Historias de Tolosa XXII: “De mala gana me hice adulto”

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Recopilación de Oscar Labadie

Historia de vida de Enrique Raúl Pizarro

Yo vivía en 530, entre 7 y 8. Era entonces una calle de tierra con zanjas. En la zanjas los chicos del barrio cazábamos renacuajos y en las veredas los vecinos plantaban tilos que, como eran arboles muy jóvenes, eran finitos. Por las calles pasaban muy pocos autos, corriendo podíamos remontar barriletes hechos con diarios y sacar a pedradas a los cazadores de perros, a la temida perrera.

Pocos vecinos tenían auto. Mi padre, Raúl Héctor Pizarro, fue uno de los primeros en comprarse uno. Era proyectista y se diseñó su propia casa, trabajaba en el Ministerio de Obras Públicas, participó en el proyecto del primer estadio único que al final no se concretó, y participó también en todas las casas obreras que hacía Perón, que eran chalets con paredes de 30 cm, esas paredes con arcadas de medio punto, chalets con teja española, magníficos.

Después mi padre trabajó en el Ministerio de Bienestar Social. Mi mamá, Delia Eve María Tocaimasa, era maestra y profesora.

Venían de dos familias de distinto origen, una rica y la otra pobre, una de inmigrantes españoles y la otra de herederos criollos. El inmigrante pobre era papá, mi mamá venía de criollos viejos, de la época de Rosas.

Mi papá era el advenedizo, el de familia de patoteros, de compadritos, peleadores, mugrosos, futboleros, de chicos de barrio reo que jugaban a las bochas con adoquines que arrancaban de las calles, y que a alguno les caía el adoquín en la cabeza, como le pasó a mi tío.

Andábamos con ondas para tirar piedras, fundamentalmente, a la perrera. El camión de la perrera pasaba cada tanto. Le teníamos un odio infernal, porque los perritos del barrio andaban sueltos, no eran perritos abandonados, los chicos también podíamos andar sueltos al igual que los perritos, en aquella época.

Podíamos estar en la calle hasta las 9 o 10 de la noche y caminar 10 cuadras lejos de la casa porque estábamos vigilados por los demás vecinos. Los demás vecinos hacían de mamá y papá a toda hora. Hoy los chicos no pueden ir ni a la esquina solos. Son presos. Están atados a la electrónica, a la computación, a las pantallas. Esto es trágico.

Los chicos estábamos sueltos en la calle, barras de chicos a veces no muy amplias, éramos tres o cuatro amigos nada más, me acuerdo de Mario Corvino, y de su hermana Rosita (muy amiga de mi hermana). Tomaban la leche todos los días en mi casa.

Mi casa era una especie de emporio, un lugar de concentración, porque mamá era muy organizadora, entretenía a los chicos y los hacía jugar. Había fondo en mi casa, un amplio patio con árboles y a mamá le gustaba recibir. Prefería tenernos a nosotros dentro de la casa, más vigilados, echándonos el ojo. Y tener los amigos en casa.

A la hora de la merienda siempre había chicos, vecinos o compañeros de la escuela Dardo Rocha, la de 7 y 32, a la que papá le donó un retrato pintado al óleo por él, de su mano, magnífico cuadro de Dardo Rocha, un perfil.

Mi papá era pintor, también fotógrafo social y del Hipódromo. Se jubiló joven en la administración pública, y empezó a trabajar de fotógrafo. Hubo una especie de política de adelantar las jubilaciones, no sé si sobraba gente o que pasaba.

Entonces empezó a trabajar de fotógrafo en el Hipódromo y me puso a mí también de fotógrafo con 16 años. Yo sacaba la largada y él sacaba la llegada. Teníamos el laboratorio en casa. Los cuadros los hacíamos en casa. Nunca apostábamos, pero nos divertíamos mucho porque nos gustaban los caballos.

Se puede hablar de mi padre como de un compañero además de padre, siempre estuvo al lado mío, al pie del cañón, en todos los emprendimientos que hice, todo lo que significara abrir puertas a un futuro para el hijo, ahí estaba mi padre, firme. Con mi hermana hizo lo mismo. También era carpintero, me enseñó carpintería.

Yo tuve una infancia casera pero también callejera, era muy callejero y a la vez un lector, y cuando salía con los amigos hacía travesuras, como por ejemplo, romper las cerraduras con petardos, le poníamos los “dale lobo” a las cerraduras de los vecinos odiados, solamente a la gente odiosa, nada más que por eso: porque nos caían antipáticos. Otra travesura era tirarle hondazos con moras a las ropas tendidas dejándola toda manchada.

Me hice amigo de Daniel Villafañe, un gran amigo de toda la infancia, que vivía en frente. Después, me hice muy amigo de un compañero de la escuela que se llama Miguel Ángel Plaza, que venía y se integraba a los chicos del barrio como si fuera uno más, aunque era de cuatro o cinco cuadras más lejos. Iba a jugar a mi casa, a tomar la leche y a estudiar.

Con Miguel también estudiamos la secundaria juntos en el colegio San Cayetano. Estudiábamos mucho en casa, mi casa no sólo era un lugar de diversión sino también de estudio, además se escuchaba mucha música, especialmente clásica, que le gustaba a mi madre.

Por el lado de mi padre se escuchaba tango del 40, jazz, bolero, rumba, tropical, era la música de la juventud de mis padres, de la época en que estaban de novios.

Mi casa siempre estuvo forrada de libros, en esa época no había más que los libros para investigar, enciclopedias, mi casa era una biblioteca en sí misma, mi padre coleccionaba libros de arte, de historia, de naturaleza, de biología, de geografía.

Entonces con mis compañeros formábamos equipos y veníamos a estudiar a casa donde se encontraban el material como si fuera una biblioteca pública. Aquí mamá pisaba fuerte, había sido maestra y se había recibido de profesora de geografía y de biología, en el colegio Isabel la católica.

Mi papá conoció a mamá en un corso, al que habían ido mi mamá con la tía Hayde, con la prima Alicia, y otras primas, todas muy lindas (pero la más linda de todas era mi mamá), y mi padre cuando la vio se enamoró en el acto.

Mi padre que era bajito, menudo, flaco pero no tímido, arremetió audazmente y logró una cita. Eran jovencitos, ella tenía 14 y el 17. Mi padre siempre estaba con la broma, 60 años después de casados, de que todavía estaba esperando que mi madre se sacara la careta (para los que no saben, en los corsos se solían usar feas caretas para ocultar el rostro).

La familia de mi madre tomó el noviazgo muy mal. Mi mamá se había educado y criado con su abuela y no con sus padres. La abuelita María Blanco era parienta de los Ortiz de Rosas y de los Iraola. Era viuda, vivía con sus hijas, cuatro hijas mujeres, y un hijo varón, que eran los tíos de mi mamá.

Los padres de mi mamá siguieron viviendo en Lobería con un hijo varón, y quisieron que ella viviera acá con su abuela. Pero en la práctica, a mi madre le educan las tías: la tía Dona, la tía Peti, la tía Chúa, después estaba el tío Esteban que era el varón. La educan en la cultura clásica, en la música, en el piano.

Mi mamá estuvo 10 años de novia con mi papá. Se casó a los 24 años. Papá superó la resistencia inicial, porque claro, la familia aristocrática no quería saber nada con el pobrete orillero, con familiares compadres, de armas llevar, de facón. La abuela llegó decirle a mi mamá: “¡y esa porquería elegiste como novio!”.

Mi papá tuvo que pedir permiso, para hacer zaguán, durante cinco años, y recién después pudo entrar a la casa. A la abuela mi padre nunca la pudo conquistar. Si pudo lograr el apoyo de las tías.

La vieja (o la abuelita según se mire: con los ojos de mi padre o los de mi madre) cuando salían les decía “que se diviertan mucho”, remarcando cada palabra y dentro de cada palabra cada letra, y mi padre le contestaba con tono orillero: “no se preocupe doña María, vamos hacer lo posible”. El diálogo era filoso, las flores que se tiraban pesaban toneladas, eran más bien adoquines.

Después de cinco años de casados, nací yo. Tuvieron solo dos hijos, mi hermana Eve y quien les habla. El mismo año en que yo nací entraba el televisor a la Argentina. Llegué con la televisión. Fue una de las primeras cosas que se compró mi padre después de casarse. Tuvo televisión como dos o tres años antes que los demás vecinos.

Era una caja de madera con un selector que costaba moverlo y hacía taak taak al cambiar de canal. Primero un canal sólo, después dos, y después a lo sumo cinco canales. En blanco y negro.

Se reunían todos los vecinos en mi casa a ver televisión. Había un horario a la tarde, después del té, en que empezaban a caer los vecinos a ver ciertos programas que llegaron a convocar a 16 o 17 o 20 invitados en el living de casa.

Principalmente los mejores vecinos, el mejor amigo vecino de mi padre, Natalio Escudero, y sus hijas mellizas, también las mejores vecinas, que tenían 10 años más que yo y que un poco ayudaron a criarme, fueron mis hermanas también. Estoy tan agradecido con ellas, siempre al pie del cañón ayudando, sufriendo y alegrándose a la par nuestra, hasta el día de hoy.

Ésta era la ciudad de antes. Hoy el vecino es casi un desconocido. Antes se sacaban mesas a la calle y se juntaban los vecinos a comer, o se hacían mesas vecinales dentro de las casas porque los patios eran muy grandes.

Ciertas fiestas se festejaban en las calles, con mesas largas, se hacía una vaquita, los vecinos llevaban cada uno una cosa, se compartía, se discutía, se hablaba. Esta buena costumbre se perdió, como tantas otras.

A mí me duró más la infancia porque me gustaba permanecer en la infancia, me gustaba ser niño, jugar con soldaditos, ver películas de guerra, correr por las calles. Me costó abandonar la infancia por qué me gustaba. De mala gana me hice adulto.

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