Historias de Tolosa: Hugo Emilio Sánchez

0
189

Entrevista de Oscar Labadie publicada el 17 de junio de 2016

Nací en Tolosa, que cambió un montón desde que era pibe. Hay más casas, menos terrenos baldíos, menos gallineros en los fondos (antes los centros de manzanas eran todos gallineros). La 7 no estaba asfaltada, la 520 llegaba hasta la calle 11, donde estaba el arroyo que ahora está entubado.

Yo vivía en 530 y 119, calles que recuerdo asfaltadas, no de tierra. Ahí a la vuelta había llegado mi abuelo Cipolla después de la primera guerra, en el año 30, a laburar en el ferrocarril. Venía de San Marco Argentano, Cocensa, (esto es por parte materna, son mis abuelos maternos).

Mi abuelo empezó a laburar como mecánico en el ferrocarril, dos años después vino mi abuela, Rafaela Caruso, con los dos hijos más grandes, que era mis tíos. Después ellos tuvieron dos hijos más acá, uno de los que nació acá era mi vieja. Nació en 1934. Ese mismo año en que nace mi vieja mi abuelo muere de una apendicitis a los 33 años.

Mi vieja tenía cinco meses cuando muere su padre. Mi abuela queda lavando ropa en el barrio. Les lavaba la ropa, junto con mi tía, a los de la farmacia Alonso, de 115 bis y 530, también les lavaba la ropa a la familia Manzano de 119 y 531. Era gente del barrio que cuidaba mucho a mi familia, cuidaban a mi abuela y a sus hijos que eran chicos.

El más grande que tenía 13 años cuando falleció mi abuelo, andaba en un carro juntando sebo de las carnicerías que llevaba a la fábrica de velas que estaba en 32, en frente de la quema, en donde hoy está la línea 7. La hermana, que tenía nueve años, la ayudaba a mi abuela con la ropa. Y los dos más chicos estudiaron en la escuela 79.

Por parte de mi viejo el primer Sánchez que vino a la Argentina era un milico español, José Sánchez, vino para la época de la campaña del desierto, vino para matar indios pero terminó casándose con una india, Carolina Demonau, que era la hija de un cacique y se quedó con todas las tierras del cacique.

Según cuentan Carolina ya estaba embarazada de otro indio cuando se casó, no era hijo de José Sánchez, pero lo reconoce. De esa unión nació Olegario Sánchez, que se casa con una holandesa de apellido Bukeman, a su vez de esta unión nace otro Olegario, que es mi abuelo.

Éste fue el último de los Sánchez que manejó campos, tenía también una flota de camiones en América que es una localidad de Rivadavia, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, que linda con la Pampa.

Después vendió todo, se dedicaba mucho la bebida, perdió las tierras con la timba, apostaba los títulos de las propiedades, y las perdía. Vendió lo que le quedaba y se vinieron para La Plata.

Su hijo, mi viejo, había terminado la primaria allá en América, y se vinieron para acá. Habían comprado una casa en la calle 7, 35 y 36. Mi viejo empieza a laburar a los 12 años en un almacén de un gallego que estaba en la esquina de 2 y 36. Repartía mercadería con una bicicleta a canasto. El gallego lo incentivó para que estudie. Le averiguó y lo hizo entrar de aprendiz en Astilleros.

Se recibió de obrero naval. Jugaba a las bochas para el club Sud América, llegó a ser campeón platense. Conoce a mi vieja cuando ella tenía 17 años y se casaron 12 años después. Mi viejo siguió trabajando en la escuela de aprendices del Astillero Naval.

En esa época la vida era muy dura, de mucho laburo, pero se iba progresando, todo estaba creciendo, era la época de los primeros planes Eva Perón para las casas, con uno de esos planes mi viejo se hizo la casa, la amuebló y cuando tuvo todo se casaron en 1959 y se fueron a vivir a esa casa. Yo nací en 1962 en el Hospital Italiano pero siempre estuve en Tolosa.

Me acuerdo que la casa de mi abuela era de madera y chapa, de tipo chorizo, con el baño al fondo, atrás de la quinta. Enfrente de la casa de mi abuela había una vaca, era de Herba, padre de Marcos Herba, que fue cura tercermundista y que lo mataron en la época de la subversión.

Marcos estudiaba en lo de mi abuela, porque estudiaba el seminario a escondidas de los viejos que no querían que fuera cura. Yo me quedaba con él cuando estaba estudiando y hablábamos mucho. Era un tipo muy piola, andaba con una Siambreta, con la sotana al viento. Tiene un accidente con esa moto, que en realidad no fue accidente porque lo estaban esperando en una esquina y lo atropellaron para matarlo.

Laburaba mucho en la Iglesia del Pilar de 15, 33 y 34. Me acuerdo de haber ido a verlo ahí y encontrarlo de vaquero, con botas y con esa camisa gris de cuello redondo, haciendo pastones para construir la Iglesia.

Tuve una linda infancia en Tolosa. Con los amigos de esa época me sigo viendo, con Alejandro Busquet, íbamos juntos a la primaria, su mamá era la maestra de manualidades, Haydé. Otro amigo es Gustavo Pedrini, que no sólo hizo la primaria conmigo sino también parte de la secundaria, su viejo nos llevaba en su auto, todos los días, a los dos, al Albert Thomas.

También está Lucio Pavón. Es gente que sigue estando en el barrio, que se quedó en el barrio, yo también me quedé a pesar de que me fui montón de veces pero siempre volví.

Mi viejo fue presidente del Club San Martín en sus últimos años, después que se jubiló, fue como 20 años seguidos presidente de ese club. Ahora está en 119, 530 y 531. Antes estaba donde está ahora la estación de servicio INI, en 119, 531 y 532. Era una casa vieja y grande en donde se hacían los bailes. En uno de esos bailes mis viejos se conocieron.

Ahí había una salita sanitaria en la que atendía el doctor Badoyan. El doctor que me atendía mí y atendió a todos los pibes del barrio, siempre gratis. Hay una foto que salió en el diario El Día cuando le hicieron una nota a la salita sanitaria y en la foto está María Elena, la enfermera que laburaba ahí, mi vieja, el doctor Badoyan, yo a upa de mi vieja y me están dando una vacuna. Era una nota periodística sobre la vacunación.

El club desapareció de ahí porque en algún momento dividieron, esos terrenos tenían propietario, que lo había cedido para el club en algún momento, pero después por una sucesión se tuvo que vender y el club se tuvo que ir. Y le cedían los terrenos de atrás donde están las canchas de Ateneo hoy.

En ese momento el club no estaba bien administrado, no había nadie a quien le importara la actividad social en el barrio y no los quisieron los terrenos. Entonces le dieron esos terrenos a Ateneo. Después un vecino del barrio cedió un terreno, y en la época en que mi viejo era presidente se hizo la escritura a nombre del club San Martín. Ahora ya el terreno y todo lo que se edificó ahí es del club San Martín.

Me acuerdo de la Tula, que era una famosa portera de la escuela 79, encargada de tocar las campanas. Había comedor en escuela 79, en el que yo muchas veces me quedaba a comer, pero no por necesidad sino por qué quería comer con mi compañeritos de grado. Lo más raro de comer ahí era que lo hacíamos tomando leche. Me parecía raro comer una milanesa tomando leche, o comer fideos tomando leche, o puré tomando leche.

En esa época en la escuela pública se aprendía muchísimo, no había ninguna diferencia con la escuela privada. Cuando rendíamos exámenes de ingreso para entrar en la secundaria no había diferencia entre los que íbamos a la escuela pública y los que iban a la escuela privada.

Hasta los 19 años venía bien, con la idea de estudiar para progresar. Hacia deportes, corrían en bicicleta, se me ocurrió correr en bicicleta a los 10 años, con unos ahorros me compré una y me fui al bosque y me anoté en una carrera de seis vueltas, largué la carrera y la abandoné cansado después de dar solo dos vueltas. Pero no abandoné nunca el deporte, seguía entrenando y empecé a aprender el tema del ciclismo.

Mi viejo no me daba mucha bola porque pensaba que era una boludez del momento y en una vuelta entré quinto en una carrera y salgo en el diario. Mi viejo lo lee el diario porque yo no lo leía entonces. Ahí se avivó que estaba haciendo algo en serio, entonces me empezó acompañar a las carreras de bicicleta.

Después me empezó acompañar mi vieja, después empezó venir mi abuelo a las carreras, que las miraba siempre preocupado por temor a los golpes que podía tener si me caía.

Fui campeón platense tres años seguidos, fui a campeonatos argentinos, empecé a correr para una empresa que me compró una bicicleta y me pagaba por mes. A los 16 años tenía un permiso especial para correr en primera, venía bien con la bicicleta pero en 1979 me enfermé en Tucumán, en un campeonato argentino, me agarró un enfriamiento y tuve una infección en los pulmones.

Esto fue previo a la carrera, estaba entrenando y bajando a más de 100 km una montaña tome frío todo mojado. Entonces soñaba con irme a correr a Europa donde hay equipos de ciclismo serios, profesionales, no amateurs como acá. Tuve que dejar seis meses la bicicleta para curarme, cuando retomé ya venía la colimba y después de la colimba vino la guerra.

Terminé la secundaria 1980, me recibí de técnico electrónico en el fray Luis Beltrán de los Hornos. En el 81 tenía que hacer la colimba porque el número de sorteo que tenía era el 705.

Con el Tano Marcelo Postogna, con él que había estudiado la primaria y la secundaria, y habíamos hecho la colimba juntos, hicimos el curso de ingreso a la universidad, hicimos bien el examen del curso, y reservamos un banco para ingresar a ingeniería en 1982. Pero en el 82 vino la guerra y todo cambió para siempre.

Mi amigo Marcelo y yo pensamos lo mismo: cortamos los estudios, hacemos la colimba, perdemos un año y después arrancamos otra vez con la facu. Veníamos con todas las pilas de gente de 20 años y el 2 de abril se produce la toma de Malvinas y nos llega la carta para reincorporarnos al servicio activo otra vez porque éramos la clase que tenía instrucción.

Anaya, que era el jefe de la armada, ya venía laburando con esto desde los 80. Yo hablaba con colimbas viejos y estos nos decían que a nosotros nos hacían hacer más de lo que se había hecho hasta ese momento. Vos entrabas a la colimba, tenías una instrucción de campo, después ibas al regimiento y estabas un año al pedo ahí hasta que te ibas.

Nosotros hicimos eso pero después durante el año tuvimos un montón de instrucciones más que jamás se habían hecho. Tuvimos hasta instrucciones helitransportadas, jugábamos a los soldaditos y nos venían a buscar en helicópteros, nos tiraban por Magdalena y ahí atacábamos cosas que no existían.

A cualquier hora nos sacaban de la cama para jugar a eso. Indudablemente estaban preparando la gente como para ir a la guerra. Ninguno era profesional, éramos todos colimbas que no queríamos estar ahí, nos parecía que estábamos perdiendo el tiempo.

Nos reincorporaron para ir a Malvinas y a Malvinas fuimos. Cuando volvimos fue un punto de inflexión en mi vida, todo lo que yo había planeado, todo lo que tenía pensado hacer de mi vida no fue tan así. Cambió un montón. No podía hacer lo que quería. Todos vinimos mal.

Dependíamos del entorno que te atajaba en ese momento y de su cuidado. No volvimos al mismo lugar de donde nos fuimos. Era todo distinto. Nosotros éramos otras personas y volvimos a lugares donde había otras personas, que no eran las mismas de antes.

Estuve años en terapia para empezar a entender las cosas. No fue fácil como puede sonar ahora contándolo. Fue muy difícil. Hubo muchos suicidios, alrededor de 600. No hay una cifra oficial, pero hay más muertos por suicidio que muertos por batalla.

Esto es normal, esto pasa después de todas las guerras, después de todas las situaciones límites, se conoce como estrés postraumático. Eso hace una explosión entre 10 y 20 años después del suceso traumático. No tuvimos contención cuando volvimos, el Estado se desentendió. Hubo chicos de la calle que cuando volvieron, volvieron a la calle.

Era obvio lo que iba pasar y de cómo se iba a comportar el Ejército. Esto lo vio Rodolfo Fogwill y lo cuenta en su novela “Los pichiciegos”.

Cuando me preguntan: “¿qué me aconsejás para leer sobre Malvinas?” Yo le digo: “Los pichiciegos”, y me dicen: “pero es una novela” y les contesto: “si es una novela pero es lo más real que leí sobre la guerra, si vos querés saber lo que pasó en Malvinas lee Los pichiciegos”. Uno lo lee a Fogwill y uno se dice: “este tipo estaba conmigo, a mi lado, ¿cómo no lo vi?”. Cuenta cosas que uno termina creyendo que él estuvo ahí.

Yo empecé a hablar de la guerra 15 años después de haber estado en Malvinas. Aquí es donde entra en juego la escritura con el tema de la guerra, pero no enseguida.

Cuando vine de la guerra estaba laburando en el depósito mayorista de artículos de limpieza de Lito Matroni, de 531 y 118, ahí estaba el depósito mayorista que después fue el supermercado Charlie, y en la cuadra siguiente embolsaban lana de acero y hacían “Lanamat” que era como la “Virulana”. Yo empecé a laburar ahí cuando terminé la secundaria y después de la colimba seguí laburando ahí y laburando en el depósito me agarró el tema de Malvinas.

Y la gente de ahí que eran conocidos de mi viejo de siempre, de joven, porque eran gente del barrio, mientras estuve en Malvinas le llevaron el sueldo de los tres meses a mi viejo.

Por un estatuto laboral correspondía 50 por ciento del sueldo, sin embargo esa gente, los Matroni, le llevó a mi viejo el 100 por ciento del sueldo. Y después cuando volví me dijeron: “vení a laburar cuando quieras, no tenemos apuro, tomate tu tiempo”. Me iban seguir pagando igual, pero yo a los 20 días estaba laburando otra vez.

Me costó salir de mi casa, cuando llegué estuve una semana encerrado, no podía prender la luz, estaba a oscuras, no comía porque tenía el estómago chiquitito, con una galletita me llenaba, perdí muchos kilos, estuve al borde de la desnutrición.

A la semana empecé a salir un poco pero tenía miedo. Me dio mucho miedo cuando llegue acá, cuando me relajé y sabía que ya estaba salvo me agarró pánico.

Cuando vas a la guerra primero tenés miedo porque es todo nuevo y ves la miseria humana. Lo primero que tomás conciencia es de que estás vivo, no de la muerte, te das cuenta que estás vivo y que te podés morir, pero lo que sentís con más fuerza es que estás vivo.

Normalmente no tomamos conciencia de que estamos vivos, nos olvidamos de que estamos vivos, no nos damos cuentas de lo agradecidos que tenemos que ser por estar vivos.

Aquí la vida es como abrir una canilla, sale agua y no nos llama la atención, de esas cosas no nos damos cuenta. Pero cuando estas en la guerra de lo primero que te das cuenta es que estás vivo, después te das cuenta de todas las cosas que pasan desapercibidas en lo cotidiano, como el agua, la comida o el abrigo.

Estas cosas las empezás a percibir cuando estás muerto de sed, de hambre y de frío. Empezás a tomar conciencia de las cosas cotidianas que pasan desapercibidas, que nadie las ve, y tampoco se ve al que sufre estas necesidades y empezás a ser más solidario porque sabés lo que es el frío, el hambre y la sed.

Y ahí tenés un poco de miedo, pero después es tanto el miedo, es tan intenso que se te pasa. Después no soportás más estar ahí y te querés morir. No te importa si te matan, lo único querés es que eso termine y te querés ir de ahí. Entonces tenés dos posibilidades: que eso termine y que te vayas, o que te maten que es también una manera de irte de esa situación.

Aquí es donde no sentis más miedo y empezás a ver las cosas en cámara lenta y sin sonido, como si fuera una película muda que la pasan con lentitud. En realidad no es que las cosas pasan más lentamente, lo que funciona a toda velocidad es tu cerebro por el montón de adrenalina que lo pone en alerta para poder reaccionar con muchísima más velocidad que normalmente.

Como te cambia la velocidad del funcionamiento del cerebro te parece que todo funciona lento. Lo que pasa es que vos estás más rápido, no es que lo otro que te rodea esté más lento. Esto es una cuestión de autodefensa del cuerpo, te sirve para reaccionar más rápido ante el peligro.

Primero empecé a leer todo lo que encontraba sobre la historia de las Malvinas, la conozco toda, detalladamente. Después empecé a leer literatura especialmente de autores que han pasado por situaciones límites, que la pasaron mal en sus vidas, como Artaud, Baudelaire, Gelman, Benedetti, Semprun.

Los empecé a leer por qué encontraba un montón de puntos en común con ellos, encontraba palabras para explicar lo que a mí me había pasado y eso me hacía leer más. Uno se da cuenta que se puede entender lo que te está pasando leyendo. Y de aquí salgo disparado hacia la escritura, porque me di cuenta que escribir también sirve para entender lo que te está pasando.

Me di cuenta que uno escribe para entender, no se escribe solamente de lo que se sabe, se escribe para entender. Empecé a entender a los tipos que escriben novelas y generan personajes en las novelas, lo que están haciendo es ponerse en otros lugares disfrazados para entender la trama de la novela que se les ocurrió escribir.

En la poesía no hay personajes, la poesía es enunciador, puede ser en primera persona o en tercera persona, no importa, pero es un enunciador al que vos usás para pararte en un lugar y desde ahí ver lo que querés contar o querés explicar o querés decir lo que estás sintiendo.

Y ahí es donde me zafa la escritura a mí. Me sigo preguntando, uno quiere saber más y no puede parar de hacerse preguntas, de interpelarte a uno mismo. Escribir me hace bien, me siento bien cuando escribo, eso te hace empezar a pensar en otros tipos que escriben y buscar los puntos en común.

¿Por qué yo me siento identificado con tal o cual lectura y no con otra? No leo todo, hay cosas que no las leo porque las empiezo a leer y las dejo porque en esa lectura no encuentro lo que yo estoy buscando.

Uno empieza encontrar puntos en común y uno de los puntos en común que encontré es la falta de libertad en un campo de concentración, en la guerra, en una situación límite. También en la falta de libertad de no poder tomar una decisión en un momento.

Uno se cree libre a veces pero uno está atado a nuestra historia y a un montón de límites sociales y cosas que reprimimos por normas de convivencia. Y está bien, no está mal, es un límite de la libertad de cada uno. Pero yo descubrí que cuando uno escribe es totalmente libre. Por eso no puedo parar de escribir o de buscar nuevas lecturas.

Lo que yo busco es eso, es la libertad. Entonces me hace bien por eso: porque uno es totalmente libre escribiendo, de ser, de no ser, de donde estar, de poder volar, te podés morir y resucitar, podés hacer lo que quieras escribiendo. Es una libertad plena la de poder expresarte sin filtros, a veces puede ser muy chocante el texto que está escrito desde otro lado, pero bueno, es un texto, es literatura.

Uno no puede andar explicando cada vez que está escribiendo algo. Ahí está, leélo, podés entender lo que quieras porque hay un montón de cosas que no están escritas pero quien las lee las va a encontrar, están ahí.

Es lo que me pasa mi con la lectura de los poetas, de robarle cosas cuando le encuentro cosas que no están escritas. Entonces se las robo, están ahí aunque el poeta no las escribió, es encontrar entrelíneas lo que uno está buscando.

La poesía para mí son un montón de puertas que están todas abiertas y vos podés elegir dónde meterte, y donde salir y donde volver a entrar. Un poema tiene un montón de interpretaciones. Para mí la literatura es algo bárbaro, cualquier expresión artística es algo muy liberador para el humano. Cualquier expresión artística es liberadora.

Me gusta también la fotografía, sacó muchas fotografías, especialmente cuando viajo. Para mí la foto es como un poema, la foto es una imagen pero también es lo que no está a simple vista. El poema es eso, lo que no está en el poema, está pero más allá de él.

Gil de Biedma es un poeta español que escribió muy poco, sólo escribió 70 poemas, cuando le hacían una entrevista y le preguntaban por qué no escribía más el tipo contestaba “porque no tengo más nada que decir”. Y no escribió nunca más. Él decía que la poesía aparecía cuando el poeta terminaba de escribir y el poema empezaba a circular. La poesía era eso, cuando el poema empezaba circular, ahí recién aparecía la poesía, cuando cada lector hacía su lectura.

Mi primer libro de poemas se publicó en el 2010, en La Plata, por la editorial Javier Bibiloni. Se llama “Sobrevida”, puede quedar algún ejemplar en alguna librería de La Plata. Después publiqué, en el 2012, “Brilla tu borracho loco”, son todos poemas que escribí después del viaje que hice a Malvinas en el 2009.

También hay un montón de poemas sueltos que están sin publicar que lo voy subiendo a mi blog o los pongo en Facebook, pero la mayoría están en el blog, en el Facebook hay cosas más personales. Ahí están mezclados más de cinco poemarios que en algún momento los voy a publicar.

Después hay poemas que se han publicado en antologías. Ahora se van a publicar dos poemas de “Brilla tu diamante loco” en una antología que hizo la UBA con motivo de los 120 años de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Tengo planeado publicar un libro de poemas dedicados al barrio que se llamará “Tolosa dixit”, ahí junto un grupo de poemas donde hablo de mi viejos, la muerte de mi viejo, del barrio. Están en el blog, pero dispersos.

Ahora estoy armando un libro que se llama “Poemas robados” que son todas lecturas de otros autores que a mí me gustan y me han atrapado y me inspiran, como Perlonger, Lamborghini, Calveyra, Ortiz, Watanave, Gil de Biedma, Manauta, Santoro.

Los leo y voy escribiendo los poemas en los mismos libros que voy leyendo, a lápiz, por ahí subrayo algún verso que me pega mucho y ese verso queda como título del poema que escribo a un costado, también puede que use el título del poema y escriba otro poema con ese mismo título.

Siempre que doy una charla sobre la escritura digo que una hoja en blanco es más grande que el mundo porque en la hoja en blanco entra un mundo. Una vez me preguntaron si encontraba algo social en mis poemas y le respondí que para mí toda mi poesía es social, podés hablar del amor, podés estar volando y tiene una carga social que el escritor no se la puede despegar. Toda poesía es social ¿De qué vamos hablar? de lo que somos y ¿dónde somos? en una sociedad.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here