Historias de Tolosa: Fabio Prado

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 9 de septiembre de 2017

Soy nacido y criado en Ringuelet, porque mi viejo, mis abuelos y mis bisabuelos eran de Ringuelet que, en la época en que nací, 1964, tenía calles de tierra y no había luz de mercurio.
Me acuerdo de las estufas a kerosén. Pasaba un hombre con un carro tirado por un caballo, que llevaba atrás un tanque para mi enorme y salíamos con un bidón y le comprábamos 5 o 10 litros de kerosén.
No había teléfonos, yo tenía 10 años cuando llegó el primer teléfono al barrio a la casa de una vecina. Esto era todo un tema (¡pobre mujer!) porque cuando tenías que dar un teléfono si o si dabas ese. Entonces venía la vecina avisarte que te llamaban. Sólo si necesitabas con suma urgencia a hacer una llamada a un hospital, a un médico, tenía que suceder algo muy grave para ir a molestar a esa vecina. Sin embargo, si teníamos televisión, obviamente blanco y negro, con 5 canales, 11, 12,13 y 7.
Por lo demás, la distracción era estar con una barra de amigos permanentemente en la calle. Era volver de la escuela, comer, hacer los deberes lo más rápido que se pudiera, salir a la calle y ¡qué te encontraran después! Aparecíamos para merendar, por lo general, todos en la casa de uno, era muy raro que cada uno se vaya a su casa tomar la leche solo. Después seguíamos jugando hasta que oscurecía, y nuestros padres comenzaban a llamarnos a los gritos.
La mayoría de los terrenos estaban baldíos, no había construcciones, las casas eran como más solitarias, en cada manzana había 4, 5, 6 casas, no más. Me acuerdo de cuando llegó la luz de mercurio porque todos los vecinos de la cuadra hicieron un asado para celebrarlo.
Ringuelet era un barrio humilde pero muy tranquilo. El único peligro que había en las calles éramos nosotros, que en una guerra de piedrazos nos podíamos sacar un ojo. Yo tengo una cicatriz en un ojo producto de un piedrazo de un tío mío que tenía dos años más que yo. Este era el Ringuelet de mi infancia, de 1964 a 1970.
La familia de mi madre, Ana María González, era de Tolosa, de vieja raigambre tolosana, mis abuelos, por parte de madre, vivían en una casilla en 525 entre 8 y 9, donde yo pasaba mucho tiempo ahí. La casilla tenía el baño alejado, al fondo, a unos 10 metros. Nos bañaban ahí, después nos envolvían en una toalla y había que cruzar así el patio en pleno invierno. ¡Y no dejaba de ser divertido eso!
En ese momento Tolosa también tenía calles de tierra. Donde hoy está supermercado era un terreno baldío donde jugábamos a la pelota.
Mi bisabuelo materno se llamó Manuel Lucero, supo ser, en el barrio de Las Mil Casas de Villa Rivera, un guapo muy mentado al servicio de un caudillo radical de aquel momento, un tal Sebastián Merlo.
Era guapo de armas tomar, de tirotearse con la policía. Mi abuela me contaba que siendo ella chiquita cuando empezaba el tiroteo se tenían que esconder debajo de la cama y que todo terminaba siempre con los gritos de la policía que rodeaba la casa, diciéndole: “¡Entregáte, Lucero, entregáte, si no te vamos a matar!” Y mi bisabuelo gritaba: “Que venga el Turco Resek”.
Turco Resek era un comisario que entraba, se sentaba hablarle y le decía a mi bisabuelo: “calmáte, Lucero, otra vez lo mismo, entregáte”. Resek era el único que podía intermediar y calmarlo. Mi bisabuelo se entregaba, lo tenían una temporada preso, lo largaban, estaba libre dos o tres meses hasta que se producía otra trifulca. Después, en la revolución del 30, los conservadores lo mataron a palos.
Mi abuela materna, Ángela Lucero, se casa con mi abuelo materno Agustín González, y tienen a mi mamá Ana González y a mi tío Agustín González. Los González eran originarios de Formosa, medios guaraníes.
Yo vivía en Ringuelet con mi bisabuelo paterno, Bautista Panesi, con mi bisabuela paterna, Justa Sosa de Panesi, con una hija de ella (una tía abuela mía), mi padre, mi madre, yo, y un primo de mi padre con su mujer y tres hijas.
Mi bisabuela Justa era curandera, los vecinos iban a verla y ella les hacía unos pases mágicos en el cuerpo para curarlos. En la obra de teatro que escribí, “La maldición de los gobernadores bonaerenses”, el personaje de la bruja tiene una nieta, a la cual instruye, y a la que yo le puse de nombre Justa, en homenaje a mi bisabuela.
Mi abuela paterna, Carlota Panesi, tiene a mi padre Óscar Miguel Prado. De los Prado nunca tuve noticias porque mi abuela se embaraza los 14 años de José Prado, que la abandona y nunca supimos más nada de él. Entonces mi abuela paterna le da su hijo (mi padre, Oscar Miguel Prado), a mi bisabuela Justa Sosa de Panesi, para que lo críe.
Por eso en realidad a mi viejo lo cría su abuela, porque su madre era una chica de 14 años que después se casó y tuvo nueve hijos más, con quienes mi viejo siempre tuvo una buena relación, es decir, con sus medios hermanos. Incluso, también, tuvo buena relación con su padrastro.
¿Cómo conoce mi viejo, de Ringuelet, (Oscar Miguel Prado) a mi vieja, de Tolosa (Ana María González)? Mi viejo empieza a frecuentar el centro de la Ciudad de la Plata y se siente atraído por lo que era el movimiento de teatro independiente de principios de la década del 60. Incluso actúa en algunas obras. Yo conocí mucho tiempo después a gente que trabajó con él, gente reconocida en Berisso y en La Plata, como Walter Zuleta, Nelly Otero, Carlos Moreno, Lito Cruz.
Y tiene un amigo que dirige un grupo de teatro independiente en el Club San Martín de Tolosa, de 7 entre 523 y 524. En este Club, cuando mi mamá y mi tío eran chiquitos, mi abuela dirigía el equipo de fútbol, era la entrenadora del equipo de fútbol mi abuela materna (Angela Lucero).
Entonces, mi madre, Ana González, hace teatro independiente en el Club San Martín y el director lo invita a mi viejo para que viera actuar al grupo que dirigía. Mi viejo va a ver a este grupo de teatro, la ve a mi vieja actuar y no hace más que criticarla, la critica tanto que mi mamá se enoja y dice que se va.
El director le dice: “bueno, te acompaño Ana a tu casa”. Y mi viejo dice: “No, la acompaño yo”, la acompañó hasta la casa y se pusieron de novios. Mi madre queda embarazada de mí y ambos dejan de hacer teatro. Mi viejo se pone laburar en la fábrica Siap de Ringuelet de Camino Belgrano y 514 donde también trabajaba mi tío.
Mi mamá se pone a criarme. Crezco educado básicamente por mi mamá porque es la que estaba todo el día conmigo hablándome de teatro, siempre me leyó teatro, yo crecí leyendo las obras de teatro que mis padres habían hecho o que les habían gustado como Los justos de Albert Camus y El amor de los cuatro coroneles de Peter Ustinov.
Mi viejo, a partir de los seis años, me exigía que, cuando volvía de la fábrica, tenía que saber una cuarteta nueva de Almafuerte. Mi viejo llegaba, mi madre le traía una palangana con agua y sal para los pies, después de lavarse los pies se lavaba las manos y se ponía a tomar mate con bizcochitos, me preguntaba por mis deberes, por la escuela y si estaba todo bien me hacía parar y recitarle una cuarteta nueva de Almafuerte: “No te des por vencido ni aún vencido…” o “Yo soy el negro pinar, cuyo colosal ramaje…”
Almafuerte era para mí la aspiración del hombre que mi padre quería que yo fuera, así lo entendía yo. Cuando íbamos al cementerio a visitar los familiares muertos yo jugaba con mis primos por las callecitas que hay entre las criptas familiares, esos juegos siempre terminaban en la tumba de Almafuerte donde me acostaba mirando al cielo pensando que algún día tenía que escribir como él. Jamás escribí como Almafuerte, pero no deja de ser una inquietud que me marcó mucho.
Mi viejo no era un tipo muy delicado, era bastante bruto, su madre lo había entregado a su abuela para que lo críe, que lo cría con una educación muy severa, a los cachetazos, mi abuela corría a sus hijos y a sus nietos (unos sabandijas) con unas mangueras negras y duras y si los alcanzaba los dejaba marcados.
De mi viejo recuerdo gestos amorosos hacia mi madre, hacia mí y hacía mi hermano pero también recuerdo escenas muy duras. Una sola vez lo insulté, yo me había quebrado el brazo, me habían enyesado, y tenía que recuperar el movimiento, y no podía porque me dolía mucho extender el codo.
Mi viejo me agarró el brazo doblado y lo enderesó a la fuerza y yo le grité: “¡la puta que te parió!” por el terrible dolor que sentí. Y mi viejo me dio un cachetazo de revés que me abrió la boca. Después no sabía cómo pedirme disculpas, me alzó, me consoló, hasta me compró unos cigarrillos de chocolate. Pero era capaz de esas reacciones. Me crió así con mano dura.
En 1976 mis dos padres desaparecieron. Mi padre desapareció definitivamente, recién recuperé sus restos hace dos años. Mi madre apareció con vida al poco tiempo. A tres días del golpe militar el ejército hace un allanamiento en mi casa buscando a mi viejo, que no estaba, se van, al otro día vuelve el ejército y se llevan a mi madre. Antes de entregarse mi madre me dice: “andá la pieza, quédate ahí y no salgas”. Después entró la tía abuela de mi viejo y me dice: “se acaban de llevar a tu mamá”.
Nos vamos a vivir con mi hermano a Tolosa a la casilla de mi abuela materna. Yo tenía 11 años. Al poco tiempo mi madre aparece. Mi viejo si tenía militancia política, era delegado de balancines en la fábrica, tenía una militancia gremial. Mi madre no tenía la menor noción de política.
Mi viejo era de la idea que la mujer tenía que estar en la casa cuidando los hijos y no meterse en política. Cuando mi vieja aparece nos vamos a vivir a Ringuelet, a media cuadra de donde vivía mi abuela paterna, a una casa que había construido mi vieja y mi viejo con un crédito hipotecario, que no estaba terminada del todo pero era habitable.
Al año siguiente termino la primaria en Escuela Número 25 Coronel Manuel Dorrego. Empiezo la secundaria en el Industrial Número 4 Juan Bautista Alberdi de 7 y 526, hice hasta tercer año sin llevarme nunca una materia, pero a mitad de cuarto año empiezo averiguar dónde hacer teatro, y no había teatro para chicos de esa edad en ese momento. A los 14 años arranco en el Teatro Rambla de 2 y 48, que arma un curso para adolescentes.
Hago, también, teatro en la Parroquia de Nuestra Señora de la Anunciación en 7 y 514, donde había un cura salesiano, el padre Hernando, un gran tipo, en ese grupo de teatro hice amigos, que tenían 10 años más que yo, como Guillermo Martino, Pochi Gabasi, Tito Gabasi con quienes escribía autos sacramentales y óperas rock sobre la Pasión de Cristo.
A los 12 hago mi primera obra como actor, en ese grupo parroquial, en una obra que se llamaba “Yo como Jesús Maestro” interpretando a un chico rebelde. Guillermo, que estaba punto de egresar de la Escuela de Teatro de La Plata, de 51, 3 y 4, me dice que tenía que ir a la Escuela de Teatro.
Fui, me anoté y empecé mi carrera como actor. Abandoné el Industrial en cuarto año y me quedé sólo con la Escuela de Teatro. Hice los cuatro años de la carrera y paralelamente estudié también con Rafael Arsaniti, después hice cursos con distintos directores de acá y del extranjeros.
Desde los 12 años que empecé, hoy ya hace 40 años, nunca paré, siempre hice teatro, con más o menos suerte, durante mucho tiempo perdiendo dinero, trabajando de otra cosa, hasta que cuando cumplo 40 años me digo: “O esto me empieza a dar para vivir o abandono”.
Entonces escribí un unipersonal sobre Galileo Galilei que se llama “Eppur se muove” que me dio muchísimas satisfacciones, la dirigió Pablo Moreno, de Tolosa. Pablo es hijo de Carlos Moreno, uno de los grandes directores de teatro de la Argentina en los años 60, que era de la camada que se fue a Buenos Aires con Lito Cruz, con Federico Lupi, con Martín Adjemián.
Con “Eppur se muove” he viajado por España, Francia, Venezuela, por todo el país. El tema va de cuando, en el segundo juicio que le hacen a Galileo Galilei, la Inquisición lo condena a la hoguera por afirmar que la tierra gira al rededor del sol y sostener la tesis heliocéntrica de Copérnico.
Le dicen que está sentenciado a morir quemado en la hoguera y le dan una hora para que se arrepienta de todo lo que dice, si se arrepiente le perdonan la condena, si no se arrepiente lo matan. La obra juega con lo que pasa por la cabeza de Galileo durante esa hora.
Tengo varias obras de teatro escritas, como “Y vive feliz en Biedma” basada en una historia real, que apareció en los diarios en la década del 90, sobre una mujer que hacía de consejera espiritual de una señora de dinero en el sur como medium haciéndole hablar con el fantasma de su marido muerto, de esta manera la redujo a la servidumbre.
Esto se trata en tono de comedia, y el título es porque esta mujer rica tenía una sirvienta que termina liberada de su patrona porque la patrona al convertirse a su vez en sirvienta de la consejera espiritual ya no la necesita y entonces tiene que hacerse cargo de su vida.
Al final cuando se hace un recuento de cómo terminaron los personajes: uno está preso, el otro suicidado, pero la sirvienta desplazada de su trabajo se había casado, había formado una familia y vivía feliz en Biedma.
Tengo escrito también “El mensaje de siempre” que es un auto sacramental sobre la pasión de Cristo, fue lo primero que escribí. Tengo escrito: “Fárrago” que es un encuentro final entre Lope de Vega y Cervantes. Lope de Vega en su momento es Messi, Pelé y Maradona juntos.
Cuando alguien quería expresar que algo es maravilloso decía: “parece de Lope”. Lope de Vega escribía desmesuradamente, tenía escritas 1800 obras de teatro y poesía, tenía mucho dinero y era muy famoso.
Cervantes era todo lo contrario, era pobre, era despreciado, era desconocido, había estado preso y sin embargo el padre de la lengua española es Cervantes y no Lope de Vega. Ninguna de las 1800 obras de Lope es superior al Quijote de Cervantes. Este encuentro juega con el tema del éxito, del fracaso, con la celebridad, con lo profundo.
Lope está viendo que Cervantes se muere y lo detesta porque al morirse lo deja solo, no va tener mas con quien competir, y se va morir sin haber podido escribir algo mejor que él, Lope sabe que Cervantes es mejor escritor. Entonces, Cervantes, que se estaba muriendo, le dice, ya fastidiado: “¿por qué no me dejás morir tranquilo?, nos vamos a morir todos, calmáte, no me rompás las pelotas que lo tuyo está bien”.
Tengo otra obra escrita llamada “En el fondo del mar” y se hizo mucho dirigida por Rafael Arsaniti con Freddie Magliaro y María Rosana Benencia. Va de un supuesto encuentro, tres días antes de la muerte de Cornelio Saavedra, entre Saavedra y la viuda de Mariano Moreno donde ella les reclama que simplemente le confiese quién mató a Mariano Moreno y porque.
“La Maldición de los gobernadores bonaerenses” está situada en 525 entre 8 y 9, antes de que existan esas calles, es el día de la fundación de La Plata, Justa, la nenita que está con la Bruja de Tolosa, y es su nieta, se asusta por unos cañonazos que escucha, la bruja le dice: “son los huincas que están a los cañonazos porque hacen una ciudad nueva” la nenita le dice a su abuela: “acá no, acá ya está, acá Tolosa”, la bruja le señala hacia el escenario y le pregunta a la nenita: “¿allá que hay”, “allá 1000 Casas”, “muy bien -dice la bruja abuela- ¿y allá que hay?” señalando hacia a la platea, “El arroyo”.
Roca con un sirviente indígena, viene personalmente a Tolosa, donde se encuentra la bruja, le presenta los elementos robados de la piedra fundacional por los partidarios de Roca, que no querían que Dardo Rocha llegara a ser presidente y le pide que haga la famosa maldición.
Cuando la obra termina, la nenita tiene que guardar el talismán de la maldición para esconderlo de los huincas porque si lo llegan encontrar se acaba la maldición, la bruja le dice a su nieta: “meté el talismán en una caja y en la caja también meté a Satanás para que lo cuide”, Satanás es el gato de la nenita, muy travieso. La nenita entierra la caja con el talismán y el gato adentro, en el arroyo. Por eso desde entonces se llama “Arroyo del Gato”.
Rafael Arsaniti fue quien me inculcó la pasión por el hacer teatral. En la Escuela de Teatro tuve la suerte de estudiar con Yirair Mosian, reconocido en el mundo entero pero que en La Plata era un viejito que iba por la calle y nadie sabia quien era.
Nunca tuve la ambición de ser conocido o de ser famoso, no digo que esto esté bien, quizás haya sido un gran error, pero nunca pude tener esa ambición. A mí se me definió lo que quería ser con una imagen. Cuando estaba en Ringuelet, en la Parroquia de la Anunciación, los hermanos Gabasi me llevaron, en 1981, a Buenos Aires a ver Hamlet interpretado por Alfredo Alcón en el teatro San Martín.
Yo voy a ver Hamlet con la idea de (¡qué estupidez las cosas que hace uno!) no aplaudirlo a Alcón, todos estaban con Alcón, Alcón, Alcon ¿pero quién es Alcón?, me preguntaba. No lo voy a aplaudir a ese, me dije yo. Cuando termine la obra y todo el mundo se pare yo me voy a quedar sentado sin aplaudir y Alfredo Alcon va a ver que yo no lo aplaudo.
Estaba peleado con el mundo en esa época. La cuestión es que despues de entrar al teatro y no cuando termina la obra, sino cuando termina el primer acto yo ya estaba parado, aplaudiendo, gritando emocionado ¡bravo, bravo, bravo!. Alfredo Alcon era un actor maravilloso.

Termina Hamlet, salimos con Pochi Gabasi, caminamos una cuadra y nos detenemos porque por ahí salían los actores. Y en eso sale Aldo Braga, que había hecho a Horacio, sale con un bolsito, viene y se para justo al lado de nosotros a esperar el micro. Pochi Gabasi le dice: “Maestro muy buena la obra”, Braga nos dice: “¿la vieron chicos? ¿les gustó?”, le dice Pochi: “si, una maravilla”, nos dice: “vengan al teatro, vean teatro”, Pochi le dice señalándome: “Él va ser actor”, Aldo Braga dice: “ah, metéle para adelante, uy, ahí viene el micro, me tengo que ir a casa a tomar una sopa porque tengo un frío”, se subió al micro y se fue.
Yo me quedé sorprendido, el tipo que acababa de ser Horacio sobre el escenario con Alfredo Alcón representando a Hamlet, en la obra de Shakespeare, ¡se estaba subiendo a un micro para irse a su casa a tomar la sopa! Me acuerdo que le dije a Pochi: “esto quiero, yo quiero ser esto, yo quiero ser un actor que va al teatro, hace una obra, y después regresa a su casa a tomarse un plato de sopa, eso quiero”.
Hoy, con 53 años, todavía me pregunto, como lo hice en “Fárrago”: ¿el éxito es Lope?, ¿el fracaso que es? Yo soy exitoso en relación a lo que me propuse: he logrado a ser ese actor que vive haciendo teatro y que después se va tranquilo a su casa (afortunadamente no en un micro sino en un autito) a comer con la gran mujer que me acompaña, que también es actriz y además periodista.
En este sentido me siento bien conmigo mismo: me parezco a ese hombre que de chico quería ser. Lo que siempre trato, lo que siempre me pregunto antes y después de hacer una obra es: ¿soy auténtico? ¿he sido auténtico?. Esta es mi única preocupación a nivel actoral: si fui auténtico con el público, si fui auténtico conmigo mismo. Ser actor es una lucha por eso, es una lucha por ser auténtico.

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