Historias de Tolosa: Agustín Serviliano Very

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 13 de junio de 2016

Yo vine a Tolosa en el año 1937 con mi madre Clementina Quinteros, mis hermanos Alberto René y Miguel Ángel y mi hermana María Magdalena Evangelia. Nos habíamos quedado huérfanos de padre.

Vinimos de Brandsen a vivir al famoso Churrasco, que en esa época tenía unos 300 habitantes. Después nacieron acá otros hermanos más, hijos de otro padre, somos 10 en total. Vivimos en la calle 522 entre 116 y 117.

Entonces, la calle 116 partía de la 32 y llegaba hasta la 520 que en realidad en esa época no existía. En cambio la calle 117 partía de la calle 32 y llegaba hasta 526, ahí se cortaba, y el resto era todo campo. La otra calle que seguía hasta el Churrasco era la 118. O sea que las únicas calles que llegaban hasta el Churrasco eran las 116 y la 118, el resto era todo campo.

Mi hermana entró a trabajar para una familia con cama adentro en la calle 116 y mi madre entró a trabajar en la calle 529 entre 115 y 115 bis, donde se hacían canastas. Yo entré a trabajar de boyero en un tambo que era de Cipola, estaba entre 524 y 525, donde anteriormente se encontraba el cementerio viejo.

Repartía leche con maleta, en ese tiempo tenía 10 años para 11. Boyero es el que trabaja en el campo, traía las vacas cuando se las ordeñaba.

Las vacas tenían todas nombres: la Margarita, la Aurora, la Cara Blanca, la Benjamín, entonces el ordeñador decía: “largáme a la Benjamín o largáme a la Margarita”, y me tenía que apurar porque si no se me escapaban los terneros, en medio del barro los tenía que ir arrastrando, agarrándolos de los dientes o de las orejas, traerlos y apoyarlos en la mano de la vaca, y hacerles un nudo con moño, cosa de que después se pudiera pegar el tirón y se soltara.

El trabajo del boyero era agarrar a la vaca, traerla y maniarle las patas, y atarle la cola, sino con la cola golpeaba al ordeñador, quien se sentaba con un banquito y comenzaba a trabajar. La leche que se sacaban de allí la repartía yo, en un caballo, que tenía una maleta donde se ponían las botellas.

Después me escapé de mi casa porque mi hermana se casó y mi cuñado quería que trabajara para él, que lo que yo ganaba en vez de dárselo a mi madre se lo diera a él, por eso me fui a la Estación a vender diarios y a lustrar zapatos.

Dormía donde venden sandwiches ahora, frente a la Estación. Y me llevaron al Patronato, en esos tiempos andaba una camioneta que si encontraba chicos que vivían en la calle se los llevaba para el Patronato de Menores. El patronato al que me llevaron a mí estaba pasando la Cancha de Estudiantes, en 1 entre 57 y 58.

Mi mamá me vino a buscar al Patronato y me sueltan, porque le explica al director que yo no andaba de vago, lustraba y vendía diarios y lo que ganaba se lo llevaba a ella, entonces el director del patronato me hizo un salvoconducto, un carnet, dándome permiso para trabajar.

Y un día yo andaba en la Estación y pasa la camioneta del orfanato. Frenó y el tipo me dice ”vamos”, yo le pregunto “¿por qué?”, y el tipo me repite “vamos”, le digo “mire que yo tengo permiso”, me dice “vamos de una vez”. No me pidió carnet ni nada.

Cuando llegamos y entramos al Patronato me dice “quédate ahí, ¡no te vas escapar!, y le dice a un vigilante que estaba ahí “cuidámelo a este”, yo me quedé sentado ahí, al rato viene el director, y me dice “hola negrito ¿me viniste a visitar?” Le dije “me trajeron”, me preguntó “¿quién te trajo?” Le digo “el coso ese que maneja la camioneta”, me dice “le dijiste que tenés permiso”, le contesté “le dije y no me dio bolilla”.

Entonces el director le dice al vigilante “che llamáme a fulano”, cuando el fulano viene, le dice “che, ¿porque trajiste al chico?”, el fulano le contesta “porque andaba por ahí de vago”, el director le preguntó “¿qué te dijo él a vos?”, el fulano le contestó “me dijo que tenía permiso”.

El director le preguntó “¿y vos porque no le creíste?, este chico tiene permiso, trabaja para la madre, tiene un salvoconducto que yo le firmé”, el fulano le dice “señor, discúlpeme”, el director le contesta “agarrá al pibe y lo llevás inmediatamente a donde estaba”, y me llevó de vuelta a la Estación, y al bajarme le digo al fulano “portate bien, porque si no, voy y te alcahueteo con el director” y salí corriendo.

Después fui a trabajar la quema, en la que había laburando más de 100 personas, manejaba uno de los carros que llevaban la basura, de ahí un hombre me hace entrar a trabajar en el camino a Punta Lara que estaban haciendo en el año 1945, tenía 17 años. Después otro hombre, que era cuidador, me hace sacar libreta de variador, para que me ganara unos pesos más.

Cuando trabajaba en el camino, en la plaza redonda de la 32 estaba el campamento de la Geopep, la famosa compañía que hacia caminos. Cuando el camión salía, tocaba bocina, yo estaba en el stud, salía rajando, me subía al camión y me iba a trabajar al camino, lo que ganaba en una quincena era el doble de lo que ganaba como variador.

Después me voy a la milicia y cuando vuelvo sólo sigo trabajando de variador, porque para seguir en Geopep los peronistas me obligaban a afiliarme al partido y yo no quise hacerlo.

Está claro que no soy peronista, nunca lo fui, pero eso no impidió que adorara a Evita. Yo le vi hacer algunas cosas muy buenas a Evita.

Acá cuando nació el séptimo hijo de una familia muy pobre (era costumbre que al séptimo hijo lo apadrinase el gobierno) vino Evita personalmente con una hermosa cuna, con ropita para el niño, todo tipo de alimentos, trajo de todo para esa familia, yo no la vi a Evita esa vez, pero lo que si vi fue como ese niño muy pobre parecía un príncipe durmiendo en una cuna de rico.

Otro día que yo estaba trabajando, había ido a Azul a llevar un caballo, que cuidaba, a correr, y había una manifestación, iba Evita rodeada de custodios, en un auto lujoso, por un camino lleno de barro, de repente se produjo un tumulto, y Evita se bajó. Esto lo vi yo con mis propios ojos: se bajó en medio del barro, se ensució el vestido, los zapatos y las piernas hasta las rodillas con barro.

Lo que pasaba era que había visto a una señora llorando a un costado, a la que habían apartado y Evita se acercó a ella, la abrazó y preguntó “quien fue el hijo de puta que no dejó esta señora acercarse, ¿no tienen vergüenza?”.

Estaban regalando cosas, y a ella por algún motivo la habían sacado, y Evita lo vio, y repito: se bajó, se embarró hasta las rodillas y los cagó puteadas a todos. Por eso la quiero. Yo, que era antiperonista, la adoraba a Evita, igual le pasaba mi madre y a mi hermana.

Me acuerdo que unos años después estaba en la Querencia, famoso boliche de la Estación, viendo la función, y de pronto se para el espectáculo, aparece el animador sobre el escenario y dice “señores, tengo una mala noticia, falleció Eva Perón”.

Yo estaba tomando un café y las lágrimas comenzaron a caer de mis ojos hasta las comisuras de los labios. Salí como atontado de la Querencia, me vine caminando hasta Tolosa, y vi un espectáculo extraordinario: vi que toda la gente que iba por las calles estaba llorando, principalmente las mujeres.

Seguí de variador y también fui jugador de fútbol, era arquero, jugué en la liga amateur por Sudamérica, jugué en la liga de Brandsen por Sol de América, jugué en la liga de Chascomús por Independiente.

Y hoy me da bronca y asco cuando un arquero no sale a buscar la pelota dentro del área chica ¿Por qué se quedan clavados dentro del arco? Yo jugué 80 mil partidos y sólo me hicieron dos goles de cabeza. Yo salía y el fútbol era mío.

Cuando se salta hay que pegar el grito como si te golpearan para que el referí pare y cobre falta. Yo no sé por qué hoy, un arquero que es profesional, saca la pelota hacia delante, así te fulmina el que viene de frente, hay que pegar siempre el manotón hacia el costado porque el win nunca se queda al costado, se cierra hacia el centro. No entiendo porque ahora los arqueros no aprenden estos viejos trucos.

Después que se me quemó el rancho me vine a vivir al club Los Tolosanos, un muchacho amigo que tenía enfrente me trajo, este club era uno solo con el Círculo Cultural Tolosano que está ahora en 115, y la entrada la tenía por 528 y 115, había un portón, a la izquierda estaba la cancha de bochas, y enfrente estaba la cancha de básquet, a un costado estaba el bufete.

En los años 50 el club Los Tolosanos tenía uno de los mejores equipos de básquet, tenía la cancha futbol pegada al cementerio viejo, en la 525, entre 118 y 119. En el año 1939 se separaron.

Yo me vine a vivir al club en 1967, antes vivía en una casa de madera y trabajaba de variador, un domingo teníamos que salir a las seis de la mañana hacia Palermo para llevar temprano un caballo, y el sábado a la noche me había quedado con un amigo mirando por televisión, hasta tarde, una película de convoy de John Wayne.

La película está bárbara, a John Wayne y sus soldados lo rodean los indios, y los matan a casi todos y los que sobreviven no pueden salir, y él agarra todos los muertos y los ata a los caballos con una madera puesta de manera que estando atados se mantienen sentados y con la carabina puesta al hombro, sólo quedaban vivos 12 y se venía el último ataque de los indios, entonces Wayne puso tres o cuatro tipos atrás y uno tocando la trompeta, y él, con los demás, iba por delante sacando pecho y tirando tiros, en medio iban todos los caballos con los muertos arriba pareciendo un ejército numeroso. Entonces, los indios no se animaron atacarlos y huyeron. Así se salvaron, no me acuerdo como se llamaba esa película. Está muy buena.

Después de ver la película me voy a mi casa, y por la mañana me quedo dormido, entonces el muchacho que trabajaba conmigo me vino a buscar y me golpeó la puerta, yo tenía un calentador eléctrico funcionando, y salimos apurados hacia Palermo, y allí estuve tres días, porque los caballos se llevaban tres días antes de la carrera.

Cuando vuelvo paso antes por el club, y los muchachos me invitan a comer, y me dicen “¿viste esa casilla que se quemó?, no quedó nada, las llamas llegaban hasta el cielo, explotó una garrafa”. Y yo escuchaba sin saber que se referían a mi casilla. Seguramente fue un cortocircuito, al salir apurado me olvidé apagar el calentador eléctrico.

Mi casa estaba en la calle 525, en la esquina vivía uno que se llamaba Prego, que la señora estaba ciega y el hombre también era medio ciego, a media cuadra vivía yo, y en la otra esquina vivía otro Prego, eran primos.

Esa noche yo voy tranquilamente, después de cenar en el club, y estaba Prego sentado en la puerta de su casa, y me dice “hola Agustín, que mala suerte que tuviste, cualquier cosa venite para acá”, le pregunto “¿cómo? ¿Por qué? ¿Qué pasó?”. Y él me dice “¿no sabés lo que pasó? ¿Dónde estabas vos?”.

Le digo “estaba en Palermo” y me dice “¡se te quemó la casa, hijo!, no quedó nada, nada te quedó, la garrafa que tenías voló por el aire, se te quemó todo”. Me quedé esa noche a dormir ahí, en lo de Prego, entonces Visiconti, que vivía frente del club, cuando se enteró, vino y me dijo “veníte para el club, quédate en el club, no te hagas problemas”. Y desde ese día me entré a quedar acá y seguí aquí hasta el día de hoy.

Hace 47 años que vivo en el club. Ya soy parte del inventario. Acá había fiestas y bailes, se enseñaba danza árabe y artes marciales. En 1971 y en 1972 Los Tolosanos salió campeón de fútbol, el equipo de 1971 ganaba por goleada todos los partidos, faltaban cuatro fechas y ya era campeón y el último partido lo perdió de local tres a uno con el club Everton. A la noche tuvimos acá una farra bárbara.

Casualmente hace pocos días vino un muchacho que jugaba en esa época: Testa. El club Los Tolosano salió varias veces campeón de bochas, últimamente se enseñaba karate, ahora en el fondo se enseña acrobacia, esos que se agarran de una hamaca en lo alto, van y vienen, van y vienen y luego dan vueltas carnero en el aire. También actualmente se hace ejercicio con música y se enseña yoga.

El mejor jugador de futbol que yo vi fue Pelé, una vez lo dije en una charla y uno me dijo: es de otra época. Y le dije: entonces Gardel no sirve, porque es de otra época.

El Chiqui Pereira es mejor, porque es de esta época. Fangio no sirve, Galvez tampoco, no son de esta época. Francisco Petrone, Enrique Muiño no sirven, son de otra época.

Ayer hablando de fútbol recordamos a Mario Agustín Cejas, que murió, estaba muy enfermo, tenía 70 años, era arquero de Racing. Cejas, Gatti y Navarro Montoya fueron los tres mejores arqueros que salían a tapar un jugador. Carrizo fue el rey de los arqueros, el más grande, de él aprendieron todos.

Yo soy de Gimnasia y curiosamente no tuve amigos de Gimnasia, mis amigos fueron siempre de Estudiantes, fui muy amigo de Pichón Negri, un jugador extraordinario, venía acá a comer, otro de los grandes jugadores que estaba entre los cinco mejores nueve del mundo, fue Infante, un jugador descomunal, era la época en que estaba Pontoni, Pedernera, Sarlanga y Distefano.

Todos los viernes venían a comer al club Pichón Negri, Rodríguez, Violini, Infante, todos de Estudiantes, venían también, a veces, jugadores del Huracán, venían a comer asado, tallarines, ravioles.

Un día estaban Barrionuevo, el arquero, y le digo: “don Barrionuevo, sé cómo formaba el equipo de Huracán allá por 1941, pero no me acuerdo del win derecho”, entonces él me pregunta “¿cómo formaba el equipo?”. Le digo: “Barrionuevo, Marianeli, Alberti, Barra, Giucide, Tonelli, el win derecho no me acuerdo, Guerra, Masantonio, Baldomero y Unzué”. Entonces Barrionuevo me dice: “el win derecho es ese negro piojoso que está ahí, Perdomo”. Le digo: “Pero, ¡no me acordaba!”. El win derecho estaba ahí, en la mesa, era el negro Perdomo.

También venían comer acá Rojitas y Artime, porque eran amigos de Florín, que vivía acá dos cuadras. Pichón Negri en una cena contó esta anécdota: se fue a jugar al exterior, al Brasil, al Palmeiras, y Pichón tenía una forma de bajar el fútbol que nadie la sabía hacer, cuando la pelota venía de alto, la tocaba con el borde externo del tobillo, la pelota se le subía al dorso del pie, y así la bajaba.

Pichón Negri vivía acá en 115 entre 38 y 39. Jugando en Brasil en un entrevero, vino la pelota por el aire, había un amontonamiento, entonces Pichón engancha la pelota así como te dije y se la lleva para atrás, viene un tipo que se la quiere sacar y corre la pelota, el tipo pasa de largo, viene también el arquero y se la tira por arriba haciendo un golazo espectacular.

Cuando termina el partido le dicen “acá hay un hincha tuyo de Brasil que te quiere saludar”. Pichón sale y se encuentra con el hincha que le da un abrazo y le dice “¿sabe lo que hice por el gol de usted?, salí fuera de la cancha, di una vuelta alrededor, pagué la entrada otra vez y volví a entrar, porque esa jugada que hizo valía por dos entradas”. Estas eran las anécdotas que contaban los jugadores cuando venían a cenar al Club Los Tolosanos.

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