Historias de Tolosa: Dr. Alberto Claudio Pascual

0
110

Entrevista de Oscar Labadie publicada el 17 de junio de 2016

En la década de 1890 llega mi abuelo de Burgos, España, se instala en Tolosa, donde nace mi padre, en el último día de diciembre, de 1899. Después, en 1927, nací yo en la misma cuadra en que nació mi padre, en 1975 nace mi hijo en el Barrio Las Mil Casas, y después mi nieto.

Esto quiere decir que mi abuelo, mi padre, yo, mis hijos y mis nietos, cinco generaciones, hemos vivido o nacido a no más de 300 metros de distancia uno del otro.

Conozco hechos y anécdotas que me las han contado mi abuelo y mi padre, y que yo las he vivido personalmente a través de mis 88 años de edad y mis 66 años de ejercer la medicina.

Fui, además, de médico clínico asistencial, presidente de la Comisión de Entidades de Bien Público de Tolosa después de que el doctor Dorna dejó de serlo.

Fui profesor en la Facultad de Medicina en la Cátedra de Medicina Interna II, con el doctor Estiú, auditor de Ioma, además me desempeñé en muchos hospitales de La Plata.

Al decir estos datos de mi persona, te quiero demostrar que he actuado en toda la ciudad, en los hospitales, en las cátedras, en los clubes, en las entidades médicas, he vivido, debido a mi actividad, abarcativa de toda la sociedad tolosana y de La Plata, anécdotas de todas las épocas: difíciles, lindas, feas.

Y como médico tenía un salvoconducto, y más siendo el único médico del barrio, el único nacido en Tolosa recibido de médico. Había cuatro médicos más en Tolosa: Dorna, Neri, Correa y Laborde.

Me recibí en el año 1954, después de haber sido practicante en varios lugares, desempeñando tareas auxiliares de la medicina. Conocí los suburbios de La Plata y los suburbios de Tolosa.

Esto me permitió, en épocas muy difíciles vivir anécdotas que son irreproducibles, de cuando nos dormíamos contando bombas, escuchando tiros, en la época fea en que moría la gente a diario a balazos.

Los ferroviarios tenían que ir a su trabajo amparados por la luz de un farol prendido para demostrar que eran ferroviarios que podían andar de noche cuando iban a tomar servicio al ferrocarril estaba en 524 y 3. Entonces atendí gente herida de bala que estaba oculta en la zona.

Viví épocas de dictadura militar, épocas de democracia, épocas que me tocó vivir de cerca por mi profesión. A mí me venían a buscar de noche, yo siempre fui médico a domicilio, desde que me recibí hasta que me jubilé, permanentemente fui médico asistencial a domicilio y de noche. Me levantaba hasta 2 y 3 veces por la noche.

Era una época diferente, con una sociedad distinta, con el médico cumpliendo una función distinta también. Hoy los médicos no harían lo que hice yo antes, pero yo entonces consideraba que era mi obligación hacerlas como médico.

Yo atendí a los heridos, no me interesaba porque estaban heridos, ni donde habían sido heridos, a mí me venían a buscar de noche, yo no sabía quién me venía buscar, subía, si venían con autos, y me llevaban sin saber a dónde iba.

Yo iba tranquilo porque venían a buscar al médico, sabía que no me iba a pasar nada, porque me necesitaban: si me eliminaban se quedaban sin asistencia porque nadie más los iba a atender, yo era el único que iba.

Y no hacía preguntas: mi deber era atender a un herido, tratar de salvar una vida, no me importaba lo que había hecho, yo no era juez, ni policía, ni militar, ni guerrillero.

Lo hice durante la época de la dictadura, cuando era tan difícil, atendí heridas de guerra, porque fue una guerra sin lugar a dudas. A mí me querían pagar los servicios médicos… matando gente.

Mataron en esa época 17 chicos de la zona de Villa Rivera, muy jóvenes, sé sus nombres y sus apellidos, los conocía a todos, eran vecinos, y desaparecieron del barrio cuando era presidente de la Comisión de Entidades de Bien Público.

Hoy esos 17 chicos han sido olvidados, yo no he podido. Aquella comisión estaba formada por todos los presidentes de los clubes de Tolosa, el Rotary, los directores de las Escuelas, y el Comisario de la Sección Sexta, por lo tanto yo era una persona conocida y de confianza, por eso hasta los delincuentes me protegían.

A mí me decían los del ERP y los Montoneros “usted quédese tranquilo, lo protegemos nosotros”. Si me encontraban por la noche sólo, yendo con mi maletín, sin protección, se enojaban, repito: era el único que atendía los heridos sin distinción, sin cobrar, por lo tanto era muy necesario.

Me decían: “No debe andar solo, doctor”. Yo les respondía: “Si me vienen a buscar es porque me necesitan, nadie me va hacer nada”. Igual me acompañaban a la ida y a la vuelta, fuertemente armados. “A usted lo cuidamos nosotros”, -me decían- “porque usted nos atiende a todos”.

Por ejemplo, fui atender a un herido de bala, sin avisar a la policía, que anduvo bien, cuando le dije que no les cobraba por un servicio que no debería haber hecho, me preguntaron: “¿tiene un enemigo? ¿Alguien lo molesta? nos dice quién es y nosotros nos encargamos, nunca nadie va a saber nada”.

“Yo no tengo enemigos -les respondí- nadie me molesta”. De esa forma me querían pagar. Así eran esos tiempos. A esa locura habíamos llegado.

Pero tengo la satisfacción de haber hecho una tarea médica, acá, en mi barrio, donde nació mi padre, donde nací yo, donde nacieron mis hijos, que fue positiva para la gente. En medio de tanta muerte defendí la vida, tal vez arriesgando la mía, lo digo con modestia, lo hice porque me obligaba mi profesión, mi juramento de médico.

Ejercí mi profesión sin límites, sin frenos, sin condicionamientos, atendí a cualquiera y a cualquier hora, sea del bando que sea, estuviera en la trinchera que estuviera, sólo me importaba que había un herido que necesitaba atención médica.

No había en esa época servicios de urgencia, yo recuerdo que cuando era chico la ambulancia era un carro tirado por caballos. Yo vivía en 526 entre 119 y 120, en la quinta La Caldera del doctor Laborde, que se la había comprado a Naone, embajador argentino en Norteamérica.

Mi abuelo fue el casero, en los años 1929 a 1931, vivía ahí, en una quinta enorme, con varias habitaciones. Tenía como una docena de habitaciones, eran dos manzanas, una quinta hermosa, con animales, con jardines, con un palomar. Uno de los orgullos de Tolosa, ahí viví yo cuando tenía 3 o 4 años, hasta que fui al primer grado en la Escuela 31.

Había otra quinta, llamada la Quinta Grande, que era de Pouleston, estaba en la calle 526, de 116 hasta 118. Era dos manzanas, más grande que la quinta de Laborde. En el medio de esas dos quintas estaba el Cementerio Viejo de la calle 525 a 524 y de 119 a 118.

A ambos lados del Cementerio estaban las quintas. La Quinta Grande tenía una noria, tenía un molino, cultivaban verduras, además, en la parte de atrás de esa quinta, cultivaban maíz, trigo y cebada, que transportaban por ferrocarril al Abasto, y de ahí a Buenos Aires.

Yo viví en esa quinta, en esa época, y empecé a la Escuela Primaria estando ahí. Luego la quinta se remató en 1934, en lotes. Ahí empecé a ver cosas que hoy cuesta creer, por ejemplo, cuando llegaban los trenes de Ensenada por la 526, con piedras de carbón, los vecinos sobre la vía ponían hojas de tuna cortadas para que la máquina patine y se quede.

Como venía la máquina arrastrando vagones pesados, cargados, y esas tunas producían como una baba sobre las vías, las ruedas de la máquina resbalaban y el tren se detenía, entonces iban todos los vecinos, una cantidad enorme de vecinos, con ganchos a descargar de los vagones el carbón para llevárselo a su casa y protegerse del frío.

Uno de los viejitos de Tolosa, antes de recibirme, me llama para que le aplique inyecciones, yo tenía por costumbre pedirle a los pacientes que me contaran algo, alguna anécdota, alguna historia y el viejito me dijo “te voy a contar lo que me pasó a mí”, le pregunté “¿qué le pasó?”. Me dice

Cuando yo era chiquito, con otros amigos del barrio, nos habíamos hecho una pelota de trapo, grande, dura, linda, para jugar en el campito del ferrocarril del Sur, ahí en 3 y 522, donde después estuvo la cancha del club Sudamérica, pero mi mamá nos dijo: nada de pelota, hay que ir a la escuelita.

Pero cuando llegamos a la escuela, la señorita nos dice que nos volviéramos, que no había clases, entonces le pregunté a la señorita: ¿qué le digo mi mamá?, ¿por qué no hay clases?, va a creer que estoy mintiendo porque no queríamos venir para quedarnos jugando a la pelota, entonces la maestra nos contesta “chicos vuélvanse a sus casas, hoy no hay clases porque acaba de morir Sarmiento”.

¡Gracias a que murió Sarmiento pudimos jugar al fútbol todo ese día con nuestra pelota de trapo!, ¡gracias a que se murió el cabezón!

Una noche me llaman, en la época fea, para ver un herido, me di cuenta que era un herido grave, me llevan no se a donde, por la calle 7 al fondo, cruzamos el arroyo del Gato, doblamos a la derecha, para la calle 1, al lado de la vía había un ranchito de mala muerte, era un chico con un balazo en el muslo, muy joven, tenía un hematoma, tenía fiebre, supurada, drené el hematoma, le hice una limpieza quirúrgica, y le dije “mañana te vengo a ver”.

Esto fue a la noche, a la mañana antes de ir al Hospital Policlínico, lo voy a ver, me estaban esperando, le digo al padre “mirá, esto es un herido de bala, tengo que avisar a la policía, sino lo denuncio me van a sacar el título”, el padre me dijo: “cúrelo, doctor, y después haga lo que tenga que hacer”. Lo curé y empezó a andar bien, se pasó la fiebre, se le sanó la herida.

Entonces el padre, que era el que me había venido a buscar, me dijo “doctor, hasta acá llegó, ¿cuánto le debo?”, yo le dije “no me debes nada, vamos hacer un pacto de caballeros, yo acá no estuve, vos a mí no me conocés, no me comprometas, yo no te conozco a vos ni me interesa como te llamás, pero tenés un chico que está pasando un mal momento y yo no me podía negar a atenderlo”. Y él me dijo “doctor, usted es muy gaucho, yo sé porque lo fui a buscar, sé que usted los atiende a todos”.

La verdad es que tenía que hacerlo, me protegían sí, pero si no lo hacía también me hubiera convertido en una víctima más. Este rancho estaba al lado del arroyo del Gato. Si yo le decía que iba hacer la denuncia, me tiraban al arroyo cocido a tiros y yo hoy no estaba acá hablando con vos.

Era bravo el asunto, no era tan fácil negarse a una cosa así, entonces el padre me dijo “doctor, nosotros queremos pagarle de alguna manera, ¿usted tiene algún enemigo? ¿Hay alguien que lo esté molestando?” y llevándose la mano abierta al pecho me dijo “usted me lo señala a mí, yo se lo hago desaparecer, nunca nadie va a saber nada”. A ese nivel se había llegado en esa época cuando todas las noches se escuchaban bombas, tiros y la gente desaparecía.

En esa época nunca dejé de salir de noche, hasta tres veces por noche, una noche me llaman desde la calle 523, había un señor con un cáncer de pulmón que había que darle la morfina a la 1:15, le aplicó la inyección recetada por su médico, me vuelvo a mi casa.

A las 2:15 suena el timbre, una hora después, me llamaban desde la casa de al lado de donde había estado atendiendo, era un chico con un ataque de asma, lo atiendo, y me vuelvo a mi casa y me acuesto.

A las 3:15 otro llamado, la casa de al lado donde había estado, la siguiente, un cólico biliar de una señora, así que tuve tres casos con una hora de diferencia, en la misma noche, en la misma cuadra, en tres casas una pegada la otra. Esto no deja de ser una cosa rara.

Yo fui a dar inyecciones, por un problema bronquial, al hijo del cacique Catriel Namuncurá, que a su vez era hijo de Cafulcurá, de los ranqueles, que fueron desalojados de Choele Chuel, él me contaba que cuando los corrieron por la campaña iniciada por Mansilla y terminada en 1880, los últimos echados fueron los Catriel de los Namuncurá.

Escaparon hacia Azul, allí fue bautizado con el nombre de Cros Catriel, había sido llevado cautivo a una estancia, el militar dueño de la estancia lo llama y le dice “vení nene, ¿qué sabes hacer?”, el indiecito de unos 10 u 11 años le contesta “nada, señor”.

El militar le dice “vos te vas a encargar de darle de comer a los animales acá, a las aves, a las gallinas, a los patos, darles agua y darles de comer, todos los días a la mañana tenés que hacer eso, y mira como las llamo yo a la gallinas”.

El militar empieza a gritar: “cros, cros, cros”. Y venían corriendo las gallinas, los patos corriendo y les daba de comer, y le dice al indiecito “viste como vienen, a ver ¿cómo hay que llamarlas? ¿Cómo las vas a llamar?” y el indiecito gritó: “cros, cros, cros”.

Entonces el militar estanciero le dice “vení para acá, vos no te vas a llamar Juan José Catriel, vos te vas a llamar Cros Catriel” y así lo hizo figurar en la partida de bautismo.

Pero cuando muere no se le puede dar sepultura porque no se admitía el “Cros” que figuraba en la partida de bautismo, porque era un sobrenombre y lo tienen que enterrar con el nombre que tenía en su partida de nacimiento: Juan José Catriel. Así es como humilla el vencedor al vencido. Don Catriel, en su tumba, recuperó su verdadero nombre.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here