Historias de Tolosa: Armando Sarachu

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 11 de julio de 2017

Mi papá, Miguel Atilio Sarachu, nació en Tandil, pero se crió en Bahía Blanca, era hijo de un vasco, Fidel Sarachu, que llegó a la Argentina en 1868, a los 14 años, desde de Baracaldo, un pueblito que está cerca de Bilbao. Sarachu en vasco quiere decir “roble duro”.

Armando Sarachu

El abuelo Fidel tenía una empresa fúnebre en Tandil, murió en 1918, cuando mi papá tenía 14 años. Mi abuela, cuando enviudó, se fue con sus hijos a Bahía Blanca, donde tenía una media hermana de buena posición. Al llegar a la mayoría de edad mi papá ingresó al Correo.

Yo nací en un pueblito, donde estaba la estación de trenes Francisco Morature, el paraje se llamaba La Pala, era una colonia donde había tres o cuatro casas. Mi padre estaba de estafetero del correo allí, cuando pasaba el tren recibía la correspondencia para la zona del campo. Me anotaron a 13 km de ahí, en Villa Masa, provincia de Buenos Aires.

Mi papá sale del Correo y entra al Ferrocarril. Cuando yo tenía tres meses edad lo trasladan a Río Negro, a San Antonio Oeste, donde me crié hasta los 20 años. San Antonio Oeste era un pueblo ferroviario, que en esa época, 1936, tenía unos 5000 habitantes. En el pueblo había un taller de ferrocarril que arreglaba las máquinas, por eso vivían muchos obreros ferroviarios.

Allá por 1945 empiezo a tener recuerdos de jugar al baby fútbol, de jugar al básquet en el Club Racing. Tenía un hermano que era muy buen jugador, si hubiera sido como hoy enseguida se lo habrían llevado Barcelona, por lo menos. Tuvimos una linda niñez, muy libre, jugando la vereda, en las calles porque no había autos. Por la zona se hacían torneos de básquet, íbamos a jugar a Biedma, a Patagones, a Río Colorado, a Bariloche, a Trelew, a Ingeniero Jacobasi, a Puerto Madryn.

Mi padre, como ferroviario, tenía una vez por año los pasajes gratis de las vacaciones, viajábamos a Bahía Blanca, de donde era mi familia, a Remedios de Escalada, donde mi papá tenía una hermana. Ya un mes antes de irnos de vacaciones en el pueblo decíamos: “nos vamos a Buenos Aires”.

La diversión era ir a la Estación cuando pasaba el tren porque se llenaba de gente, la estación era la distracción del pueblo, íbamos a la estación a ver que veíamos. A los 15 o 16 años recién empezábamos a entrar al bar a jugar al billar, siempre día (de noche nos fletaban), jugábamos a la generala, jugábamos al truco, al mus.

Cuando llegó al pueblo la primera radio que no tenía cable para enchufar fue un acontecimiento, la tuvo Carlitos Fasanelli, nosotros andábamos detrás de él porque no podíamos creer que esa radio funcionara sin ningún enchufe. Era el personaje del pueblo por tener una radio sin cable: cuando salía pasear escuchando música todos íbamos detrás de él.

Teníamos el mar a 50 metros de mi casa. Una ría entra al puerto en San Antonio, que está en el golfo de San Matías, el pueblo es largo y finito. El mar crece dos veces por día. Cuando el mar baja en la ría el agua llega hasta la rodilla, cuando crece llega a los 7 metros.

En el pueblo no había agua, se la traía en tren desde Valcheta, que está a 100 km de San Antonio en dirección a Bariloche. Al tren que la traía le decíamos “el tren aguatero”. Por ser ferroviario a mi viejo le correspondía 175 litros de agua por semana para el grupo familiar, teníamos en la puerta de la casa unos tanques que los llenaba de agua un aguatero que la repartía en camión.

Cuando veníamos de jugar al básquet o al fútbol, sedientos, tomábamos agua de los tanques que estaban sin tapa, soplábamos la superficie del agua para correr la tierrita que se juntaba arriba, luego inclinando la cabeza chupábamos como los animales. Como el agua no estaba tratada a veces, mientras la tomábamos, veíamos moverse los bichitos que se juntaban en el fondo .

El agua no sólo hacía falta para tomar y bañarse sino que también la necesitaban las máquinas a vapor. Ese era el motivo por el cual había tantas estaciones, porque las calderas tragaban mucha agua, eso hizo que aparecieran pueblitos en medio de la nada, por ejemplo de Biedma a San Antonio hay cuatro pueblitos: Nuevo León, Winter, Zanjón de Oyuela y San Javier, esos pueblitos nacieron por la necesidad que tenían las máquinas de parar a cargar agua, también porque era necesario revisar las cajas. Como no había rulemanes, los ejes trabajaban sobre una caja y para que no calentara se estopaba, se lo envolvía en estopa embebida en un aceite muy espeso que impedía el recalentamiento al girar las ruedas. En cada una de esas estaciones había un revisador que revisaba las cajas todo alrededor del tren, las tocaba con el dorso de la mano y si las notaba calientes las estopaba de vuelta.

Como hacía tanto frío y no había calefacción existían los sabañones, salían en las orejas, en la nariz, en los dedos de las manos y de los pies, se hinchaban, se ponían rojos y a veces se infectaban. Como no existían los antibióticos las consecuencias podían ser graves, recuerdo a un chico que un sabañón le deformó la nariz de tanto supurar.

Hice hasta séptimo grado en la Escuela del pueblo, yendo de lunes a sábados. Para hacer la secundaria había que trasladarse hasta Bahía Blanca. Mi papá, con cuatro hijos, no podía mandarnos. Un día un sastre del pueblo, Domingo Sangari, le dijo a mi papa: “¿don Sarachu, le gustaría que su hijo aprenda un oficio?”, como mi papá le contestó que si el sastre agregó: “dígale a su hijo que le voy a dar la bicicleta para que se la traiga a la casa si quiere”. Con la bicicleta me enganchó. En esa época si te enseñaban el oficio no te pagaban, aun así cuando mi papá me lo dijo le contesté que por supuesto quería ser sastre. Estuve en la sastrería de los 11 a los 20 años aprendiendo el oficio. No soy cortador, soy oficial sastre. En esa época había cuatro sastrerías en el pueblo. Todo el mundo se hacía a medida la ropa.

En el ferrocarril cuando salía una vacante se le daba preferencia al de más antigüedad para ocuparla. Mi papá, para subir en el escalafón, pidió una vacante en Tolosa, donde teníamos parientes en Villa Rivera. Como me tocaba la colimba, mi viejo me hace entrar al Ferrocarril, entré como peón, aspirante a foguista, en esa época cuando uno entraba en una empresa nacional y le tocaba la colimba, seguía cobrando medio sueldo. Estuve seis años en el ferrocarril, ya viviendo acá en Tolosa.

Hice la colimba en Zapala, como yo tenía el oficio estaba con el cabo primero sastre del ejército. En esa época vino una reforma de los uniformes, fueron suprimidos unos capotes que usaban los altos oficiales por su parecido al ejército nazi, vino un modelo de campera que se podía hacer cortando el capote. Entonces el cabo primero me hace una propuesta: como yo en tres días podía hacer una campera a partir de un capote y el cobraba 200 $ la campera, si las hacía yo y el las vendía se quedaba con 100 y me daba los otros 100 a mí. Por eso nunca pedí un mango a mi casa y con el medio sueldo mi viejo pudo comprar una heladera Siam.

Salí de la colimba en 1958. Yo nunca había tenido un peso hasta que me tocó la colimba donde pude ver que como sastre podía ganarme los manguitos. Hasta 1961 seguí en el ferrocarril como foguista. Pero también en 1958 puse, con otro muchacho, una tintorería y reparación de ropa en la esquina de 2 y 529, donde está la carnicería ahora. Mi socio, que trabajaba en el Banco Provincia, entendía de tintorería y yo era el sastre que hacía los arreglos de ropa. Tardamos tres años en pagar las máquinas de tintorería, una vez pagadas ambos renunciamos a nuestros puestos.

Trabajábamos como locos, era el furor de las tintorerías, pedidos de reparación de ropa había muchísimos, mientras construimos un local en 7 entre 530 y 531, donde mi socio tenía un terreno. Dejamos la esquina de 2 como sucursal y nos trasladamos a 7, en 1963.

En 1972 nos independizamos, yo le había comprado una casa, en la calle 2, a Antonito Faija, que era el dueño de la panadería de 2 bis y 530. El mismo Antonito, que era albañil, me hizo las reformas para poner el local en la misma casa que le había comprado.

Era una época de mucho trabajo, me casé en 1965 con una gran mujer que siempre trabajó junto a mí. Puse una sastrería de reforma de ropa, no de hacer ropa, por ejemplo, agrandaba o achicaba pantalones. En esas épocas para ir a pavear al centro la muchachada iba con el saco impecable, con el pantalón con la raya impecable, por eso la tintorería era un furor. Cuando aparecieron los vaqueros y esas prendas que se usan medias rotas, cuando se impusieron las remeritas, el furor pasó.

Yo hacía la reforma y la limpieza de los trajes comprados o heredados. En calle 2, el sastre que hacía la ropa era Battisaco, un rey, un astro, un maestro de primera. Battisaco era un sastre completo, te tomaba las medidas, cortaba la tela y te hacía un traje nuevo a medida. Yo nunca aprendí a cortar, con la tintorería no me dio tiempo a nada. Yo no era cortador.

El tintorero era el que limpiaba la ropa y la planchaba con máquinas a vapor. Se limpiaba la ropa con solvente, se decía “limpieza a seco” (ahora se hace con tricloroetileno). Con el solvente se desgrasaba la ropa, las manchas se quitaban con desmanchadores, mancha por mancha, los había para cada tipo de mancha: para grasa, para tinta. También había una máquina que le sacaba el olor a solvente.

Para ser sastre hay que ser medio psicólogo, yo tenía un cliente que cuando le entregaba el traje le tomaba el olor, como no le sentía olor a solvente me decía: “no lo limpiaste bien”. Le parecía que no estaba bien limpio porque no tenía olor a solvente, pero la ropa limpia no debe tener olor. Yo no me podía enojar con él, le decía: “disculpáme, déjamelo”. Me traía el traje al negocio, le mojaba un poquito con solvente debajo de las solapas y al otro día se lo llevaba. El cliente le tomaba el olor al traje, lo miraba bien y decía: “ahora está bien”. Era un problema psicológico, el creía que si no tenía olor no estaba limpio.

Tenía otro cliente que cuando venía con una prenda manchada y yo se la sacaba con los desmanchadores, la seguía viendo, y me decía: “pero che, quedó un poquito, todavía se nota”. No me podía poner a discutir con él, estaba viendo la mancha, si decía que no había ninguna mancha donde me señalaba se iba enojar. Entonces le decía: “bueno, dámela”, la colgaba en la tintorería y le decía: “pasado mañana vení”. La dejaba colgada la prenda sin hacerle nada, cuando volvía le decía: “todavía no la pude sacar, déjamela dos días más”. Lo hacía venir dos o tres veces y le decía: “ahora sí me quedó bárbaro”, el cliente miraba la prenda y decía: “si, ahora si esta bárbaro”. El cliente había dejado de ver la mancha porque yo le había hecho un tratamiento psicológico para que no viera más una mancha que no existía.

Para cuidar la ropa lo importante es no dejar que la prenda se ensucie mucho. En un traje, por ejemplo, no esperar que se marque mucho el cuello con la grasitud del cabello. No hay que esperar que esté muy sucia la ropa para limpiarla, se la debe limpiar periódicamente para cuidarla, como ya no tengo más la tintorería éste es un consejo desinteresado.

Así que arranqué con tintorería y taller de sastrería, después seguí con sólo con tintorería, cuando empezó a aflojar el trabajo de la tintorería porque ya la gente no iba al centro con traje y se empezó a usar el pantalón vaquero para todo, puse lavadero dejando la tintorería en 1989, y quedé con el lavadero hasta que me jubilé. Yo no tenía un “Laverap” como se dice, tenía un lavadero, Laverap era la marca de las primeras máquinas lavadoras, después vino la marca Marva, que eran las máquinas que yo tenía, con un sistema más moderno que el Laverap, porque empezó con los frontales, en todo caso tenía un “Lavemarva”. Hace ya 5 años que cerré el lavadero y me jubilé.

Llevo 52 años viviendo en Tolosa. Nosotros perdimos una nena de 8 años, que se llamaba Emilse Luján, había nacido con un problema cardíaco, a los 2 años le hicieron una corrección en el Instituto de Favaloro, pero el problema subsistió, en 1982, cuando tenía ocho 8 años, los médicos decidieron operarla nuevamente porque no podía seguir viviendo así, pero después de la operación quedó una semana en coma y falleció. A mi mujer y a mí nos emociona el respaldo que tuvimos de toda la gente del barrio.

Tuvimos un apoyo tremendo de los vecinos, cuando pedimos sangre para ella fue tanta gente a donar que el Hospital tuvo que pedir por favor no fueran más personas. Cuando falleció, en el entierro, eran cuadras y cuadras de coches de todo Tolosa acompañándonos. Eso me confirmó lo que yo ya sabía: que Tolosa es mi pueblo, que aquí está mi gente y que este es mi lugar en el mundo.

Le conté a una de mis nietas que me iban a venir a hacer un reportaje, y me preguntó: “¿pero para que, abuelo? Le dije: “para que salga en un libro” y pensé que todo lo que yo pueda estar diciendo hoy sirve para que el día de mañana mis nietos se puedan acordar de que sus abuelos eran gente buena.

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