Historias de Tolosa: Hilda Verón

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 29 de abril de 2017

Nací el 20 de enero de 1935, en Presidencia Roque Sáenz Peña, en el Chaco. Pero como en julio de 1936 contraje poliomielitis, me trajeron a Buenos Aires, único lugar donde la trataban. Allí me atendió un médico muy bueno, el doctor Patterson, que me tuvo en tratamiento desde los 4 hasta los 12 años.

Tengo desviación de columna, de cadera y de pierna. Nunca usé soportes metálicos, sólo permití que me pusieran yesos. Me hicieron un tratamiento tan bueno que los músculos que tengo me sirven de sostén y eso me permite caminar sin muletas.

Primero, me llevaron a Resistencia hacerme ver por médicos y curanderos, todos dijeron lo mismo: “No hay nada que hacer, Buenos Aires es lo único”. A los 4 años me trajeron. Tenía dos hermanos mayores con los que pasamos de una infancia con juguetes, bicicletas y todo tipo de comodidades, a estar aquí solos y sin lujos.

Mi papá se llamaba Julio José Verón y mi mamá Sara Soler. Mis hermanos Julio César y Julio Omar me ayudaron a caminar. Todos vinieron pensando que yo iba estar un año o dos en tratamiento.

Vendieron un almacén que tenían allá, mi papá dejó el trabajo que hacía para un juez y como era de la Unión Cívica Radical vino con un montón de recomendaciones para los diputados y senadores del Partido, para conseguir trabajo. Empezó a trabajar como peón de Molinos Río de La Plata.

Mi papá apenas consiguió trabajo llamó al resto de la familia. Había alquilado una pequeña casita en Mataderos. La primera vez que me llevaron al Hospital de Niños, mis hermanos quedaron solos. Asustados porque mis padres tardaban en volver, saltaron un tapial y salieron a caminar por las calles.

Mis papás, cuando volvieron, los encontraron perdidos, rodeados de gente que le preguntaban de dónde eran. Lo único que sabían contestar eran sus nombres pero no podían decir donde vivían porque no lo sabían, eran recién llegados.

Me internaron en el Hospital de Niños pero no quería saber nada de separarme de mi papá y de mi mamá. La primera vez que vinieron a visitarme me agarré del cuello de ellos y no podían soltarme. Cuando se fueron, las monjas, que eran unas divinas, estuvieron mucho rato tratando que dejara de llorar.

Me convertí en una paciente rebelde, me hacía pis en la cama, me saltaba de la cama continuamente, no me entretenía con los libros de dibujos. Estuve así tres días internada, hasta que mis padres me consiguieron lugar en otro sanatorio.

Cuando me retiraron del Hospital las monjas le hicieron firmar a mis padres un papel que decía que por más enferma que estuviera no podía volver más al Hospital de Niños.

Cuando mis padres vieron que, como el tratamiento iba a ser largo, no íbamos a volver, vendieron la casa del Chaco. Habían conseguido otro médico que hacía tratamientos, pero no internaba, en una clínica pública que funcionaba en un caserón y quedaba por el Parque Centenario.

El tratamiento consistía en aplicaciones de onda corta (diatermia se decía), masajes y maquinas que me obligaban a hacer ejercicios. Estuve con este tratamiento hasta los 12 años. Al final pude caminar sola pero para recuperar la normalidad completa me propusieron una operación que tenía un 99% de posibilidades en contra.

Me operé igual, mis padres quisieron aprovechar ese 1% posibilidad a favor. La operación no me aportó ninguna mejora. No me arrepiento de haberme operado, soy muy luchadora, lo que me dicen los médicos lo hago.

A los 13 años entré en la Escuela Nacional de Cerámica, me gustaba el dibujo. La escuela de arte era una escuela muy libre, estaba en un galpón que había servido de cine, su director, un español, Fernando Arrans, fue el que hizo la fuente que está frente a la basílica de San Ponciano en La Plata. La misma escuela me dio una beca con la que me alcanzaba pagar los pasajes para asistir a las clases.

Recuerdo que un profesor socialista que nos daba historia y geografía una vez nos dijo: “A la política, los jóvenes tienen que mirarla desde afuera, todos los que mueren en política tienen de 13 a 30 años, son los que ponen el pecho, porque ellos piensan que la patria es uno, no se dan cuenta que los están manejando”.  Yo comprendí cuánta razón tenía en 1976.

Me prestaron un libro de química y vi que me gustaba, a los 18 años, cuando terminé en la escuela de cerámica, empecé, pagando, un curso que enseñaba a ser auxiliar de laboratorio.

Uno de mis compañeros de curso me avisó que estaba abierta la inscripción en la escuela nocturna de química, me anoté, entré y me recibí de química industrial a los 24 años. Eran los tiempos de Perón en los que todo el mundo podía estudiar.

Cuando terminé de estudiar empecé a trabajar con una tía mía que levantaba puntos de media de seda y de nylon, era muy común que las medias se rompieran y ella las reparaba. Yo atendía el negocio con mi tío, que era cordobés y había pertenecido a la banda de Mate Cosido, el famoso delincuente chaqueño.

En el Chaco todos querían a los miembros de la banda, como falta allí mucho el agua, la gente, en todas partes, dejaba agua para que ellos tuvieran para tomar cuando huían de la policía. Los querían porque eran como Robin Hood, le robaban a los ricos y lo repartían entre los pobres.

A Mate Cosido nunca lo agarraron, se perdió sin que supieran más de él. Mi tío se había enamorado de mi tía y se había escapado a Corrientes con ella, dejando la banda.

Y de ahí se vinieron a Avellaneda donde tuvieron una hija que mi tío anotó como hija de madre soltera, para no figurar como padre. Había que ver a mi tío, el ex delincuente, atendiendo tan suave, tan amable, tan educadamente a señoras que tenían plena confianza en él.

Veníamos, con frecuencia, a Villa Rivera a visitar a un señor chaqueño, muy amigo de mi papá, que era terrateniente y se dedicaba a la construcción. Con un préstamo de él pudimos comprar una casa aquí sin que diésemos un solo centavo y después le pagamos toda la deuda.

Una cosa que me llamó muchísimo la atención cuando vine es que en las zanjas de la calle 4 había todo calas de un lado y todas achiras del otro lado. Se veía tan lindo ese verde, verde y calas que crecían al borde de las zanjas.

Yo me dije “nos libramos de las plantas dentro de la casa” porque mi madre, como era de campo, le gustaba sembrar y lo hacía al fondo en la casa de Buenos Aires. Aquí no iba a tener necesidad de hacer eso.

En octubre de 1958 abrimos el negocio “La Chaqueñita” de canje y venta de revistas nuevas y usadas. Mi mamá quería poner un almacén, pero yo no quise porque en aquella época se vendía todo suelto y era muy engorroso.

Prefería las revistas y las novelas. También vendíamos cigarrillos, y todo lo que venía a mano, vendí hasta ropa, como iba a Buenos Aires los clientes me encargaban y yo les traía, así vendí muchísimas bikinis.

Atendía toda la familia en el negocio. En el año 1962 nos compramos una moto furgón con la que empecé hacer los viajes a Buenos Aires para traer mercadería. Después empezaron a mandarnos la mercadería por Del Curto.

Vendíamos colonias, desodorantes, genioles, libros, en una  época hasta relojes de oro,  anillos de oro (no había tantos robos como ahora y se podía), caramelos, bijouterie, cuadernos, lapiceras, gomas de borrar, compases, esmaltes, cierres relámpago, de todo. Cuando prohibieron la venta de revistas nuevas yo seguí vendiendo revista viejas y la prohibición no me afectó.

Abríamos a las 7 de la mañana, a la hora en que la gente va a trabajar. Si un chico caminaba y pasaba de largo por cuatro quioscos para venir al mío no era por el precio, era porque los atendía bien, a los niños los trataba como a personas mayores, con respeto.

En 1969 hubo una hiperinflación, los precios mayoristas a la mañana era unos y a la tarde ya habían cambiado. Fue terrible. Entonces empecé a comprar mercadería para todo el año para poder sobrevivir a la inflación. Así logramos trabajar siempre mucho. En el 2005 dejé de atender y me jubilé.

1 COMENTARIO

  1. MUY BUENA NOTA. “LA CHAQUEÑITA” CONQUE GANAS CRUZABAMOS LAS VIAS DESDE EL “CHUIRRASCO” PARA IR A CAMBIAR LOS PATORUZITOS Y PATRUZU, TAMBIEN EL CONVENTILLO DE DON NICOLA. PASCUALIN. AFANANCIO, PEPINUCHO Y COLIFLOR Y TODAS LAS MEXICANAS DE COMB-BOY..DECADA DEL 60..SIEMPRE QUE PASO BUSCO LA CASA…MUCHAS GRACIAS POR EL RECUERDO.

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