Historias de Tolosa XXIII: pantalones cortos o pantalones largos

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Recopilación de Oscar Labadie

El protagonista de esta historia pidió que su nombre se mantuviera en reserva.

Nací en Bahía Blanca, en el puerto de Ingeniero White. Mi papá trabajaba allá en el ferrocarril y lo transfirieron al ferrocarril de Tolosa. Vinimos, en el año 1939, a vivir a 525 y 5 en Villa Rivera, mi mamá, mi papá, mi hermana y yo que tenía 3 años.

Entonces salió una disposición por la que todos los ferroviarios podían hacerse la casa con un préstamo del Hogar Ferroviario y mi papá se construyó una casa en 531, entre 116 y 117. Ahí nos fuimos a vivir después que la terminó, en 1940.

Estuvimos en esa casa un tiempo, y mi papá puso un criadero de gallinas en City Bell y nos fuimos a vivir allí. Estuvimos tres años, pero a mi papá no le fue bien y nos volvimos de vuelta a Tolosa, a la casa de 531.

Mi papá no dejó el ferrocarril para dedicarse al criadero, siguió viniendo en bicicleta desde City Bell hasta Tolosa y cuando salía de trabajar del ferrocarril volvía a City Bell de vuelta con la bicicleta. Tenía un criadero de 3 mil gallinas, y vino un hermano de mi mamá, que trabajaba en el campo en Tres Arroyos, a ayudarlo, pero como no les fue bien con el criadero, lo remataron.

El criadero no era de gallinas para vender, sino de huevos, eran gallinas ponedoras. Tenía una camioneta vieja, que no la usaba para venir a Tolosa, porque no tenía gomas, a las cubiertas le tenía que poner pasto adentro, coserlas con tientos, porque no había gomas en ese tiempo, y para venir hacer el reparto a La Plata se venía a 2 km/h desde City Bell con todos los cajones, con las gomas todas cosidas con tiento, sin cámara, porque estaban todas rotas.

De manera que las cubiertas adentro estaban llenas de pasto. Así venía a La Plata, a hacer todo el reparto, y se volvía pero para no gastar la camioneta, se venía a trabajar en bicicleta.

Entraba a las cuatro de la mañana y para poder llegar a esa hora tenía que salir a las tres de City Bell, le llevaba una hora el viaje en bicicleta, venía por el camino general Belgrano, le ponía a la bicicleta una luz para que no se lo llevaran por delante ¡A las tres de la mañana, en pleno invierno, con el frío que hacia!

Empecé a ir a la plaza Iraola con 11 o 12 años, en aquella época toda se manejaba con el tema de: o pantalones cortos o pantalones largos. Cuando tenías 18 años te daban los pantalones largos y la llave de la casa, podías salir y venir a la hora que quieras, pero hasta que no te pusieras los pantalones largos no había nada que hicieras por tu cuenta.

Esto también pasaba en el Club Unión y Fuerza, del club a los que no tenían 18 años a las ocho de la noche los sacaban afuera, tanto en invierno o como en verano.

Si vos eras menor de 18 años no podías juntarte en la esquina con los que tenían 18, si te acercabas te daban una patada en el orto y te echaban a la mierda, no podías escuchar las cosas que hablaban ellos.

Por supuesto que nosotros con 17 o 16, no dejábamos que se nos acercaran los de 12. Eso era lo normal, si te faltaban seis meses para cumplir los 18 años te rajaban. Recién a los 18, con los pantalones largos puestos, ya podías ir a la esquina y te aceptaban. Había un respeto tremendo por la antigüedad, por la edad y por donde vivías.

No podías venir a la esquina desde otro barrio porque te cagaban a palos, “¿a qué venís acá?”, te preguntaban. Mucho menos si venías, desde otro barrio, para ver a una piba, eso era prácticamente un suicidio, te cagaban a palos automáticamente.

Cargarse a palos era normal, por ejemplo, íbamos a jugar un partido de fútbol en la Ratonera, un sábado, al terminar el partido siempre se armaban piñas, y siempre seguro, te cagaban a palos. Si te quedabas caliente por algo, se “cortaba la mano” con el de la barra de ellos, y le preguntabas “¿cuándo nos encontramos?”, te respondía: “En la Ratonera, no te preocupes, sábado, tres de la tarde”.

A las tres de la tarde nos encontrábamos, puntuales, y se armaba la batalla campal, nos cagábamos a palos hasta morir, después tomábamos una gaseosa juntos, las dos barras, y antes de irnos cada uno para a su casa nos dábamos la mano y todo volvía a la normalidad, porque si te encontrabas otra vez en la calle ¡no te ibas a cagar a palos de vuelta!, ya lo habías hecho, ya había un ganador, no quedaban rencores.

A la salida del colegio te cagabas palo todos los días, y después me cagaban a palos en mi casa, mi viejo me decía: “¿qué te pasó?”, le decía: “nos peleamos”, y mi viejo me decía: “por tres meses no salís a la calle” y por tres meses no salía a la calle, ni para hacer los mandados de mi vieja.

Tenía un banco donde jugaba al rango sólo, y tenía un entrenamiento de novela, cuando iba al colegio jugaba al rango y no me ganaba nadie porque había estado tres meses entrenando.

El castigo servía, porque después me cuidaba de pelearme, aprendía cómo era la vida, aprendía que no había que pelearse, que no tenía sentido cagarme a trompadas con un tipo y después abrazarme con él, hacer las paces, y juntos ir a tomar una gaseosa.

En realidad, las piñas eran para estar en estado, para que cuando ibas a cualquier lado no te caguen a patadas, era una especie de entrenamiento para estar en forma en caso de necesidad.

Jugábamos al fútbol en la plaza y después se hacían torneos, en la calle 32 entre 5 y 7. Eso estaba todo descampado y había una cancha, que se llamaba la cancha Iraola, jugábamos los torneos ahí.

Arrancaba el torneo a las siete de la mañana y terminaba el mismo día a las 10 de la noche, sin luz, por ahí te tocaba jugar cuatro o cinco partidos a lo largo del día. Ahora los pibes juegan un partido y están cansados. Nosotros jugábamos cinco partidos en el día y se corría porque era una cancha de ciento y pico de metros.

Un día fuimos a jugar a una cancha en Romero, una cancha que está a la entrada de Estancia Chica, en Abasto, yo tenía unas medias a rayas blancas y marrones para jugar. Resulta que le doy una patada a un tipo que me vio las medias por las cuales me reconoció, y se me vino encima y se armó un despelote de novela.

Piña va, piña viene, salgo corriendo, dejé la ropa, dejé todo, se armó una batalla campal, porque cuando me vino a pegar a mí se metieron todos los otros, y uno del público sacó un revólver.

Salgo disparando temiendo por mi vida, y viene un micro, ¡y me para el chofer!, entonces salto arriba, y el chofer cierra la puerta porque se dio cuenta que se me venían todos encima para liquidarme y entonces el chofer sale con el micro y todos los pasajeros arriba a toda velocidad. No tenía plata para pagar el boleto, no tenía nada, y me dice: “no te preocupes por el boleto”, así el chofer me salvó la situación.

No sé dónde carajo me bajé y me vine a pata hasta mi casa. Sin los pantalones de vestir, sin nada, porque me había cambiado para jugar y lo dejé todo, y los otros no sé cómo la sacaron, me contaron que tuvieron un despelote bárbaro, dispararon unos por un lado y los otros por el otro.

Así era como normalmente terminaban los partidos de fútbol. Entonces, como te digo, había que estar entrenado para las piñas, porque había que pelearse de vez en cuando, y si no estabas entrenado te cagaban a palos, te dejaban tirado ahí todo desarmado.

Cuando pasaban los trenes por 530 esquina 1, por las señales se paraban, y ahí nos subíamos nosotros, a las chatas que traían carbón, o arena, o piedras, nos subíamos, el tren arrancaba, y nos bajábamos en la estación Tolosa porque ahí volvía parar, entonces nos bajábamos y nos veníamos de vuelta, por arriba del puente.

Pero un día no paró el tren en Tolosa, siguió, “¿y ahora? -nos dijimos- ¡no podemos bajar!”. Lo que tiran las señales, que son los gareteros, porque tienen garitas, vieron que íbamos nosotros, nosotros le hacíamos señas para que parara en el tren.

Pero recién en Villa Elisa paró, en donde nos estaban esperando tres patrulleros de la policía, porque los gareteros habían avisado a la policía, y la policía les había dicho que detuvieran el tren en Villa Elisa.

Los patrulleros eran camionetas Ika, esas cuadradas, nos cargaron a todos y nos preguntaron “¿de dónde son?”, le dijimos: “de Tolosa”, entonces nos llevaban, esposados, a la comisaria Sexta, ¡teníamos un cagazo! En la Sexta me preguntaron ¿cómo te llamás?, ¿dónde vivís?, y mandaron a dos milicos a mi casa a decirle a mi viejo que me había colado en el tren.

Como mi viejo trabajaban en ferrocarril le dio una vergüenza bárbara que hayan agarrado al hijo colgándose de los trenes, y los milicos nos acusaban de que tirábamos las piedras de carbón de las chatas para después robarlas. Lo que no era cierto, para nada.

Los milicos le dicen a mi viejo que tenía que ir a retirarme, porque yo era menor, y no me podía quedar de noche en el calabozo, y mi viejo dijo: “yo no voy, yo no voy a buscarlo, que se quede ahí, téngalo una semana por lo menos”. Llegó la noche y el comisario llama a mi viejo para decirle que venga a buscarme, porque no me podía tener de noche en el calabozo. El comisario lo convenció a mi viejo y fue a buscarme. No me pego nunca mi viejo, el castigo era no dejarme salir.

Teníamos una canchitas en que jugábamos, pero que el terreno era de Luchini, jugábamos en la canchita esa y había un gallego que vivían frente, a veces pateábamos fuerte y la pelota le caían en la casa, entonces le golpeábamos a la puerta, y salía el gallego, “¿qué pasa?” decía, le pedíamos la pelota, “¡si, como no!” decía, agarraba una cuchilla y cortaba la pelota por la mitad y nos las tiraba en dos pedazos.

Eso nos lo hacía todas las veces, un día el gallego se va, salió con toda la familia de paseo y nos fuimos a su casa, y le sacamos todos los clavos de las chapas del techo, con un martillo y una barreta. Después vino un viento que lo dejó sin techo en la casa.

Aun así siguió cortando las pelotas en dos, denunciaba a la comisaría, venía el milico, nos decía que no podíamos jugar, “bueno fenómeno, -le decíamos al milico-, está bien, listo, nos vamos” y nos íbamos, se iba milico, y a los tres minutos estábamos de vuelta jugando el partido, entonces el gallego llamaba de vuelta a la comisaría, pero el milico no volvía más.

Una vez estábamos jugando en la plaza Iraola, en aquel entonces había canillas que sobresalían unos 10 cm del suelo para regar el césped, que se dejó de hacer, pero donde estaba la canilla siempre había pasto verde porque alguna pérdida de agua siempre tenía, como estaba mojado en ese pedazo el pastito crecía, y vino Prospiti a jugar con nosotros, que era jugador de Estudiantes y estaba en la Selección también, era el mejor jugador de Estudiantes, el estaba viviendo en lo de Nelson, en el chalet que hay en esquina de 2 y 531.

Nelson tenía una panadería de pan de migas en la calle 1 entre 529 y 530, era de la Comisión de estudiantes, el presidente creo, y se había hecho amigo de Prospiti, y le había dado alojamiento un tiempo en su casa, entonces el nos vio patear a nosotros en la plaza y se prendió, y jugaba en pata, para dominar mejor la pelota, y va y le pega una tremenda patada a una canilla que estaba escondida por el pasto, y se quebró la pata.

Al otro día tenía que jugar en Estudiantes, un partido importantísimo, y dijo que estaba con gripe pero nosotros sabíamos que estaba con el pie fracturado. En la plaza se armaban lindos partidos.

Y a la tardecita en la plaza ponía música el Club Unión y Fuerza, el que pasaba música era Angelito Sarti, en verano pasaba música casi todas las tardes y los domingos pasaba música para la vuelta del perro, también lo hacía los sábados a la noche.

Ponía unos enormes parlantes y mandaba la música a la plaza, por ahí estaba pasando tangos que gustaban mucho y de repente ponía, por ejemplo, un chamamé o una chacarera para fastidiar a los oyentes, porque sabía que no les iba a gustar, entonces empezaban a protestar, a chiflar, y a gritar y así Angelito se divertía, en realidad se reían todos, siempre estaba la gente contenta en esa época.

Cuando yo empecé a ir al club Unión y Fuerza estaba Pancho Gisoni de buffetero, con dos hijos Abel y César, de presidente estaba en ese tiempo Oscar Grassi, después de presidente vino Sabini, después Pansoni, también en el club había una familia formada por un hombre que era policía y dos hijas, y la señora que cuidaban el club, se le daba casa a cambio de no pagar nada pero a cargo de cuidar las instalaciones.

Otros que estuvieron de buffeteros fueron Corbata, Bonfilio y Viera. Cuando estaba Grassi de presidente hicimos el techo del club, la losa, la hicimos todos nosotros a pulmón, a balde, preparando los pastones y tirando el cemento.

Cuando tenía 19 años me compré una moto de carreras. Mis amigos motoqueros eran Luis Crecevich, Mario Crecevich, Jorge Acosta, Tito Cavoti y el Cholo Bonfante. Todos teníamos motos, con las que nos íbamos a todos lados, a Quilmes, a Buenos Aires, a Mar del Plata, estábamos sentados en la puerta del club y de repente uno decía: “¿vamos a Mar del Plata?”.

Y todos respondíamos: “vamos”. De Mar del Plata la llamaba, por teléfono mi vieja, y le decía: “estoy mar del Plata”. Yo tenía una moto de carrera, que un día la dejé en la puerta del club, entro para tomarme una gaseosa en el bufete, y cuando salgo ya no estaba más. Era una moto italiana, no le encontré nunca más, y me puse a llorar como un chico, no me podían parar de llorar.

Esa moto eran cinco años de laburo, con la que ganaba todas las carreras, porque era una moto preparada que no la tenía nadie acá, y todos corrían con una moto común. Cuando fui a hacer la denuncia a la comisaría tenían siete denuncias de robo de motos ese día, se ve que, con un camión, vinieron y se llevaron todas las motos que encontraron al paso. Me la robaron de la puerta del club y nadie vio nada.

Después entré al ferrocarril, yo tenía taller mecánico, me tenía que ir a la conscripción y viene mi viejo y me dice: “¿por qué no te anotás en el ferrocarril en la carrera de maquinista?”, le digo: “no, ni loco, si yo tengo mi taller” y mi viejo me dice: “te van a pagar medio sueldo mientras te vas a hacer el servicio militar, anótate, cuando te den la baja renunciás”.

Me anoto, salgo del servicio militar y tenía 22 años, entonces me llaman para dar examen de maquinista, había algunos maquinistas que estaban desde hacía 30 años en el ferrocarril y no los llamaban para el examen.

Pero en esa época se jubiló mucha gente, y precisaban personal, entonces me llaman para dar el examen, estudio con ventaja pues mi viejo era instructor del ferrocarril, hasta había escrito libros sobre locomotoras, era especialista en locomotoras, era instructor en la Unión Ferroviaria.

Mi viejo traía piezas de locomotoras a mi casa para explicarle a sus alumnos, lo hacía gratis, no cobraba sueldo, estaba mal visto cobrar por enseñar. Cobrar era abusarse de la gente. Me llaman a dar examen, paso el examen que era jodido, no pasaba cualquiera. De manera que tenía 23 años y era maquinista del ferrocarril, que era el tope máximo de la carrera, yo me dije: “¿qué carajo hago acá?”.

Estuve 17 años, y me cansé, de tener que pasar a veces una semana afuera. Cuando me llamaban, venía el llamador, se llama llamador al que venía buscarte para ir a trabajar, venía y te decía: “te felicito, te vas a Mar del Plata” y te ibas a Mar del Plata y capaz que te pasabas una semana para volver, eso me cansó, el sueldo era bueno al principio, después ya no.

Entonces un día me bajé de la máquina, miro para atrás, miré el galpón, y me dije: “acá no vengo más” y me fui para mi casa, llego a mi casa, y digo: “hola” y mi vieja me dice: “¿cómo te fue?”, le digo: “bien, pero de ahora en adelante me va a ir mejor”, mi vieja me pregunta: “¿te ascendieron?”, le digo: “no, no voy más”.

Para mi viejo el ferrocarril era su vida, había dejado de trabajar, seguía enseñando, y le dije: “no voy más”, bueno, vino llamador a buscarme, y le digo: “no voy más, avisarles que no voy más”.

El llamador me dice: “pero, che, vos estás en pedo, ¿no?”, Le digo: “no voy más”, el llamador me dice: “déjate de hinchar las pelotas, no me hagas ir a buscar a otro”, le digo: “no voy más, olvídate, y si te mandan de vuelta no vengas, porque no voy más”, y se fue.

Como a la hora vuelve, y me dice: “me manda a decir la jefatura que tenés que ir”, le digo: “decirle a la jefatura que no voy más”, y no fui más, ni a renunciar, ni a cobrar lo que tenía. Nada, no fui nunca más. Y nunca más anduve en tren. Nunca más me subí a un tren.

Esto fue en el año 1978. Me cansé de, por ejemplo, ir a un lugar en un tren de cargas, te relevaban, eran las dos de la mañana, y tenías que ir a dormir a una fonda, y estar sentado afuera esperando a que se levante un tipo de la cama, para acostarte vos, porque no había otro lugar a donde estar, si no tenías que estar sentado en la estación, y te acostabas en la cama caliente, que había dejado el otro tipo.

El taller lo tuve siempre, lo que pasa es que mientras estuve en el ferrocarril, a veces tenía franco, ya que compensaban el tiempo que pasabas afuera con días libres, entonces usaba ese tiempo para trabajar en mi taller, el taller lo tuve hasta los 60 años, un día le dije a un muchacho, Enrique, que me ayudaba en el taller y vivía enfrente, le dije: “Enrique”, me dice: “si, ¿qué pasa?”, le dije: “mirá bien, mira bien todo, no venimos más acá”, me pregunta: “¿cómo que no venimos más?”, le dije: “no venimos más, me chifle, no venimos más”, me dice: “pero, ¿me dejas sin laburo?”, le digo: “no, yo ahora voy a hablar en el Tata, por vos”.

Voy a lo del Tata y le digo: “Tata, cerré anoche”, el Tata me dice: “por supuesto, ¡no vas a dejar abierto!”, le digo: “no voy más al taller, ¿tenés laburo para Enrique?”, me dice: “si, me viene bien, siempre preciso gente ¿te agarró la chifladura?”.

Le pregunto: “¿le digo a Enrique que empiece con vos mañana?”, me dice: “si”, y le dije a Enrique: “Enrique, andá mañana a las ocho de la mañana a lo del Tata, empezás a trabajar con él”. Saqué todo lo que tenían en el taller y lo alquilé. Hasta el día de hoy lo tengo alquilado, 20 años después.

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