Historias de Tolosa: Norma Luzi

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 20 de agosto de 2017

Vivo desde los cuatro años en Tolosa. Nací en Bahía Blanca. Mi papá, Augusto Luzi, era carpintero del ferrocarril. Había nacido en Macerata, en la Región de Marcas, en Italia. Era un gringo trabajador como no he conocido otro igual. Trabajaba acá en los Talleres Ferroviarios. Tenía una carpintería en el fondo de casa donde hacía muebles. Criaba conejos, gallinas, pavos, palomas y tenía una quinta. En el frente de la casa tenía, también, un despacho de pan. Traía el pan del panadero de 528 y 3, que se llamaba Bartolo.

Recuerdo con mucho amor al Puente de la Estación, mi papá me llevaba al puente a curarme de la tos convulsa. Me hacía respirar el vapor de la locomotora al pasar. Cuando venía el tren de Buenos Aires me decía: “curáte hijita, respirá hondo”. Cuando venían los Circos ahí donde hoy hacen la feria, íbamos con los compañeros de Escuela y mi papá manejaba a todos los chicos, era el que nos cuidaba todos. Mi papá amaba a los niños, a los animales, a las plantas. Lo pude disfrutar muy poco.

Me enseñaba a cazar palomas, con un hilo hacía una trampa que las apresaba por las patas y después las guardaba en el palomar que tenía en el fondo arriba de una higuera. Se enfermó de cáncer de pulmón, era muy fumador, lo internaron en el Hospital San Juan de Dios, y yo no podía ir a visitarlo, por eso nos mandábamos cartitas. Mi mamá iba verlo todos los días, hasta que un día mi mamá fue a verlo, llegó a la una de la tarde y había muerto recién.

Yo tenía ocho años cuando murió, en plena juventud, en el año 1947, a los 47 años. Su muerte nunca la pude superar. Quedé muy mal sentimentalmente. Hasta el día de hoy lo extraño. Yo para él era su princesa.

Mi mamá, Lucía Fiore, se casó con mi papá el 26 de diciembre de 1936 y se vinieron a vivir, primero, a Las Mil Casas, durante un poquito tiempo, porque nos fuimos a vivir a una casa que le compró a los Pérez, que eran los lecheros del barrio. Mi mamá fue muy feliz con mi papá, porque mi papá fue muy bueno con ella y conmigo.

Cuando quedó viuda tenía 29 años, con una pensión que apenas alcanzaba, tuvo que vender herramientas de mi papá para poder pagar el velatorio y para poder comer hasta que salimos a flote. Pero nunca me faltó nada. Con los años se volvió casar, y me tocó un padrastro que era una bondad, Dipaolo de apellido, que también fue muy buen esposo de mi mamá, que era muy linda.

Me mandaron a la Escuela 79. Hice la Secundaria en 5, entre 46 y 47, en la Escuela Técnica Profesional, estudié piano durante siete años (en un piano cuyo mueble hizo mi papá, que llevó para que le pongan el teclado y el armonio a la casa de música de 5 y 46), hice control mental con el Dr. Juan Carlos Ermácora, fui coordinadora de ventas durante 40 años, primero de Vía Val Rosa y después de Tisú, llegué a tener a mi cargo 221 vendedoras.

Me casé, a los 22 años, con Juan Carlos Florín, en 1960. A mi marido lo conocí en la casa de mí concuñada que era mi profesora de piano, quien me lo presentó. Estuve casada 48 años. Perdí mi primera hija, que murió en el vientre y me la tuvieron que sacar con fórceps, hoy tendría 56 años. Pero gracias a Dios después tuve un hijo que me salió buenísimo.

Mi marido era presidente de la Filial de Gimnasia en Tolosa, era fanático de Gimnasia, todos somos de Gimnasia en casa, mi marido salía del barrio con 5 o 6 micros llenos de hinchas para ir a ver todos los partidos tanto de local como de visitante. A donde jugaba Gimnasia allá iba y yo lo acompañaba a todos lados.

En la infancia jugaba a la mancha, a la soga, a cazar mariposas con mis primeros amiguitos que fueron los chicos de Cianeli, los chicos de Tirado, los chicos de Cuello. Acá viven las familias de siempre, los Pérez, los Moran, los Bianchi, los Cuello, nos conocemos todos y con todos me llevo bien. Quiero a todos a mis vecinos como realmente lo que son, son gente como tiene que ser la gente: buena.

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