Muay thai en el barrio: una escuela de vida que lucha por la igualdad

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Tolosa Vive dialogó con Claudio Córdoba, profesor a cargo de la filial Lung Chi Do ubicada en 528 entre 119 y 120, quien forma parte del mundo de las artes marciales desde hace casi dos décadas, pese a apenas superar la barrera de los treinta años.

El instructor nos abrió las puertas de su humilde y orgulloso gimnasio, sostenido a pulmón por todos los que practican allí, en el hogar de la familia Poggi, quienes son alumnos del entrenador y al igual que él, vecinos de la localidad.

La disciplina, también conocida como boxeo tailandés o el arte de las ocho extremidades, proviene del país oriental y responde a una cultura milenaria originada en tiempos de guerra, donde el pueblo comenzó su práctica para defensa personal de invasiones externas.

Más allá de su componente bélico y de ser un deporte de amplio rigor físico, la gente desconoce los conceptos básicos del mismo: su filosofía de auto superación, la búsqueda de la paz y el respeto por el prójimo como eje fundamental.

“Cuando vos entras acá es como que entras a mi casa, por eso la educación ante todo…”, se sincera Claudio al recibirnos mientras sus discípulos ingresan al recinto y desde ambas partes, entrenador y entrenado, se reverencian con afecto y cordialidad.

Córdoba relata las diversas situaciones atravesadas desde hace dos años: becas para los que no podían pagar la cuota, invitaciones a retirarse a quienes buscaban en la actividad un espacio de violencia y revancha, los viajes a la embajada de Tailandia y el enorme grupo que se sigue conformando en el día a día.

El precalentamiento da paso a una entrada en calor de mayor intensidad. Mate de por medio, Gustavo comenta que su hijo Víctor –el más joven de los practicantes con apenas diez años– empezó Muay thai hace seis meses, y aunque también juega fútbol no quiere perderse la disciplina ni abandonarla. El padre del niño se mimetiza con la causa mientras observa y aprende.

En relación a los prejuicios latentes que con el tiempo fueron desquebrajándose, Claudio afirma: “Cuando empezamos, los vecinos no entendían lo que hacíamos, por ahí nos veían mal”. Y mientras explica un ejercicio, agrega: “Ahora eso cambió, ellos mismos dicen que de alguna manera se sienten más protegidos”.

El entrenamiento sigue. Mientras Florencia patea con frecuencia un conjunto de gomas apiladas, Córdoba se hace un tiempo para mencionar a su maestro Miguel Ángel Cabrera, así como los trámites y exigentes pruebas que debió presentar ante la federación para materializar la filial.

Es acá donde el instructor hace énfasis en el estilo de vida que conlleva la actividad y cómo en diversas ocasiones las personas equivocan el rumbo al utilizar la violencia como una expresión cotidiana, condición que no responde a la esencia del deporte.

“Esto es una familia, todos los chicos son amigos, hasta parejas hay. Las chicas vienen todas de ámbitos distintos”, señala Claudio. Afirma que el Muay thai tuvo que modificar sus estructuras más básicas con respecto a la mujer y los espacios que históricamente se le han negado, pero que hoy por hoy logró encontrar.

Para el entrenador esto representaba una contradicción dentro del mundo del arte marcial. No se podía ahondar por la paz, el respeto y la igualdad cuando la mujer era dejada de lado para su práctica.

La noche golpea al barrio y la transpiración se apodera de las blancas paredes del recinto. Detrás de cada chico y chica hay una historia de vida, canalizada en el arte de las ocho extremidades, con el afán de convertirse en campeones.

Por lo pronto la práctica arroja una verdad contundente: en esta escuela de la vida el valor radica en lo que uno hace dentro y fuera del ring, donde todos son iguales.

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