Historias de Tolosa: Gustavo Néstor Agesta

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 12 de noviembre de 2017

Hasta los 11 años viví en 40, 12 y 13, pero el 1 de julio del año 1974, el día que falleció Perón, me vine a vivir a Tolosa, a media cuadra de lo de mi tío, Enrique Machado (el hermano de mi abuelo), que vivía acá y falleció a los 102 años. En frente de lo de mi tío vivía mi tía tolosana, Pepa Machado (la hermana de mi abuelo) que falleció a los 99 años. Entonces, eran dos hermanos de mi abuelo que vivían en Tolosa uno en frente del otro. Mi abuelo, Juan Bautista Machado (papá de mi mamá) fue el vicegobernador de Víctor Mercante, durante el primer gobierno de Perón.

En cuanto llegué me di cuenta que este barrio era hermoso y diferente. Yo venía de vivir frente a la plaza Belgrano donde había mucho movimiento y mucho tráfico, de manera que al venir acá pude empezar andar en bicicleta tranquilo por las calles mientras la gente sacaba las sillas y se sentaba en las veredas. Había entre los vecinos como una comunión que ahora se perdió. Esto duró hasta el 2000, momento en que esa generación de vecinos empezó a desaparecer y cuando se fueron ellos la costumbre terminó. Era gente que había trabajado la mayoría en el ferrocarril y se conocían mucho por haber trabajado juntos.

Cuando vine tuve suerte porque encontré una barra de chicos bárbaros a la me integré fácilmente, éramos un montón, una barra grande. La Plaza Iraola nos juntaba a todos; donde andábamos en bicicleta, donde jugábamos al fútbol, a las figuritas, a las bolitas.

Yo tuve la suerte de que un cuñado mío, Rubén Horacio Galletti, jugaba al fútbol en Estudiantes, esto me ayudó a entrar en confianza con los chicos porque, cuando vine al barrio, Rubén estaba de novio con mi hermana, por eso venía mucho a Tolosa y era un ídolo. Esto me dio una apertura a la amistad que fue mucho más rápida. Me ayudó un montón a hacer amigos enseguida. Hasta la actualidad mi sobrenombre es “Galletti”, no me dicen, cuando me ven, “hola Gustavo” o “¿qué hacés Agesta?”, me dicen “hola, Galletti”.

Había grupos de muchos amigos, estaban los más grandes que iban a bailar al Club Unión y Fuerza (a Maraca) y estaban los de mi edad que eran un montón. En Unión y Fuerza jugábamos a la paleta y al paddle, en el Circulo Cultural Tolosano jugábamos al básquet.

Ahora los chicos no pueden disfrutar lo que es el barrio porque están mucho tiempo adentro de sus casas, entonces, en cambio, estábamos todo el día en la calle. En mi barra estaban Roberto Coradello, Mariano Eijo, Alejandro Sánchez, el Chino Eijo, Alberto Valentini, Over Masieri, Titi Monti, Fabián Damia y un montón más. Muchos de ellos se casaron jóvenes, se fueron a vivir a otro lugar y ahora volvieron. Se han ido a vivir lejos, muy al Sur por ejemplo y al final, ahora, están otra vez acá.

En el Círculo Cultural Tolosano hacían shows musicales, no eran bailes, eran para ver el espectáculo, ponían un escenario y llenaban el salón de mesas; me acuerdo que, siendo chico, fui a ver a Los Ángeles de Smith; me invitó Petete Iglesias que estaba en la Comisión Directiva de Unión y Fuerza (me pagó la entrada), fue la primera vez que vi un show de cantantes, la vi cantar y bailar a la rubia, la principal, la novia del productor, a un metro de distancia en malla (aunque con medias también). Era como un café concert que durante el show se podía cenar.

En Unión y Fuerza vi a cantantes de tango, venía mucho Castell y otros que yo no conocía. También venía Navarra a hacer exhibiciones de billar. Arriba se hacían los bailes, en Maraca, a los que me dejaban entrar, aunque era chico, porque, como te dije, era el cuñado de Galletti y eso me habría todas las puertas; pero planchaba como loco porque tenía 13 o 14 años, las chicas eran de 17, 18 años. Entonces bailaban ellos mientras las madres de las chicas tejían, había puestas todas sillas alrededor donde las madres se sentaban a tejer; las parejas si querían darse un beso tenían que bailar lentos y aprovechar cuando las madres estaban de espaldas.

Las pasábamos re-bien, nunca tuvimos un problema, en realidad nunca tuvimos problemas de nada, a veces habían peleas con los de Villa Rivera en la plaza, a la salida del baile, entre quienes pretendían las mismas chicas, pero eran roces nada más, algunos empujones, algunos insultos que no pasaban a mayores. En realidad, no pasaba nada, hoy son todos amigos, se conocen todos. En estas cuestiones yo también zafaba, primero porque soy hincha de Estudiantes y los de Villa Rivera son casi todos del Pincha, segundo, porque soy el cuñado de Galletti, y tercero, porque como planchaba siempre no le despertaba celos a nadie.

Hacíamos de todo, íbamos a andar en bicicleta en las canteras de Propulsora, volvíamos llenos de barro hasta la cabeza, íbamos a los talleres del ferrocarril a jugar entre las máquinas abandonadas. Un día estábamos jugando a las escondidas en los talleres y uno de mis amigos, Ariel Stochetti, pasó por encima de una de las fosas que se usaban para arreglar las máquinas que estaba toda en empetrolada, estaba llena hasta el borde de una mezcla de petróleo y gasoil muy denso, Ariel pasó sin ver la fosa y cayó, no se hizo nada pero salió todo pintado de negro salvo los ojos porque había cerrado los párpados, con los poros todos tapados por el petróleo, así que el padre tuvo que comprar kerosén y lavarlo en la vereda de la calle 2, ahí donde está la relojería, con kerosén le tuvo que sacar todo el petróleo que se le había pegado a la piel.

Nos subíamos al tanque de agua, nos subíamos a todos lados, nos subíamos a los techos de los galpones; una tarde casi ocurrió una tragedia, íbamos pasando de techo el techo; todos los galpones son iguales y no nos dimos cuenta que estábamos arriba de los galpones de la policía, entonces sentimos que, desde abajo, los policía nos gritan: “¿Qué hacen ahí?, ¡Policía!”. Salimos corriendo, yo había traído un primo mío que nunca había venido acá, que no conocía los techos, que también salió corriendo, eran techos a dos aguas, pero cada tanto tenía unas chapas de plástico que eran para dejar pasar la luz y hacer que el galpón esté iluminado, pero como estaban sucias de polvo no se distinguían bien de las chapas comunes, nosotros, que las conocíamos, las esquivamos en la carrera, pero mi primo no, esas chapas estaban resecas y cuando mi primo las pisó se rompieron, no sé cómo, al caer, abrió los brazos y quedó enganchado con las piernas colgadas a 5 m de altura y con los policías desesperados al ver que éramos chicos; pero nosotros alcanzamos agarrarlo y levantarlo. Si se caía se mataba.

Íbamos siempre a los talleres de la estación. A mitad de cuadra vivía Rodolfo Cejas, que tenía una casa de compraventa de metales, como nosotros veíamos en los pisos de los talleres muchos tornillos tirados, muchas tuercas, muchos fierros abandonados, se me ocurrió agarrar un changuito que usaba mi mamá para los mandados, llenarlo de tuercas, tornillos y fierros para vendársenos a Rodolfo y así tener plata para ir a la discoteca del club Unión y Fuerza, que había pasado a llamarse La UIF. Era un changuito de alambre que no soportaba más de dos o tres kilos y lo llenamos de fierros hasta arriba. Pero cuando vamos saliendo vimos que habían puesto un guardia de seguridad; antes habíamos ido siempre y nunca había habido nadie, entonces nos volvimos, cubrimos el changuito con hinojos (que habia por todas partes) para disimular los fierros. Cuando pasamos frente al guardia de seguridad nos dice: “hola chicos, ¿cómo andan?, ¿bien?, ¿juntando hinojos?”. Le contestamos: “si, juntando hinojos” pero cuando salimos a la vereda y bajamos a la calle el changuito, al descender bruscamente por el cordón, se desfonda, cayendo los tornillos y las tuercas, entonces el guardia grita: “¿qué hacen acá, mocosos? ¿qué llevan ahí?”, salimos corriendo y el changuito iba flameando por la calle y desparramando tornillos. Fue la última vez que fuimos a los talleres.

En el 2001 puse un negocio que no me da mucha ganancia, tengo que tener otro trabajo para poder mantener a mi familia, pero no lo cierro, podría haberlo puesto en otro lugar más rentable, pero quiero tenerlo acá porque Tolosa siempre fue un mundo aparte, un mundo hermoso, no me iría jamás de Tolosa ni de mi cuadra me iría.

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