Historias de Tolosa: José Luis Boriani

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 13 de agosto de 2016

Yo nací en Tolosa, el 26 de marzo de 1960. Tuve una niñez excelente. Estoy agradecido por la educación que me dieron mis viejos. Hoy la gente está muy nerviosa, está muy insegura, pero yo esas cosas no las siento y eso creo que es por la educación que me dieron ellos.

Cuando era chiquito nunca me faltó nada. Mis padres eran trabajadores, mi papá (Luis Juan Francisco Boriani) era maestro de taller en la Escuela Industrial Albert Thomas y mi mamá (María Victoria Simonetti) era empleada en el Ministerio de Economía.

Me crié en el barrio de Tolosa. Fui una Escuela Pública, a la 31, de 3 entre 527 y 528. Entre mis amigos estaba Marcelo Postogna, que fue como un hermano para mí, también era amigo de Carlitos Pinatti, de Carlitos Barbieri, de Horacio Gonzales, de Atilio Pellicioni, de Guillermo Colombo, de Julio Belaschi, todos de la misma edad.

Con ellos jugaba a la pelota, a la bolita, con autitos, andábamos en bicicleta. Cuando jugábamos al futbol, los sábados a la tarde, en el campito de 528, o en la Plaza o en el parque de la 32, nos juntábamos todos los pibes del barrio.

Nosotros, los más grandes y los más chicos, todos juntos, jugábamos: Carlitos Pocovi, Anibal Radaelli, German Latorre, el Balín Celimedo. En el kiosco de Pezzano se juntaban los más grandes: Horacio Varela, Pepe Luis, el Negro Hilario, el Bocha Toledo.

Mi abuela se llamaba Doña Teresa Piano de Simonetti, había venido de Italia y era analfabeta, no era diplomática para decir las cosas, si mis amigos me venían a buscar salía ella y decía: “No, José Luis no sale, está tomando la leche” y mis amigos se iban.

Te decía las cosas como le salían. Pero conmigo era buenísima, yo me crié con ella, porque mi papá y mi mamá trabajaban todo el día, mientras yo estaba con mi abuela.

Ella me llevaba a la escuela, ella me lavaba la ropa, ella me despertaba a la mañana, me hacía desayuno, me hacía la comida. Yo era su preferido. Con los demás no era igual.

Yo era los ojos de mi abuela. Yo llegaba y la nona me decía: “¿qué querés comer?”, yo le decía: “papas fritas y huevos fritos” y me hacía papas fritas y huevos fritos, me decía: “¿qué querés comer?”, yo le decía: “tallarines”, y la abuela se ponía a amasar, yo le decía: “nona, ¿no me haces un huevo batido?” y la abuela se ponía batir un huevo.

Mi abuela era un espectáculo, pero sólo conmigo. Por ahí me escapaba, entonces se iba la esquina y empezaba a gritar como para que la escucharan todos en el barrio: “Coché Luiiiiiiis, Coché Luiiiiiiiiis” hasta que aparecía porque la escuchaba y salía de alguna de las casas de mis amigos.

Hice la secundaria en la Escuela Industrial, donde estaba mi viejo. Por ser hijo de un docente de ahí podría haber entrado sin dar examen de ingreso. En aquellos tiempos se daba examen de ingreso de matemáticas y de castellano.

Pero mi papá quiso que dé el examen como cualquier otro, me presenté y salí bien. Me fui a preparar con Coca Panei, que era la maestra particular de todos los pibes del barrio.

En 2 bis y 529 había un baldío donde jugábamos al fútbol, después de terminar el partido íbamos a robar granadas a una casa deshabitada que estaba en 529 entre 2 y 2 bis, que era del Chueco Rossi, que tenía ahí un gallinero.

Saltábamos la reja y nos subíamos al árbol pero cuando Rossi estaba en la casa (dándole de comer a las gallinas) salía a abrirnos la puerta para que no saltáramos la pared porque “nos podíamos caer”, decía.

Ahí en la esquina de 529 y 2 bis, frente al baldío, estaban los Bozzolo y el padre de Mario, Juan Tundidor, había puesto un almacén, en el que si hacías una compra te regalaban unos pollitos de colores, vivos, en una cajita.

Yo aprendí a nadar en La Salada, en esa laguna que está a un costado del camino Punta Lara, no la del lado del Aeroclub, sino cruzando. Cuando hicieron Propulsora sacaron tierra para rellenar los terrenos hasta perforar una napa de agua salada que produjo la laguna. Ahí iban a bañarse aunque era peligroso.

Durante el verano mi viejo nos llevaba a mí y al Balín Celimedo, a José Luis Postogna, a Anibal Radaelli, a Carlitos Pocovi y a German Latorre a nadar ahí. Nos llevaba en el auto por la mañana y nos quedábamos todo el día.

Eso era una cantera, por un lado bajaban los camiones por una rampa hasta llegar al fondo donde había una pala que los cargaba de tierra. Por eso había una subida, por donde subían y bajaban los camiones, por ese lado podíamos entrar en la laguna sin perder el pie inmediatamente como sucedía en el resto de los lados.

A mi viejo le gustaba nadar mucho y con Balín y José Luis se cruzaban nadando de un lado a otro de la laguna. Ahí aprendí a nadar. Mi viejo nadaba muy bien, era remero.

Cuando llegamos a la edad del pavo, es decir a los 15 años, empezamos a ir al cumpleaños, a los malones. Nos tocó pasar la adolescencia en la época fea. Una vuelta el 25 de diciembre después del golpe de Estado, a las 10 de la noche, estábamos en la plaza, tirando petardos, alguien hizo la denuncia de que estábamos molestando y no sé de dónde aparecieron los policías.

Cayeron de golpe, hicieron un operativo y nos llevaron a la Sexta presos, a todos, hasta las parejitas que estaban sentadas en los bancos, éramos como 20, nos llevaron caminando por en medio de la calle 2, uno atrás del otro, en fila india, hasta 529, cruzamos la vía y a la comisaría. Nos quedamos en el patio detenidos hasta que nos vinieron a buscar a nuestros padres.

No podíamos salir mucho de noche porque había razias. Entonces se nos abrieron las puertas del Club Unión y Fuerza, cuando estaba Panzoni de presidente, donde se hizo una discoteca, en la que yo pasaba música, donde iban a bailar los chicos del barrio.

Arrancamos una barra grande que había, de ambos lados de la vía, había un grupo de chicas, estaban las chicas de Piazza, las chicas de Tundidor, que como iban a la Escuela del Carmen tenían muchas compañeras, a las que habíamos conocido en los cumpleaños de quince, y todos empezamos a ir juntos al club, en el que se había formado una subcomisión juvenil que fue la que propuso organizar los bailes.

La subcomisión estaba integrada por chicos más grandes que nosotros, en la que estaba el Negro Hilario, el Chiqui Viera, Mario Corbata, Carlitos Contardi, Carlitos Triolo. Yo estaba con Belaschi, con Walter Parisi (Cañito), estaban los Bruschini, Sandra Rivas, Silvana Rossi, las mellizas Gallardo, Susana Faiga, Mónica Prieto, Gabriela, Laura, Ana, Gabriel y Gustavo Rodríguez Dacal, todos iban al Club a bailar.

Después empezaron a organizar los colegios los bailes en el club, bailes estudiantiles que hacían que hubiera mucha gente. Terminaban a las 3 de la mañana y nos volvíamos caminando a nuestras casas.

Al centro solo íbamos a tomar un café, era raro que fuéramos a bailar el centro. Cuando cambio la comisión, cuando se cambió de presidente, nosotros dejamos de ir y los bailes se terminaron.

Me recibí de técnico mecánico en la secundaria y después empecé la carrera de ingeniería, pero a los dos años dejé. Yo quería trabajar, empecé a trabajar en el taller mecánico de Rubén Carpano, que estaba enfrente de la casa de Pinatti.

En el taller también hice un grupo de amigos, con los cuales armamos un auto de carrera con el que corrí cinco años en Estancia Chica, un Fiat 600. Pasamos lindo momentos, trabajando mucho. Siempre me gustaron los autos. Yo solo manejaba, no preparaba el auto, el que preparaba el auto era Carpano.

A mí me gustaban correr, andar ligero, cuando empecé a correr carreras creía que me la sabía todas. Cuando preparamos el auto y lo fuimos a probar al circuito para dar la vuelta hay un tiempo, según el tiempo que hacés se sabe que el auto es de punta o es para andar revolviendo la cola y el piloto lo mismo, para sacar ese tiempo tenés que tener un buen auto y tener un buen piloto.

Yo no era un buen piloto, nunca había subido en auto de carreras, para hacer una vuelta de carrera los 10 primeros estaban en 49 segundos. Me dije:”¿49 segundos?, es pan comido”.

Llego a Estancia Chica con Carpano, pusimos en marcha la auto, todo un acontecimiento: era la primera vez que me subía a un auto de carrera y entraba en un circuito, los amigos me ayudaron a ponerme el casco, “¿listo en boxes?” me preguntaron, “si listo” contesté y me dice Carpano: “da una o dos vueltas calentando el motor y después dale a fondo”.

Doy dos vueltas y bajé el bigote a fondo, (al acelerador le dicen el bigote porque antiguamente los Ford T tenían en el volante el acelerador que era una palanca en forma de bigote -la bigotera- cuando se bajaba ese bigote aceleraba el coche), a la tercer vuelta le bajé el bigote.

Me mataba dentro del auto, tenía un tremendo susto. Bajé con la intriga de saber en cuanto había hecho la vuelta, por cómo había manejado para mí lo había hecho en 30 segundos, “¿cuánto hice?” le pregunto a Carpano y me dice: “un minuto 10”, le vuelvo a pregunto “¿cuánto?”, y me vuelve a contestar: “un minuto 10″, y exclamé: “¡uy! ¡todo lo que me falta!”.

Esto le pasa a uno cuando es chico y se cree que las sabe todas y evidentemente no sabe nada, sólo te la crees que sabés. Para llegar necesitás tiempo y mucha ejercitación, hay que dar vueltas y quemar nafta, y darle y darle y después va saliendo el tiempo.

En el año había 14 o 15 carreras, nosotros íbamos a 6 o 7 carreras, no íbamos a todas las carreras, íbamos a la mitad. Lo hacíamos todo a pulmón, además costaba un dinero importante.

Estuvimos unos cuatro años corriendo, el primer año fue todo experiencia, al segundo las cosas empezaron a andar bien, al tercer año estábamos entre los 10 primeros, pero no gané nunca, lo que más llegué fue tercero, en realidad salí cuarto y quedé tercero porque descalificaron al que venía delante mío.

Los viejos eran infaltables, los domingo que yo corría estaban siempre, y después de la carrera, a la noche, mi vieja los invitaba a todos a comer, y hacía ravioles para todos, armábamos una mesa enorme, larga y comíamos comentando la carrera.

Entré a trabajar en Petroquímica, tuve unos años malos porque nos echaron. Cuando la Petroquímica pasa mano de YPF, queda un grupo de gente afuera.

Petroquímica era una sociedad del Estado entre YPF y Fabricaciones Militares, cuando Menem privatiza YPF, se la vende a los gallegos, allá por el año 92, que es cuando empiezan a echar gente de YPF. En el 93 YPF compra lo que es Petroquímica y a su vez YPF pasa a manos de Repsol.

Fue la época en que Menem vende YPF, los ferrocarriles, telefónica, aerolíneas. En esa época a nosotros nos echan, la nueva empresa que agarró YPF, Repsol, achica el personal.

Nos dan el retiro “voluntario” pero que en realidad era a la fuerza, era un despido encubierto, te daban un dinero y a nosotros nos echaron pero nos volvieron a tomar como empresa contratista porque se nos da por hacer una empresa, hicimos una sociedad responsabilidad limitada, éramos 10 muchachos, la empresa empezó a trabajar dentro de Petroquímica.

Esa empresa fue creciendo, algunos se fueron, y quedamos cuatro socios, la empresa siguió creciendo, pero era mucho sacrificio, era vivir pendiente de un teléfono, era recibir llamadas a cualquier hora.

Yo hoy no tengo celular, no uso reloj, yo tenía un Nextel, me llamaban las dos de la mañana, a las cuatro, a las cinco, durante las fiestas, durante los casamientos, los cumpleaños, la noche de fin de año, las navidades.

No podía estar en ningún lado, tenía que estar a total disposición de llamadas que llegaban en todo momento, a cualquier momento, durante las 24 horas, por eso le tomé fobia a los teléfonos, por eso cuando siento el ruido de un reloj despertador me sobresalto, por eso no tengo más relojes ni teléfonos.

Yo me he ido de vacaciones y me han llamado mientras conducía por la ruta 2 a Mar del Plata y me he tenido que volver desde Dolores. No sólo a mí me llamaban, a mis socios también, pero no todos reaccionan igual, otros se lo toman con más tranquilidad, conversando hábilmente la pateaban para adelante, pero yo me levantaba e iba, hasta que me cansé.

Hace unos cinco años atrás gana la licitación otra empresa, así que yo dejé, no quería ser más empresario, quería volver a ser empleado, vivir más tranquilo, con horarios fijos, con una rutina. Me fui, sólo pregunté dónde tenía que firmar para renunciar, no quería plata, sólo quería paz.

Entonces me tomó como empleado la empresa que ganó la licitación y ahí seguí trabajando. Ahora soy empleado, vivo con un sueldo, tranquilo, voy, hago mi trabajo y después descanso, hasta el día siguiente. Trabajo de 8 a 4 de la tarde de lunes a viernes.

Hasta el 2000 la pasé bien, en el 2005 falleció mi papá, sin sufrir, de golpe. En el 2009 falleció mi mamá, poco después falleció mi señora. Uno no toma conciencia de lo rápido que pasa el tiempo, no nos damos cuenta de lo rápido que envejecemos y nos vamos.

Cuando perdí mis grandes afectos me di cuenta que me habría gustado haber estado más tiempo con ellos en lugar de trabajar a toda hora.

No puedo esto porque tengo que ir a trabajar, no puedo aquello porque tengo que ir a trabajar, estaba comiendo en familia, con mis viejos y sonaba el teléfono y me levantaba porque tenía que ir a trabajar.

Ahora lamento no haberme quedado más tiempo con ellos, conversando, aprovechando, disfrutando de su compañía. Trabajar te da dinero, te da un buen pasar, está bien, pero ahora ¿para qué quiero la plata? ¿En qué la voy a gastar?

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