Historias de Tolosa XXI: Recuerdos y vivencias de un vecino

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Recopilación de Oscar Labadie

Vine al barrio el 28 de diciembre de 1948, desde la ciudad de Bolívar. Tenía un hermano casado que vivía acá en Tolosa, lo vine a visitar. Me dijo “quedate” y me quedé. En Bolívar siguieron viviendo el resto de mis hermanos, mi mamá y mi papá.

Yo era menor de edad y no podía conseguir trabajo porque no tenía documentos, la libreta se sacaba a los 18 años, pero como vine el 28 de diciembre y cumplo los años en marzo, cuando cumplí los 18, tres meses después, me enrolé, es decir, saque la libreta de enrolamiento.

Entonces, por medio de mi hermano, pude entrar a trabajar en YPF, allí estuve tres años y pico, después me dieron el pase a Gas del Estado, porque yo estuve en la construcción de la Destilería, y a medida que se iba terminando iban despidiendo a la gente, porque éramos trabajadores temporarios.

Cuando me fui a Gas del Estado también entré al Ferrocarril al mismo tiempo. En el primero estuve solo 20 días porque trabajaba de 19 a 1 de la madrugada y tenía que viajar hasta Constitución. El segundo, me quedaba a seis cuadras. En esa época me iba a casar y quería ganar plata para comprar todo lo que necesitaba. En el Ferrocarril trabajé hasta que me jubilé.

Mi señora es de Tres Arroyos, su papá era maquinista, y vino de chiquita a Tolosa. Me casé en 1957. La conocí cuando pasaba todos los días para hacer los mandados y yo estaba en la puerta de mi casa o estaba parado en la esquina, y así nos conocimos. Estuvimos dos años de novios.

Ella era única hija y cuando nos casamos nos fuimos a vivir a una casa que era de su padre, ubicada en este barrio que se hizo en 1950, estando de gobernador (Domingo Alfredo) Mercante. Unos cuantos muchachos de la Fraternidad le presentaron un proyecto para hacer un barrio ferroviario para 100 personas.

Al principio se anotaron, pero después se fueron borrando porque había que poner 5 mil pesos y algunos no los tenían, a otros no les gustaba el proyecto porque desconfiaban ya que en esa época se conocían casos de estafadores que agarraban la plata después de cobrar algunas cuotas y desaparecían.

Pero acá había un tal Domínguez, presidente de una comisión que se había formado en La Fraternidad para apoyar el proyecto, que todos los días andaba en esto, detrás del constructor, hasta todos los días iba a ver a Mercante y al final logró que el barrio se hiciera.

De 100 quedaron 40, la obra estuvo abandonada un año, no sé por qué razón, pero Domínguez, ya desalentado, lo fue a ver a Mercante una vez más, y este le dijo que siguieran la obra los 40 que quedaban a toda costa, que no abandonaran, que era una oportunidad que no se iba a volver a presentar.

Y bueno, las casas se terminaron y la gente se vino a vivir. La calle era de tierra, el pavimento se hizo recién en 1980. Cuando vinimos nosotros había muy pocas casas por acá.

Se hacía “La vuelta del perro” que consistía en dar la vuelta alrededor de la plaza mientras el Club Unión y Fuerza ponía música, principalmente las chicas daban la vuelta, mientras los chicos se paraban en las esquinas de la plaza o en la puerta del Club; las chicas pasaban y volvían a pasar.

En donde ahora está la empresa fúnebre, estaba el Bar de Garbarena, que tenía un escenario en el medio, y había orquesta. No era un local muy grande, pero tocaba una orquesta típica, además venían cantores. Había una pizarra en la que se anotaba las piezas que iban a tocar, los músicos ponían el nombre de las canciones que iban a interpretar, subían al escenario y empezaban.

La primera carrera que se corrió la vimos ahí porque en esa época nadie tenía televisor, estábamos todos cómodos adentro pero cuando el locutor dijo: “largaron” quedamos en el medio de la calle porque había tanta gente que, con el tumulto, se desparramaron, la gente empezó a gritar y a moverse y muchos fuimos a parar, a los tumbos, al medio de la calle.

Yo no era burrero, fui sólo una vez al Hipódromo para saber cómo era y no volví más, pero sí iba al bar todos los días, donde me hice amigo de un chico que se llamaba Francisco Loto, de un tal Bonano, de Bruschini, y otros más.

Y después íbamos al Club Unión y Fuerza, donde arriba había un registro civil. En el bar teníamos cuenta corriente, podíamos hacer cualquier tipo de gasto porque total se anotaba, pero a fin de mes había que pagar religiosamente.

El buffetero era también del barrio, un tal Gisone. Como teníamos cuenta corriente no había ningún lerdo para el bolsillo porque si se pedía el buffetero anotaba, así que ninguno se podía negar, y tomábamos vermut o Gancia.

Cuando se daba a la vuelta del perro todos eran Gardel, todos venían a hacer pinta, todos pretendían ser ganadores, pero también venían de Villa Rivera a la pesca de las chicas de Tolosa. ¡Y si les tocaba iban a salir! Cuando se terminaba, a las nueve de media de la noche, empezaban las piñas de los de Tolosa con los de Villa Rivera.

Claro, que después estaba la revancha, la terrible venganza, cuando los de Villa Rivera nos agarraban a los de Tolosa allá, a la salida del baile de su Club. Ellos no tenían vuelta del perro, pero sí tenían al Club Villa Rivera que traía a las mejores orquestas del país, del mundo, del universo: Darienzo, Troilo, De Angelis, Tantuy.

Mientras Unión y Fuerza traía muy poco, los de Villa Rivera traían a los mejores: Héctor Brunelli, Oscar Alemán, orquestas de jazz. No podíamos evitarlo, los sábados había que ir para allá y defenderse, como hombres, de las piñas a la salida.

También nos divertíamos cuando pasaban hinchadas de fútbol en el tren. En la calle 1 muchas veces se paraba el tren y se producían batallas a los piedrazos de los hinchas con los de Tolosa. En La Plata antes de salir se llenaba los bolsillos de esas piedras de que están llenas las vías, y la gente en la calle 1 por Tolosa los esperaba para cargarlos.

Cuando venía la hinchada en los trenes, subidos hasta en los techos, hayan ganado o hayan perdido, igual se los cargaba, se les hacía burla, y todo tipo de gestos obscenos, entonces los tipos paraban el tren, se bajaban y nos corrían por lo menos una cuadra.

Algunos vagones de los trenes, tienen detrás de un vidrio que se rompe en casos de emergencia, una palanca que si se gira aplica un freno automáticamente y el tren se para, pero nosotros, antes de que bajaran, ya habíamos rajado. Nunca nos alcanzaban.

Había un tren que salía de acá hasta Pereyra, y ahí estaba la combinación para tomar otro a Punta Lara. En esa época el camino a Punta Lara era de tierra, íbamos en bicicleta, pero el que quería ir en tren tenía que ir hasta Pereyra y tomar la combinación para llegar hasta Punta Lara.

Entonces nosotros estábamos esperando la combinación para venir para La Plata y había unas cuantas chicas ahí. Les dijimos: “Vengan atrás de la estación porque en un tren de La Plata que va para Plaza Constitución viene la hinchada de independiente y van a tirar piedras que las pueden lastimar”.

Creyeron que las estábamos cargaron y no nos dieron bolilla, y nosotros nos fuimos detrás de la estación.

Pasó el tren, y cuando vamos de vuelta a donde pasan las vías vemos que una chica, que se había quedado sentada con las piernas cruzadas, le habían pegado un piedrazo y le salía la sangre de una rodilla como sale el agua, a chorros, de una canilla, y le dijimos: “Viste, nosotros te avisamos”.

Menos mal que no le pegaron en la cara, ni le sacaron un ojo. Rompieron una camisa para vendarla, y parar la sangre. Después vino el tren y nos volvimos.

En fin, yo me enamoré de Tolosa, Tolosa es linda. Por eso nunca quise irme de aquí.

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