comisaría les pregunte: “¿Ustedes me conocen?, no, ¿ustedes me tienen rabia por algo?, no, ¿ustedes consumen alcohol o drogas?, no”. A todo me contestaron que no.

Entonces le dije a los padres (que también estaban presentes ahí): “No me tienen bronca, no me conocen, no consumen alcohol, no consumen drogas, entonces sus hijos son tres enfermos mentales, tienen que hacerlos tratar, no dejarlos salir a la calle a las 3 de la mañana, están enfermos, necesitan ayuda, tienen que hacerse cargo del problema que tienen”.

“Ustedes no pueden acostarse a dormir y olvidarse que sus hijos están en la calle, yo tuve hijos de esa edad, pero puse conducta mi casa, en mi casa hay conducta, si yo a mi hijo le decía cuando se iba al baile a tal hora estas acá, a tal hora tenía que estar acá, sabía que si venía más tarde iban a sufrir consecuencias por desobedecer, nunca, jamás tuve problemas, hoy día tengo un hijo que tiene 51 años que es profesional y un hijo excelente de una conducta intachable”.

Arreglé la calesita y volví a salir adelante. Pero lo más doloroso de aquella experiencia fue ver a los chiquitos agarrados en las rejas llorando y diciendo: “Me rompieron mi calesita”. Cuando fui y vi alrededor, prendidos en las rejas, carteles pidiendo que arreglen pronto La Pituquita, me puse a llorar.

Para mí La Pituquita es un entretenimiento, si la vendiera no podría pasar más por la plaza, es mucho el amor que yo le siento. Los problemas que tengo para seguir son: la falta de baño, la falta de vigilancia nocturna para evitar los destrozos y los altos impuestos que me asfixian.

En toda La Plata sólo quedamos 10 calesiteros y tenemos los mismos problemas. Pero contra viento y marea voy a seguir adelante. Mis hijos quieren que la venda, mi hermana también quiere que la venda porque dice que ya no estoy en edad de estar trabajando para atenderla, pero yo, mientras me de la fuerza, voy a seguir, porque siento pasión por las calesitas.

Cuando yo veo una calesita, sea donde sea, paseando o viajando, pago la ficha y me subo. He andado en las calesitas de Mar del Plata, de Santiago del Estero, de Mendoza, de la Capital Federal. No me puedo resistir, es superior a mí: veo una calesita y me subo.

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