Historias de Tolosa XVIII: la barra de 2 bis y 529

0
12

Recopilación de Oscar Labadie

Relato de Hilario Alberto Arellano

Yo tengo dos llegadas a Tolosa. La primera fue después que mi papá compró la casa de 529, cuando vine con mi primo Jorge Churrarín, los dos solos, en tren. Almorzamos en Buenos Aires, y después de almorzar nos vinimos para Tolosa.

Yo venía con mis valijas, tomamos el tren en Constitución, pero en esa época el tren largo no paraba en Tolosa, iba directamente a La Plata, desde Villa Elisa. Si uno quería bajarse en las estaciones intermedias tenía que tomar otro tren, en Berazategui, haciendo trasbordo, y subir a un trencito al que llamaban la Chancha, (que eran tres vagones diesel), y ese sí paraba en la Estación de Tolosa.

Así que nos bajamos en Berazategui del tren largo y nos subimos a la Chancha que nos trajo hasta la estación de Tolosa. Ya en la Estación subimos con las valijas al puente, no sabíamos que se podía pasar por el costado, caminar hasta la calle 528 y cruzar el paso a nivel, así que subimos el puente y bajamos el puente llevando las valijas que no era precisamente livianas.

Después caminamos por la calle 1, guiados por el mapa que nos había hecho mi viejo, el mapa señalaba que al llegar a la esquina de 529, en donde debía haber un almacén, que efectivamente estaba ahí y que después supe que era el almacén de los González, en frente de esa esquina debía haber una farmacia (la de Piccinini), que efectivamente estaba ahí pero cerrada porque era domingo.

Doblamos y empezamos a caminar por la calle 529. Las instrucciones eran cruzar la calle 2 y antes de llegar a la otra (2 bis) tenía que encontrar la casa con el número que llevaba anotado. La encontramos pero cuando entré a la casa me llevé una desilusión enorme, yo no venía de vivir en un palacio pero sí en un chalecito que nos había dado YPF a estrenar, con todas las comodidades que acá todavía no existían.

Al entrar y ver la casa le digo a mi primo: “Pero qué carajo compró mi viejo, un conventillo”, porque era una de esas casas largas, con un prolongado pasillo techado con chapa, y en medio del patio había dos pilares grandes que lo dividían en tres partes.

Al entrar tocamos el llamador que recuerdo era una manito que golpeaba la puerta con un golpe seco y sonoro. Golpeamos con la manito, y entramos porque en aquella época las puertas estaban abiertas, las casas no se cerraban con llave ni de noche.

Entramos, empezamos a caminar con mi primo, por esa casa infinita y al fin llegamos hasta el fondo. Generalmente las cocinas estaban al fondo de todo, en la última pieza, antes del baño, ahí en la cocina estaban tomando mate mi hermana Tuka, mi viejo, mi cuñado, pero en mi cabeza seguía con la idea de que estaba en un conventillo. Hasta que me convencieron de que no, que toda la casa era para nosotros.

Caminé por el patio que había en el fondo y el patio tenía árboles viejos como de 40 o 50 años, enormes, altísimos, y me llamó la atención que los terrenos estaban divididos con hileras de chapas. En Neuquén, de donde venía, los fondos de las casas estaban divididos con bloques de cemento o de ladrillo.

Miré para un costado y vi que al lado había un galpón de chapa, era un gallinero. Bueno, me quedé conforme esa noche, pero asombrado del largo de la casa, de lo grandísimas que eran las piezas, y de lo alto que estaban los techos. Adelante había una sala de 8 m por 4 m enorme, con piso de madera y grandes ventanales.

Esta fue mi primera llegada a Tolosa. Estuve un tiempo, que era el tiempo de las vacaciones, y antes de empezar las clases, (me habían anotado en el Sagrado Corazón para hacer la Secundaria), volví a Neuquén a buscar el resto de cosas mías y de mis padres porque ya nos veníamos del todo y a traerme el perro, mi perro Top.

“Así que vuelvo a venir con los muebles”

En esta segunda venida con mis viejos, con el perro, con los colchones, con las valijas, ya no era cuestión de hacer el transbordo, había que ir directamente hasta La Plata, y en ese tiempo no existían los fletes.

En ese entonces al salir por la puerta de la estación estaban los mateos, eran unos carros con caballos que servían para cargar equipajes. Así que yo cargué las cosas en un mateo, subí a mi perro y me vine por la calle uno, seguido detrás, por un segundo mateo en el que venían mis padres también cargados de equipaje. En un coche sólo no cabíamos todos.

Llego a la casa y me instalo. El cambio fue grande, hasta que me empecé a ambientar me lo pasaba sentado, aburrido, en la puerta del zaguán, viendo pasar la gente, que parecía mucho más cerrada que en el interior. Me costó adaptarme a las costumbres de aquí.

Mis primeras salidas consistían en sacar a pasear a mi perro hasta la esquina, con la cadena, porque mi perro estaba acostumbrado al campo y cuando lo soltaban salía corriendo y se perdía por dos o tres días por lo menos.

En Neuquén estaba acostumbrado a andar por todos lados yendo y viniendo libremente, y acá hacia lo mismo cuando podía, era un perro muy cariñoso. Extrañaba a mis amigos de Neuquén, con lo que estábamos hasta las 10 de la noche en la calle en medio de una tranquilidad total, acá a las 8 había que estar en la casa.

De lunes a viernes era llevadero, porque tomaba el tranvía, iba al colegio Sagrado Corazón, caminaba dos cuadras, volvía a las seis de la tarde, y me quedaba en casa. Ya había televisión, que si bien no funcionaba todo el día, en el horario de transmisión nos entretenía.

El problema eran los sábados y los domingos, los domingos yo veía que todos se iban a la cancha, y los sábados se iban a jugar al fútbol. A mí se me ocurrió empezar a caminar alrededor de la manzana de mi casa, así llegué a 528 que era todo un descampado, y ahí vi que se juntaban muchos muchachos a jugar al fútbol.

Yo me paraba a mirar, de cerca, el partido, pero nadie me invitaba a jugar. Un día, no sé por qué, da la casualidad que falta uno y me preguntaron: \\\”¿Querés jugar?\\\”. Yo sí quería jugar, en Neuquén había jugado toda mi vida al fútbol, y dije: \\\”Sí, sí, juego\\\”.

Pero saltó uno que dijo: \\\”Vos no podés jugar, no te conocemos, no sos del barrio\\\”. Entonces yo me acuerdo que Gobini, de quien no me voy a olvidar nunca, saltó y dijo: “Él juega porque yo lo invité”. Gobini me defendió como si me conociera, aunque era más chico que yo. Me puse jugar, y al terminar el partido me dijeron: “El sábado que viene te esperamos”.

Así fue como el sábado se hizo una cita obligatoria ir a jugar un rato al fútbol, a las 2 o 3 de la tarde. Ya después era una costumbre tan grande que íbamos a jugar con lluvia, con barro, con frío, con calor.

A la tardecita, cuando se había terminado de jugar al fútbol y nos habíamos bañado, nos juntábamos en la esquina de 2 bis y 529. Así empecé a hacer amistad con los muchachos del barrio, que duró años.

Los miembros de la barra eran Horacio Gobini (que fue el primero que me conoció), Beto Brandariz y Hugo Colombo, que vivían en la misma cuadra, después estaban los Celimedo, el mayor, el Belinda y el menor al que llamábamos BalínCarlitos Pereyra que vivía al lado, Mimo Mautone,Titi Rossi, el flaco García, el Bocha Iglesias y el gordo Chochin Viera.

Ahí nos juntábamos todas las tardes a conversar, éramos 7 u 8 muchachos, que siempre alguna pavada estábamos haciendo. Éramos los amigos del barrio. Entonces me di cuenta que el barrio era distinto a lo que yo pensaba, que no eran tan cerrados como me parecía en un principio.

Si bien a mi padre le costó más, también terminó haciéndose de gente conocida y salía a charlar con los vecinos de su edad, que se juntaban en las puertas de las casas a tomar mate por la tarde.

Me acuerdo que en la esquina de 2 bis y 528, había una carbonería, la de Grassi, yo no sabía lo que era una carbonería, en Neuquén no existían, allí teníamos gas. Mi padre, León Arellano, iba comprar una casa en la zona de Bernal, pero no le gustó, porque decía que estaba lejos tanto de los centros educativos de la Capital como de los centros educativos de La Plata.

Entonces vino a La Plata a recorrer la zona, buscando casa, y de todas las zonas en que buscó la que más le gustó fue Tolosa, porque decía que tenía todo cerca: el ferrocarril en la esquina, dos farmacias, almacenes, carnicerías, panaderías, verdulerías, el correo postal, el registro civil, la comisaría, un servicio médico en la calle 1, dos colegios primarios.

Tolosa tenía todo a pocas cuadras de distancia, cerca, además al lado, en La Plata había colegios secundarios, hospitales y estaban las facultades de la Universidad Nacional de la Plata. También había tranvías que te llevaban rápidamente al centro de La Plata.

Así que mi viejo se decidió a buscar casa en Tolosa, y encontró que en un lugar donde vivían las tres hermanas Bonfanti juntas pero en casas distintas vecinas, hechas iguales, justo vendían la casa de en medio, y mi viejo la compró.

Venir aquí a Tolosa era como venir a vivir al paraíso después de haber estado en el desierto, donde no había nada cerca. En Tolosa, y esto mucha gente no se da cuenta, en 10 cuadras a la redonda, uno tiene todo lo que puede necesitar.

Tolosa era y es un punto estratégico para vivir. Mi viejo, con una gran visión de futuro, decidió quedarse acá, y se compró una casa vieja acá pudiendo haber comprado una casa mucho más nueva en otro lugar.

En esa época Tolosa tenía algunas carencias: no había luz, no había gas, no había cloacas, el agua era de mala calidad, pero todo eso con el tiempo se fue solucionando. Allá en Neuquén teníamos todo esto pero nos faltaba el resto, que no era fácil de solucionar.

La vida es un carnaval

Para nosotros cruzar la 32 para ir a La Plata era una odisea, en ese tiempo no se iba seguido, el mundo terminaba en la 32. No íbamos a bailar al centro de La Plata, entonces nosotros estando ahí en esquina de 2 bis y 529, siendo carnavales, nos preguntamos dónde podríamos ir a bailar.

Alguno propuso: “¿Qué tal si nos vamos a bailar a Villa Elisa al Club de los Portugueses?”. Pero había que ir disfrazado. El mayor era el flaco García, estaba el Bocha Iglesias que vivía al lado de la panadería de 528 bis y estaba el Gordo Chochin.

En aquella época no había muchos micros para trasladarse, menos de noche, así que tomamos el tren en la Estación que nos salía barato, pero después había que ir hasta el camino Belgrano que era donde estaba el Club de los Portugueses, de manera que teníamos que caminar como 20 cuadras, del Centenario hasta el Belgrano.

Para disfrazarnos alguno se ponía una sábana, otro se ponía un antifaz, otro se ponía una mascarita, un vestido. Doña Teresa, en 2 bis, tenía un gallinero, esa noche pasamos por ahí pensando qué nos podíamos poner para disfrazarnos, entonces vimos que doña Teresa tenía ropa tendida. Le robamos la ropa y nos fuimos todos para allá, para el camino Belgrano, al Club de los Portugueses.

El flaco García, que era alto y delgado, se puso un vestido de mujer que doña Teresa tenía colgado, así fue disfrazado y en medio del baile un portugués enamorado de él, lo manoteaba, lo seguía por todo el salón queriéndolo besar, mientras el flaco huía espantado recogiéndose la pollera.

Ese Club existe todavía. Por supuesto, estuvimos mucho tiempo cargando al flaco García por ese incidente, haciéndolo enojar, se ponía loco de furia con nuestras cargadas mientras nos reíamos a carcajadas de él.

Siempre andábamos en cosas raras. Otra noche, a fin de año, estábamos todos en casa, mi familia ya estaba durmiendo, y nosotros, los muchachos nos fuimos al fondo después de haberle robado a la madre de Balín, una torta que tenía para el otro día que era Navidad, una torta de nuez, que la sacaron de la heladera el Balín y su hermano.

Ya teníamos el postre, pero nada para comer, eran las 2 o 3 de la mañana, entonces fuimos a lo de doña Teresa y lo metimos al Balín por un agujero chiquito que había en la puerta para que agarrara las gallinas. Nosotros desde afuera señalábamos: “Agarrá ese agarrá aquel”, y así Balín tomó como cuatro gallinas.

Nosotros las pelamos, las pusimos a la parrilla y las asamos, contentos pensando que nos íbamos a dar un banquete, pero como a las siete de la mañana cuando las quisimos comer no pudimos meterles el diente de duras que estaban, lo único que comimos fue la torta. A doña Teresa le robábamos todo y la pobre santa nunca no dijo nada, a pesar de que sabía éramos nosotros.

Balín era el más chico de la barra y lo teníamos para hacer maldades. Otra noche estábamos en la esquina parados, era la época en que se tiraban cohetes y habían aparecido los rompeportones.

Al guitarrista de la esquina, Don Distefano, le teníamos bronca porque siempre nos echaba diciendo que le molestábamos. Entonces Balín, siguiendo nuestras instrucciones, con una onda, le tiró dos rompeportones contra la pared en donde, sabíamos, que tenía el dormitorio. Explotaron con un fuertísimo estrépito dejándole dos enormes manchas de carbonilla en la pared blanca.

Al otro día Don Distefano buscaba por todos lados tratando de averiguar quién le había hecho semejante maldad. Nadie dijo nada, nadie nos delató, pero por esos días desaparecimos de los lugares que solíamos frecuentar.

En los carnavales, a las tres de la tarde los vecinos se ponían de acuerdo para salir a jugar. Un día estábamos jugando al carnaval y el flaco García vio que María Mautone, se había parado desprevenidamente en la puerta de su casa, mirándola diversión. La puerta de su casa tenía vidrios por detrás. El padre no la dejaba salir a jugar.

Entonces, el flaco García desde la casa del gordo Pezzano, que estaba enfrente, escondido detrás de la pared, por dentro del patio, sin que nadie pudiera verlo, le tiró un bombazo de agua, que dio sobre el vidrio de la puerta haciéndolo añicos.

Tuvimos que desaparecer como una semana por culpa del flaco García. Don Rafael, el padre de María, nos buscaba a todos, quería matar a alguno pero no sabía a quién. Sólo cuando se le pasó el enojo pudimos reaparecer, cautelosamente, por la esquina.

En la calle 2 y 529 nosotros teníamos por costumbre sentarnos en una especie de reborde de la vidriera de la tienda del turco Oham y desde ahí mirábamos pasar los tranvías, a veces nos subíamos en 530 esquina 1, dábamos toda la vuelta por 28 y no bajábamos en 2 y 529.

A veces le poníamos a las vías del tranvía unas latitas chiquititas de clorato de potasio, que eran unas pastillitas para el dolor de garganta que se vendían en aquella época, que la mezclábamos con cierta cantidad de azufre, y si las poníamos en la vía del tranvía al ser aplastado por las ruedas explotaban llenándolo de humo.

Un día a uno, cuyo nombre voy a mantener en reserva, se le ocurrió no ponerle una cajita de esas chiquitas de pastillas, sino ponerle una latita de pomada para zapatos llena de estas pastillas de clorato de potasio mezcladas con azufre. El objetivo era generar más ruido y más humo, pero el resultado fue una sorpresiva explosión de tal magnitud que hizo descarrilar al tranvía en 529 y 2.

Después anduvo la policía tratando de averiguar quiénes habían sido los autores del hecho, nuevamente tuvimos que autodisolvernos, esfumarnos durante por lo menos un mes.

Al que le hicimos una macana grande con Balín fue a Don Hipólito, que vivía en la esquina de 2 bis y 529. Era para fin de año, se tiraban cohetes por todos lados. Habían aparecido las ametralladoras, que eran como 20 cohetes todos unidos entre sí por una misma mecha, que iban explotando consecutivamente, simulando los disparos.

Llamamos al Balín, que era el encargado de los trabajos sucios, (nosotros solamente aportábamos las ideas, éramos los autores intelectuales) y le dijimos que tirara una ametralladora por encima del cerco de ligustrina de la casa de Don Hipólito. Como era una noche hermosa de verano, pero calurosa, la familia estaba comiendo en el patio, cosa que nosotros ignorábamos.

Entonces, viene el Balín y tira la ametralladora por encima de la ligustrina, cayendo encima de la mesa alrededor de la cual estaban comiendo, a esa hora, los familiares de Don Hipólito. Todos empezaron a gritar, la señora de Don Hipólito gritaba: “¡Se quema el mantel!, ¡se quema el mantel!”, Desaparecimos por un largo tiempo.

Al Balín, que era el más chico, lo usábamos para hacer esas canalladas. Nosotros le dábamos las ideas y él sin vacilación alguna, sin miedo, sin conciencia, las ponía en práctica inmediatamente. Esta fue la última de las bromas pesadas que hicimos en el Barrio, porque un tiempo después el Mimo Mautone falleció y la barra se disolvió.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here