Historias de Tolosa XXVII: recuerdos y vivencias de Enrique “Bocha” Gugliermo

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Recopilación de Oscar Labadie

Yo soy nacido en Chivilcoy, pero mi infancia la pasé en Alberti. A los 11 años me quedé sin papá. Mi mamá quedó viuda con cuatro hijos, mi hermana mayor tenía 15 años, mi hermano tenía 13 años, yo tenía 11, la más chica tenía 8.

Mi vieja se había quedado en pampa y la vía con la muerte de mi papá. Mi viejo tenía un taller grande, tenía una cosechadora, pero mi vieja no podía hacer nada con todo eso, lo tuvo que ir vendiendo de a poco para poder sobrevivir un tiempo.

Entonces a mí me mandaron a trabajar al campo. Me llevaron al campo a boyerear. Boyero es el que se encarga de cuidar los chanchos, es el que va a buscar a las vacas, el que va a buscar a los caballos. Esto fue lo primero que hice en mi vida. Estuve unos dos años en el campo.

Pero un día me vine al pueblo y me dice mi mamá “¡te viniste hijo!”, le contesté “sí mamá, me vine, no quiero ir más al campo” y mi vieja me pregunta: “¿y qué vas hacer ahora?”, le contesté “voy a ver si consigo trabajo acá”.

Busqué trabajo y me empleé en una farmacia, en la farmacia Cánepa, que ya no existe más, entré como cadete. Yo entraba a la farmacia, limpiaba el piso, lavaba los vidrios, repartía los remedios. En aquel entonces era todo preparación, todos los remedios eran preparados.

Yo sé hacer un montón de remedios, se hacía la purga, la limonada, la gomina para el pelo, se hacía la untura blanca que se usaba mucho cuando uno se resfriaba, se ponía la untura en el pecho y en la espalda. Se preparaban los sellos, se ponían los sellos dentro de un frasquito con algodón y yo como era el cadete, agarraban la bicicleta, y los iba a llevar a las casas.

Un día llego a la farmacia, y me dice el farmacéutico “che, te mandó a llamar el comisario, vino un milico a la farmacia para avisarte, ¿qué cagada te mandaste?”, para colmo el comisario tenía fama de muy malo, voy asustado a la comisaria, cuando llego a la comisaria (donde también me conocían, en los pueblos chicos se conocen todos) el oficial de guardia me mira y me pregunta “che, ¿qué cagada hiciste que te manda a llamar el comisario?”, le dije “¡ninguna!”.

Le avisan al comisario que había llegado, me hicieron pasar, paso, el comisario me hace sentar en su oficina, y me dice “decirme una cosa, ¿qué haces vos?”, le digo “yo trabajo en la farmacia”, me pregunta “¿qué más haces?”.

A mí me gustaba el ciclismo, y lo practicaba, corría, había habido una carrera que la había ganado, me había visto correr el comisario. A la carrera había venido gente de Bragado, de 9 de Julio, de Chivilcoy, y también practicaba boxeo. El comisario, que había estado en la carrera, se había fijado en mí, y me dijo: “¿querés entrar en escuela Vucetich?

Le dije “¿cómo voy a entrar en la escuela Vucetich si no tengo séptimo grado?”. Me dice el comisario “yo te voy hacer entrar igual”. En aquel tiempo la escuela Vucetich estaba acá y uno se recibía como oficial escribiente en nueve meses, en nueve meses se salía oficial de ese curso acelerado. Me dice el comisario “bueno, yo voy a ir a hablar con tu madre”.

Fue hablar con mi mamá y cuando le dijo mi mamá le contestó “noooo, ¿cómo me lo va a llevar al nene a La Plata?, es muy chico para irse sólo”. El comisario le dijo “pero señora le doy un porvenir al chico, en nueve meses sale de oficial escribiente y lo voy a pedir para que éste acá en Alberti”. Era muy conveniente la propuesta del comisario, pero mi vieja se opuso, no quería que me fuera y ni quería verme policía.

Teniendo 12 años me fui a Buenos Aires con un primo mío que trabajaba en una empresa que se dedicaba matar cucarachas, así me hice cucarachero, yo preparaba el veneno para las cucarachas.

La pasta que preparaba era sémola, que se ponía en una olla grande, y se le revolvía hasta convertirla en un pastón, a eso le ponía fósforo, que era una especie de polvillo, se mezclaba el fósforo con la sémola, y lo revolvía.

Esto por un lado, por el otro hacia un pastón de sémola a la que le ponía azúcar, de manera que tenía que hacer dos preparados, uno de sémola con fósforo y otro de sémola con azúcar, llenaba dos tarritos, lo ponía en una maleta junto con una espátula y muchos papelitos blancos cortados, y salía.

Teníamos clientes que pagaban mensualmente para que, semana a semana, fuéramos a matarle las cucarachas, íbamos a la fábrica de bizcochos Canale, íbamos a la Panagra, a los edificios, como antiguamente todo funcionaba a caldera, los edificios tenían depósitos de leña, y ahí se acumulaban miles y miles de cucarachas. Entonces con la espátula untábamos en los papeles la mezcla de sémola y fósforo, y lo distribuíamos por todo el lugar, comía la cucaracha y reventaba.

Cuando volvíamos a la semana siguiente, nos felicitaban, porque se había producido una gran mortandad de cucarachas, entonces las cucarachas empezaban a desaparecer, pero eso hacía que nuestro trabajo entrara en peligro, entonces empezábamos a dejar papeles untados con sémola y azúcar, las cucarachas se reproducían otra vez, y nosotros seguíamos teniendo trabajo. Si no hacíamos así, perdíamos el cliente.

El dueño de la empresa era el que se llenaba de guita, y a mí me pagaba 5 pesos por mes. El dueño era el vivo. Estuve trabajando ahí dos años y empecé a pensar que yo me podía poner también una empresa y ganar mucha plata. El tipo se avivó por que se enteró que había estado haciendo averiguaciones que lo hicieron darse cuenta de mi intención, y me echó.

Me volví otra vez a mi pueblo, a Alberti. Mi hermano se había ido a La Plata, había aprendido el oficio de mecánico, y había entrado en la Motorizada, en 1 y 60, primero como motorista, salía con la moto por el centro para hacer boletas.

Pero mi hermano no hacía ninguna boleta, hasta que lo agarró el comisario y le dijo “usted no le hace boletas a nadie, y todos los otros sí”, y mi hermano le dijo “yo no sirvo para hacer boletas”, entonces el comisario le dice “si es así no puede estar acá, lo vamos a sacar de la motorizada, y lo vamos a mandar al taller”, y allí estuvo montón de años trabajando.

Mi hermano me dice que me venga para La Plata y así podía entrar en la policía. Yo le dije que no quería entrar en la policía. Cuando vengo voy a parar a 1 y 60, con mi hermano, porque todos los milicos vivían ahí, el que no tenía casa o no vivía acá llegaban para vivir ahí, y el comisario de ahí me dijo “bueno, podés entrar de policía”. Estuve una semana y me las tomé. Le dije a mi hermano “no sirvo para policía”.

Tenía una familia conocida, que era de mi pueblo, de apellido Cejas. Lo voy a ver a Cejas, y le digo que no tenía donde estar, que estaba parando en 1 y 60, que me querían meter de policía y yo no quería. Me dieron una piecita en su casa, me fui a vivir con ellos y empecé a buscar laburo. Voy a Vialidad, voy a Equipo y Talleres, me presento, digo que sé manejar tractores, que sé manejar camiones, me tomaron examen, y me aprobaron, pero cuando me toman los datos salta que tengo 17 años, entonces me dicen que no pueden tomar menores de 17 años.

Yo me enojo y empiezo protestar, me puse discutir, entonces me dice “no discutamos más, te vamos a poner como no efectivo, como suplementario, cobrás todo el sueldo, pero sin estar nombrado como titular”. Me tomaron como tractorista, empecé a trabajar, andaba por las calles en las que se hacían reparaciones. Trabaje ahí de los 17 hasta los 20 años.

A los 20 años hice el servicio militar, cuando termina el servicio militar me dieron un mes y medio de vacaciones, en ese tiempo me conseguí un camión para trabajar en la ruta.

En Vialidad yo ganaba 35 pesos por mes, con el camión podía ganar el doble, me fui de Vialidad y empecé a trabajar con el camión, cosa de la que estoy muy arrepentido, si me hubiera jubilado en Vialidad hoy tendría una buena jubilación. Seguí trabajando de camionero hasta los 43 años.

Cuando hacía el servicio militar me había puesto de novio en Tandil, me casé y vinimos a Tolosa, cuando ya estaba con mi mujer alquilé una casilla, que consistía en una pieza, una cocina y un baño, estaba en la calle 523, cerca de la caminera, ahí viví dos años.

En el ínterin compre un lote por la calle 18, pagaba 12 pesos la mensualidad, cuando iba pagar la mensualidad el que me había vendido el lote me decía “te vendo toda la manzana”. Yo le dije “usted a mí en vez de venderme un lote me vendió un criadero de patos, ¿y quiere que le compre la manzana entera?”. Esa fue otra oportunidad que me perdí, si hubiera comprado la manzana hoy valía una fortuna.

En ese tiempo eso era todo campo, lo único que estaba era la caminera, en 13 y 520, a donde ahora está el puente, estaba el camino General Belgrano, la calle 13 estaba sin asfalto, la 520 también estaba sin asfalto, estaba Horaci, que tenía camiones, al lado había un chalet, al lado había un boliche, había también una farmacia, y había una ferretería. Después, no había más nada. Eso era todo campo. Era todo barro.

En el lote que compré en la calle 18 hice una casilla. Yo era amigo un tal Cáceres, uno de los chóferes de Aloe, funcionario del gobierno peronista. En el puerto de Buenos Aires venían los camiones embalados con unos inmensos cajones, los camiones venían embalados dentro de los cajones, en el puerto sacaban el camión y quedaban los cajones vacíos, de 4×4 metros.

Me dice Cáceres si le podía hacer el favor de ir a buscar unos cajones con mi camión al puerto de Buenos Aires y le dije “yo le traigo los cajones, pero me deja uno para mí”.

Fui al puerto, cargué cuatro cajones desarmados en el camión, y otro cajón que estaba armado, lo cargué en el acoplado a pesar de que sobraba como 2 metros para cada lado del acoplado, así me vine por el camino Belgrano, venía con un cuidado bárbaro porque sobraba cajón para ambos lados, los autos me tenían que esquivar cuando me cruzaban.

En ese entonces no habían controles, de manera que Cáceres me entregó el cajón armado y lo planté en el lote, y así hice me la casilla, la dividí por dentro, la forré toda con roberoy por fuera, en el techo le puse chapa, ahí me agarraron cinco inundaciones, la última, la del 2013, fue la más terrible.

Trabaje llevando cemento a Torquinst, trabajé con un volcador en las canteras de Olavarría, trabaje en Sierra Chica, trabajé en Loma Negra, trabajé para una empresa de capitales suizos, Argengás, pusieron una fábrica para llenar garrafas, y llevaba gas a granel a Mendoza, Córdoba, y hasta el Paraguay.

Manejaba fumando constantemente y me enfermé, me agarró una trombosis, estuve internado en el hospital Gandulfo de Lomas de Zamora, donde me salvaron la vida, y dejé de fumar. Salí caminando pero no pude manejar más camiones.

La empresa me dio tres opciones: pasar a depósitos, la jubilación o entregarme los aportes todos juntos en efectivo (eran unos 10 mil pesos). Quedarme encerrado en los depósitos no me gustaba, si me jubilaba había una ley que no permitía que siguiera trabajando, así que opte por el dinero y con ese dinero me hice la casa.

Empecé a trabajar de fletero, estuve trabajando muchos años con Greco, el de diagonal 80. La parada mía era en 528 y 1, en el Bar La Unión, que tenía Adolfo Dalguisio, al que le decían Fanfa.

Éramos como hermanos con el Fanfa, me permitió tener la parada ahí, me prestaba el teléfono, me dejó un lugarcito para tener una oficina. Trabajaba muchísimo. Adolfo era muy generoso, te daba todo lo que tenía, pero había que cumplirle al pie de la letra, cuando murió Adolfo quedó Carmelo, el hermano.

Yo llegaba al bar a las seis de la mañana, y ya andaban los lustradores de pisos, los yeseros, estaba Palenque, que tenía el puesto de diarios, antiguamente en esa esquina había ombú grandísimo, ahí, a la sombra, tomábamos mate, y estaba la garita para bajar la barrera, después sacaron la garita y se fueron a allá arriba, donde están ahora.

Nosotros cuando llovía nos metíamos adentro de la garita a tomar mate, yo venía temprano a la mañana, y ya estaban los que esperaban el flete, salían del bar y me decían “che, ¿me podés hacer un flete? tengo que llevar unos andamios”, le decía “bueno, vamos”, y me decían “bueno, espérate, que me voy a tomar otro para el estribo”.

El tipo ya estaba en pedo, a las seis de la mañana, antes de empezar a trabajar. Y se llevaban, además, la petaca llena de Ginebra. Le decían al boliche El Vómito, porque ¡se agarraban cada pedo!, salían y apoyados en el ombú vomitaban. Y después de una lanzada tremenda, volvían a entrar para seguir tomando.

Al mediodía daban de comer, pero después de comer muchos se quedaban hasta las 2 de la tarde, esperando que limpiaran todo, porque a las 2 se ponían a timbear hasta las 5. A la noche le daban a los dados y a las barajas. A parte, venían parejas… como había piezas.

Yo siempre estaba buscando un local, y no lo podía conseguir, nadie quería alquilar, y me avisaron que podía alquilar un local que tenía al lado de su casa una señorita ya mayor, solterona, que vivía rodeada de gatos. Le alquilé durante muchos años el local, y cuando la señorita me dijo que tenía intención de venderlo se lo pude comprar.

Fotos de Tolosa

Fotos históricas de La Plata

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