Historias de Tolosa XXX: Fernando Demarchi

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Recopilación de Oscar Labadie

Cuando yo llegué a Tolosa era tan chiquitito que lo primero que recuerdo son ruidos, más que nada. Como soy músico siempre tuve cierta sensibilidad por escuchar, así que empecé a conocer a Tolosa a través de los ruidos.

Escuchar, por ejemplo, el ruido del paso del tren, escuchar las bocinas de las máquinas, y creo que a partir de ahí se me generó toda una intriga acerca de dónde provenían. Le pedía a mi papá que me llevara a los lugares de donde provenían esos ruidos. Por eso, digo, que conozco a Tolosa por sus ruidos.

Lo primero que me acuerdo que empecé a conocer fue el emblemático puente de la Estación de trenes que, para algunos puede ser un pedazo de fierro, pero para nosotros es un lugar cargado de sentido. Soy nacido aquí, hijo de padres y nieto de abuelos también nacidos aquí.

Ya de más grande empecé a relacionarme por el lado de lo visual con el barrio, recuerdo el empedrado de las calles y la plaza del Carmen. Todos íconos patrimoniales para nosotros entendiendo justamente el patrimonio de esa manera, como un lugar del que uno se apropia, que elige y valora.

En la adolescencia sigo conociendo Tolosa, pero ya en base a la observación, si se quiere, me gustaba mucho caminar por las vías, ver dónde terminaban, que era un juego que hacía con mi padre de chico; recorrer los talleres ferroviarios, y de grande reencontrarme con amigos de mi padre que eran compañeros de él.

Mi viejo era ferroviario. Siempre me cuenta de cómo lo pasaban a buscar tempranito, había una persona encargada de levantarlos, a la madrugada, yéndolos a buscar casa por casa. Mi padre era fogonero. Alimentaba la locomotora para que pudiera andar. Era un trabajo bravo.

Mi padre era de la idea de que teníamos que hacer una actividad deportiva y una actividad artística. Así que nos mandaba a karate y a aprender guitarra. Nosotros, mi hermano y yo, a los ocho años queríamos andar en bicicleta y no aprender ni música ni karate. Así que yo rezongué y dejé la guitarra, hasta el primer desamor, a los 16 años, en que la volví la agarrar y nunca más me separé de ella.

La guitarra me sirvió para calmar la tristeza que me había producido la ruptura amorosa. Desde entonces, la música, y el tango particularmente, me sirven para sublimar la tristeza.

Soy propenso a entristecerme bastante seguido, no he aprendido a digerir la injusticia, la desigualdad. Y la música me saca adelante. Fui a aprender guitarra con Ricardo Cadenas que hoy es director de la escuela de Berisso. En general, la orientación fue mucho para el folklore.

Después en Escuela 79 era el famoso que vivía en la dirección porque preguntaba siempre ¿para qué me sirve lo que me están enseñando?, yo quería saber, en mi vida particular cuál era la utilidad práctica de los conocimientos que me estaban impartiendo.

Yo quería ser músico, por eso en la escuela lo único que lograban era frustrarme porque yo tenía 16 horas de matemáticas, 14 horas de biología, y llegado el viernes, con ansias, esperaba al profesor de música que cada 2 por 3 venía.

Participaba en cuanto acto había, tenía una profesora de música en la escuela, Sonia Mato, que era una genia, creó el coro de los Niños Cantores de Tolosa, éramos como 100 guitarras desafinadas que veníamos de varias escuelas.

Me acuerdo de un memorable recital en el Círculo Cultural Tolosano. Tenía 10 años, me acuerdo del show, de estar arriba del escenario, de la adrenalina. Tal es así que en el día de hoy tenemos un registro de las veces que nos presentamos y llevamos más de 1700 presentaciones.

Me he parado 1700 veces delante del público para cantar, de manera que en esa situación me siento como pez en el agua. Hoy en día soy un recitador modesto que se acompaña 2 por 3 con la guitarra, digo recitador porque no sé si me calza el nombre de cantante.

Me falta una vuelta de rosca para ser cantor, digamos. Tengo tantos referentes del canto que me da vergüenza decir que yo también canto.

Una de las cosas que me pasa es que a la noche me desvelo bastante, de manera que siempre tengo una radio viejita sobre mi mesa de luz y por ahí a las 3 de la mañana la prendo y siempre hay tango a esa hora.

Así descubrí el tango en mis noches de insomnio, a los 13 o 14 años. En mi casa había algunos discos pero no había mucha cultura de escuchar tango.

Soy un enamorado de Tolosa. Siempre que decidí hacer algo con vecinos y con los chicos fue acá. Ya desde más grande me pegó un poco por estudiarla a Tolosa, más que nada desde el aspecto cultural. Saber cómo se fue desarrollando.

Convoqué a muchos vecinos para que me contaran historias, como, por ejemplo, la de una barbería que había en la calle 2 en la que si uno pedía al que atendía, era capaz de hasta sacarte una muela.

Con amigos que tenían inquietudes parecidas abrimos un Centro Cultural hace como seis años en 116 y 529. Donde antes había un almacén de ramos generales. Ahora está cerrado. Pero continúa el trabajo como asociación civil. Estudié la carrera de Gestión Cultural. Y así empecé a gestar la idea de abrir un espacio.

Yo tengo una buena relación con todos los vecinos pero veía que entre ellos no se conocían. Vivían uno al lado del otro y no sabían ni cómo se llamaban. Entonces me empezó a inquietar la idea de buscar en un lugar para que la gente se reúna y se conozca.

Hice una encuesta en el barrio para ver cuál eran los intereses de las personas que estaban ahí y qué aspecto querían desarrollar, qué les gustaba, qué le daba sentido a sus vidas, y vi que había gente que quería tejer, gente que quería contar historias, gente que quería hacer música. Y mi tarea era tratar de juntar esas voluntades consiguiendo los recursos para desarrollarlas, como un espacio físico.

Esto está vinculado a la cultura del encuentro dentro de una sociedad diversa. Lo que surgió fue una serie de inquietudes que tenían como factor común el compartir con el otro, ni más, ni menos. Señoras que mediante un tejido, mediante una canción, de un recitado o de una lectura podían mirarse y reconocer diferencias pero al mismo tiempo darse cuenta que estamos todos unidos.

Una cantidad inmensa de gente pasó por el lugar. Por ejemplo, una vecina, docente en la universidad, se acercó y propuso hacer un taller de cine infantil, que se llamó El Globo Rojo, en el que los chicos hicieron sus propias películas, participando como actores y guionistas. El taller hizo tres películas, participaron muchos chicos. Fue muy interesante y exitoso.

Formamos cuatro coros infanto-juveniles en el centro. Con un éxito bárbaro. También se daba un curso de tango en el cual yo mismo aprendí a bailar y en cuanto puse un pie en la pista me di cuenta que me encantaba, desde entonces no paro de bailar tango, bailo con mi señora tango de piso, no tango de escenario. Tango tradicional, de salón. Siempre voy a bailar a la milonga de 23 43 y 44.

Una vez hicimos un festival solidario para La Casa del Ángel y se enteraron los del Canal 7. Vinieron a transmitir el festival, estuvimos al aire durante dos horas en vivo, nos llamaron de todos lados.

Cuando estábamos terminando para un autito en la puerta y baja una chica con unos largos pelos violetas y llena de aros y un hombre con unas botas de caña alta, un sombrero de campo y un suéter multicolor.

Era Antonio Tarragó Ross, que baja y lo primero que hace es preguntar “¿dónde está Fernando?”. Y cuando me ve me dice: “Estaba a punto de ir a dormirme una siestecita y te veo por televisión (él vive en City Bell) y le dije a Irupé (la hija de los pelos violetas) no podemos dejar de ir, ¡vamos!”.

En cinco minutos armó un recital. Y dice: “Vamos a cantar una canción que se llama Mercedita, canción que, por casualidad, fue la primera que yo aprendí a los ocho años con mi maestro de música”. Antonio preguntó “¿Alguien la sabe?” Y yo, tímidamente, levante la mano. “Genial, vení, vamos a cantarla” dijo Antonio. Y canté con él, emocionado.

Fueron seis años de trabajo. En 2015, lamentablemente por cuestiones de exclusiva índole económica tuvimos que cerrar el espacio. Se llamaba Tolosa Cultural.

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