Historias de Tolosa: el 2 de abril de Inma Manzanares

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 2 de abril de 2017

Fue un fin de semana largo, el domingo el pintor había dado los últimos brochazos de pintura, le habíamos pagado y había quedado la casa maravillosa. El lunes aproveché para limpiar y quitar las cosas de en medio, y llegó el martes, 2 de abril.

Todo el día estuvo nublado. Era un día raro, triste. Chispeando un poco, quizás no fue así, pero yo así lo recuerdo. Después del mediodía, empezaron a verse en la televisión imágenes de Buenos Aires, varios barrios inundados, recuerdo todavía las imágenes del barrio de Belgrano porque hacía unas semanas que también se había inundado.

Estuvimos comentando eso, que “vaya barbaridad”, que eso sería causa de las nuevas construcciones y repetíamos todo lo que antes habíamos oído en uno u otro canal. Luego empecé a colocar las cosas, al mismo tiempo que la lluvia empezaba a arreciar.

A eso de las 5 o las 6, ya no recuerdo bien, de pronto en algún canal vi unas imágenes que no me gustaron nada, unos autos iban por una de las diagonales que atraviesa Plaza Moreno, cualquiera de ellas, y parecía que fuera por el río en Punta Lara.

Al mismo tiempo el agua empezó a entrar por debajo de las puertas de los patios. Entraba a borbotones, así que empecé a poner las toallas más viejas. También salía agua por los sumideros del baño y, recurriendo al ingenio, que luego sirvió para poco, puse unas baldosas que nos quedaron de la obra del fondo sobre las rejillas.

A las 7 u 8 de la noche, al mismo tiempo que ya recurría a las toallas en uso, obviando si estaban viejas o nuevas, para tapar la entrada de agua por debajo de las puertas, me llama por teléfono una amiga, acababa de salir del cine y había oído a una señora que decía que por la 520 bajaba el agua como un torrente.

“Qué exagerada es esta mujer” pensé yo, e intenté calmarla, no iba a llegar el agua desde la 520 a la 530. Afuera seguía lloviendo como jamás antes (ni después) he visto llover. A las 9 de la noche, el agua ya había subido en casa unos 20 centímetros, ni toallas, ni baldosas, ni nada impedía que entrara por debajo de la puerta, por los sumideros de los baños, por los del patio.

De pronto miré los libros de la estantería de las bibliotecas que estaba pegada al piso y le dije a las niñas y a mi marido que los subiéramos de estante, a pesar de las burlas, me hicieron caso.

Para mi marido todo eso era demasiado, iba a dejar de llover y todo el agua se iba a ir, seguro que estaba tapada alguna boca de tormenta de la zona, la de 528, seguro, esa era. Ya no recuerdo si para ese momento teníamos luz eléctrica, creo que no. Ni luz ni teléfono.

Nos sentamos con las niñas a lo chinito en el futón y mientras que el agua subía a nuestro alrededor, y esperábamos que dejara de llover para que bajara. Mi marido y ellas fueron llenando toda la habitación de barquitos de papel. Fue lo único que se nos ocurrió para tranquilizarlas, porque a estas alturas también ellas estaban inquietas.

Estábamos en el futón como si estuviéramos en una isla en medio de un mar de agua negra y aceitada, cosa esta del agua que no alcanzábamos a comprender, cómo podía ser que si era agua de lluvia estuviera de esa manera. “Será que ha rebosado los alcantarillados” decíamos. Y eso, empeoraba las condiciones.

Y de pronto dejó de llover, primero poco a poco, después definitivamente. Sería entre las 10 y las 11. Estábamos todos cansados, reventados, física y emocionalmente, y creíamos que, dejando de llover, todo estaba solucionado, así que armándonos de valor, decidimos irnos a la cama, con el agua con unos 40 centímetros.

Seguro que, por la mañana, al despertarnos, el agua habría bajado por completo, decíamos. Todos nos metimos en la misma cama. Un rato después, mi marido manotea a un costado de la cama y había agua. En lugar de bajar, había subido.

El agua ya había mojado las sabanas. Pegamos un salto. Agarramos a las niñas, y así, como estábamos, salimos de la casa. Afuera todo era espantoso. Parecía que estábamos en una pesadilla.

La idea era ir hasta la casa de nuestros tíos, que viven tres cuadras más arriba. Pero, al salir, descubrimos que estábamos en medio de un río. Hacia 530, el río se iba profundizando, así que aunque fuéramos en dirección contraria, tomamos la 531. El agua nos llegaba, en la calle, por la cintura.

Luego, muchas horas después, e incluso días, nos fuimos enterando de situaciones mucho peores que la nuestra, donde el agua no había subido 80 o 100 cm. sino que había sobrepasado el metro y medio; y otras zonas donde no se había quedado como en un remanso, sino que había arrasado como un torrente.

Nunca olvidaré los sonidos de aquella noche, se oía gente llorar dentro de las casas, y todas las alarmas de autos y viviendas sonaban al mismo tiempo, y los perros ladraban y se veía gente caminar sin saber muy bien hacía donde ir, y los bomberos con botes de goma intentando sacar a las personas que se habían quedado atrapadas a partir de la calle 6 y que no podían salir de sus casas, personas mayores, niños, mujeres y hombres. Todos tristes y confundidos.

Cuando llegamos a la casa de los tíos, y nos abrieron las puertas, se quedaron asombrados, qué hacíamos allí a esas horas, no sabían nada, no se habían enterado de nada, se habían quedado sin luz, eso sí, e intentaban sintonizar alguna emisora a través de una mini radio, pero no había emisión.

Dejamos a las niñas allí, y decidimos volver a casa. Habíamos salido incluso sin documentos. Si el agua seguía subiendo, hasta eso íbamos a perder. En ese momento, nos parecía lo peor que podía suceder. Volvimos, también con la esperanza de que el agua empezara a bajar. Sería la 1 de la madrugada.

Metí en un bolso lo más necesario y fundamental. Y esperamos. A las 2 de la madrugada, comprendimos que aquello no iba a mejorar, al contrario, cada vez veíamos crecer el agua. Oíamos flotar la heladera en la cocina, y dos baúles enormes que tenemos en el pasillo iban navegando por nuestra casa. No podíamos quedarnos aquí.

Así que hicimos de tripas, corazón, y nos fuimos también a buscar un refugio. Al cruzar la calle, esta vez, el agua nos llegaba al pecho ¡Y ya hacía casi 4 horas que había dejado de llover!

A las siete de la mañana, ya estábamos de vuelta para casa. Por el camino, nos encontrábamos con personas que acababan de enterarse de todo y con personas, que, como nosotros, volvía a ver en qué condiciones estaba su casa, a la luz del día.

Abrimos la puerta del garaje y salieron flotando algunos de los libros que habían quedado en la repisa pegada al piso. Una Historia de España en varios volúmenes, revistas profesionales, novelas, juguetes, fotos, muchas fotos… nos salieron al paso, y se fueron flotando a formar parte de todo un mundo de cosas que desaparecieron a la deriva.

Había también un periodista y un camarógrafo que no se atrevían a ir más allá de nuestra cuadra, porque más allá, todo era peor: La Plata, en menos de 8 horas, se había convertido en una gran laguna.

Y de pronto, en dos horas, para las nueve de la mañana, el agua ya no estaba. Se había ido casi de repente pero la grasa negra, aquel aceite que ensució todo y que todavía aún se ve en algunas paredes, seguía allí. Todo estaba sucio. Todo estaba triste.

Y, ahora no teníamos agua corriente para limpiar, ni celular ni teléfono para comunicarnos, ni luz para ver los rincones más oscuros de las casas. Solo gente, gente que ayudaba a otra gente. En lo que podía, cuidando a los niños, limpiando, sacando trastos húmedos a secarse, trayendo productos de limpieza. Sirviendo de apoyo y refugio.

Casi al medio día, se acercó un vecino y nos comentó que alguien había venido preguntando por nosotros y que le habían dicho que creían que estábamos en casa de unos familiares de mi marido.

Resultó que mi familia, que vive en España, estaba viendo la tele y, de pronto, vieron que en la esquina de 529 y 4 bis había un bote de bomberos. A una cuadra de casa. Casi se desmayan. Intentaron hablar con nosotros, pero no pudieron.

Llamaron a la embajada de España y al Consulado y tampoco pudieron darle noticias de nada, solo, lo que ya sabían que La Plata estaba inundada y que era muy difícil comunicarse con la ciudad. Así que una de mis hermanas, a través de Facebook, intentó contactar con asociaciones culturales o deportivas de Tolosa. Y de una de ellas, le respondió. El Círculo Cultural Tolosano.

Les dijeron que no se preocuparan, ellos iban a averiguar. Y así fue. Vinieron a casa y hasta que no supieron, a través de los vecinos que estábamos bien no dejaron de buscar. A partir del comentario que pusieron, algunos amigos de la familia tolosana también les dieron información tranquilizadora.

Los siguientes días, sólo recuerdo que todo fue limpiar y limpiar. Todos colaboraron aquellos días. Una mañana, mi casa se llenó de chicas, amigas de nuestra prima, algunas no las había visto nunca, pero todas venían dispuestas a hacer lo que hiciera falta.

Y, cuando terminaron de aquí, fueron a otra casa donde también necesitaban ayuda. Las maestras del colegio de las niñas, vinieron un día con una bolsa de consorcio a llevarse toda la ropa sucia, para lavarla, me dijeron, planchar no planchamos. Un enjambre de hadas entre tanta tristeza y desolación.

Empezaron también a llegarnos historias, cuál de ellas más terrorífica: los que habían tenido que salir de su casa nadando, los hijos que apenas habían podido ir a rescatar a sus viejos, la madre que tenía a su hijo en un cumpleaños y quedó aislado.

O la chica que se puso de parto y sus amigas la habían llevado al hospital, lo de las explosiones y el incendio en la refinería, mil relatos más, y, lo que nadie hubiera querido oír, los muertos, los desaparecidos de aquella batalla contra el agua.

Cuatro años han pasado, todavía, vamos por la calle, fijándonos si queda o no queda huellas del agua en las fachadas; todavía, en algunas conversaciones, alguien recuerda algo de aquel día y sale el tema de nuevo.

Porque, en todos nosotros dejó una señal igual que la que dejó en las paredes. E igual que la señal de las paredes, la podemos pintar y ocultar, pero sigue ahí, y cuando rasgamos un poquito, reaparece.

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