Historias de Tolosa: Pablo Lima

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 5 de noviembre de 2016

Las primeras veces que entré al El Churrasco tenía 13 años. La sensación que tuve fue que no pertenecía al lugar, porque yo había armado mis amigos en otro lado y me encontré con una situación distinta a la que tenía que adaptarme, pero, a su vez, lo que me pasó es que como siempre viví en barrios humildes me fue fácil la adaptación.

Victoria Ocampo

Nací en Berazategui, en el barrio Luz, que era una favela de monobloc, después viví en un barrio de casitas sociales en el pueblo de Torquinst, donde estuve tres años.

De ahí me vine a Ringuelet a vivir frente al Arroyo del Gato en una villa que se estaba formando. Después me instalé en El Churrasco, en el año 98, con mis viejos, en la casa que era de mi abuela, una casa prefabricada que con el tiempo se fue revistiendo.

Cuando llegué eran calles de barro, había mucho chaperío y viviendas muy humildes. Tenía entonces 16 años y me encariñé mucho con el barrio. Empecé a trabajar en una panadería a los 13 años y trabajé de panadero hasta los 27. Después trabajé de limpieza en el museo. Hace cuatro años empecé a trabajar en la División de Infraestructura del Senado.

Había vivido con mi papá hasta los 30 y me fui a alquilar a 59, entre 21 y 22. Estuve alquilando un año y medio y no me pude adaptar. No me hallaba en esa zona, que es muy linda, me quedaba todo cerca pero no conocía a quien tenía al lado y vivía con un miedo que no sentía en el barrio.

Eso nunca me pasó en El Churrasco a pesar de que tiene fama de ser peligroso, a pesar de que sabés que pasan cosas, llegaba a las 3 de la mañana en bicicleta del trabajo y me sentía en mi lugar, por más que estaban los pibes en la esquina conocía el ambiente y no tenía miedo.

En cambio, cuando llegaba a la misma hora a donde alquilaba en el centro y veía un grupo de pibes en una esquina me decía “algo raro va pasar acá”.

Ahí me di cuenta el valor que tiene el barrio. Uno se da cuenta que está en un barrio cuando ve caminando a la gente por la calle. Si la gente camina por la calle cuando va hacer los mandados eso es un barrio.

En el centro no hay gente tomando mate en la vereda, si ves a la gente tomando mate en la vereda o si los pibes juegan a la pelota en la calle estas en un barrio. En El Churrasco tenés que manejar con cuidado porque los chicos juegan a la pelota en la calle.

Cuando vos sos parte de algo te parece normal, cuando empezás a caminar por otros lugares te das cuenta lo que tenés, lo que sucede a tu alrededor. La gente en el barrio siente una libertad y una seguridad que no existen en otros lados.

Victoria Ocampo

Lo llamativo en El Churrasco es que sigue siendo un barrio y está a 30 cuadras del centro. En general te tenés que ir más lejos del centro para encontrar barrios. Como El Churrasco es muy antiguo quedó muy cerca de la ciudad de La Plata.

Cuando yo vine a vivir aquí el terreno de al lado de mi casa valía 800 pesos, hoy un terreno en El Churrasco vale 57 mil dólares. El barrio ha progresado mucho, cuando llegué eran muchas más las casillas que las casas de material. Hoy se ven muchas más casas revestidas y de material que casillas.

Hice mis primeros amigos en el colegio. Enfrente de mi casa vivía Martín, que tiene mi edad, con el que hice amistad. Conocí a la familia Reinaldi, a los que le dicen Los Chimangos. Es una familia numerosa y muy conocida. A través de ellos hice más amigos.

Formé una banda en el 99 y ensayábamos en mi casa, era el único conjunto musical de la zona (había músicos pero no una banda) y como al lado hay un almacén era típico que la gente que pasaba a comprar se quedara escuchando el ensayo.

Cuando surgió la idea del Koni Nievas de festejar el cumpleaños del barrio, en el 2007, los vecinos nos vinieron a pedir que tocáramos ese día y yo había escrito, en el 2001, una canción al barrio que nadie conocía.

Nosotros la tocábamos en los bares de La Plata y la gente del barrio no va a bailar al centro, por un montón de cuestiones. Primero por lo económico, segundo por el transporte, a la vuelta los taxis no te quieren traer y los micros dejan de circular a la madrugada. Por eso los pibes van a bailar a Millenium, que es una bailanta que está en Centenario y 511 y van y vuelven caminando.

Victoria Ocampo

Cuando nos presentamos en el cumpleaños del barrio la mayoría no nos conocía y cuando tocamos “Mi barrio” la gente se emocionó y la tuvimos que tocar dos veces. Ahí sentí como que el barrio me adoptó. Ahora la canción la conocen todos.

A partir de entonces me venían a buscar a las 12 la noche y me decían “Pablito, vení a tocar la canción del barrio en el cumpleaños que estamos festejando”. A veces estoy durmiendo en mi casa y siento que pasa un auto con la canción al palo o voy caminando y escucho que en una casa la están escuchando.

Una noche venía de bailar, a las 4 de la mañana, y vi que cuatro, que estaban arruinados, se me venían arrimando, y cuando estuvieron a mi lado los cuatro me empezaron a cantar la canción que dice “vení, conocé mi barrio, vos que del country no salís, vos que no te faltan zapatillas, ni colchón, vení conoce mi barrio y después hablás”.

No tengo familiares músicos, mi viejo nunca puso un disco pero siempre lo escuchaba cantar. Laburaba y silbaba un tango. Primero empecé escribir, dos hermanas más grandes que tengo me enseñaron a escribir muy pronto. A los cuatro años sabía escribir. Ellas jugaban a la maestra y me enseñaban.

Lo primero que empecé escribir fueron poesías. Después empecé a escribir canciones. Hasta que una tía mía me regaló un teclado de juguete. Yo jugaba con el teclado, pero un día viene un hombre a mi casa y se puso a tocar una canción de la Mona Jiménez, ¿Quién se ha tomado todo el vino?

Cuando el tipo se fue me puse a tocar el teclado y saqué a la melodía. Y dije “¡Mirá pa, esto es lo que tocaba el hombre!“ A mi papá le llamó la atención y me mandó a estudiar con un profesor particular. Con el que estudié un año, pero mi viejo no me podía comprar un teclado de verdad y el profesor me dijo que no me podía enseñar más con el teclado de juguete.

Me seguía enseñando con el teclado de una alumna de él haciéndome ir a la clase media hora antes. Hasta que llegó un momento que me dijo “venís re bien, pero sin un teclado de verdad no podemos seguir”. Además tenía que rendir los exámenes y no podía porque había que pagarlos y mi viejo no me los podía pagar.

Tuve que dejar después de estudiar un año. Nunca más estudié música. Después todo lo que sé lo saqué de oído. Desde chiquito tuve el sueño de tener una banda. Nunca soñé con ser el mejor cantante, ni el mejor guitarrista, ni el mejor compositor, siempre soñé con tener una banda.

A los 12 años con unos amigos hicimos una banda pero que no tenía instrumentos. Teníamos arreglado quien iba hacer cada cosa. Éramos cuatro, en ese momento estaba en Torquinst, ninguno tenía un mango para comprarse el instrumento. Entre todos armamos una alcancía para juntar lo que los padres nos daban de vez en cuando para ir comprando los instrumentos.

Uno que andaba bien económicamente además de juntar para el instrumento estaba juntando para las vacaciones. Cuando nos enteramos lo tomamos como una traición, le dijimos “nosotros nos privamos de comer un alfajor en el colegio por los instrumentos y vos ¡estás juntando para las vacaciones!”.

El que iba tocar la batería, que era el más bicho de todos, decía “primero hay que comprar la batería, porque sin batería no existe la banda”. Así que todos estábamos juntando plata para que él se compre la batería primero.

Mi viejo, que venía mucho a La Plata, me decía que me iba comprar una guitarra eléctrica, entonces los cuatro íbamos a esperarlo cuando llegaba en el micro para ver si lo había hecho. Nunca la compró pero siempre íbamos esperarlo sufriendo una decepción cada vez que llegaba.

Fuimos a ver a uno que tenía una banda en el pueblo, que se llamaba Los Pumas, y ahí me interesé por el tango. Los chabones hacían cumbia pero cuando terminaba el show siempre tocaban dos o tres tangos. El chabón tenía una voz zarpada, bien tanguera. Lo fuimos a ver al tipo para decirle que nos regale instrumentos.

El tipo se emocionó, juntó unos parches, unos palitos, unos cencerros y nos los dio. Éramos Gardel, hasta que un día, me acuerdo, que fuimos a la casa de unos amigos de mi hermana, donde ensayaban dos pibes que tenían guitarras eléctricas de verdad. Fue como sentir una patada en el corazón verlos, porque me di cuenta que estábamos re lejos de conseguir instrumentos.

Me di cuenta que no solamente había que comprar una guitarra eléctrica, también había que comprar cables, parlantes, pedales, un montón de cosas que ni las registrábamos. Fue durísimo, cuando salimos nos abrazamos llorando. Estábamos re lejos de tener una banda.

Entonces, cuando cumplí los 12, me vine a vivir a La Plata. Así que nos juntamos porque uno de los integrantes se iba de la banda que había estado un año ensayando, sin instrumentos. Poníamos la música y hacíamos que tocábamos. Y nos preguntamos “¿qué hacemos con la plata?”.

Después de juntar durante un año teníamos 83 pesos. Una batería valía 500. Con 12 años de edad decidimos que, en vez de dividir la plata, iríamos a comprar whisky y cigarros para re mamamos.

Cuando vine empecé a trabajar, lo que para mí fue un alivio porque al poder comprarme con lo que ganaba, por ejemplo, zapatillas, ayudaba a mi familia, no dándole plata, sino evitando que la gasten en mí.

Cuando empecé a trabajar en la panadería lo primero que se me cruzó por la cabeza fue “quiero la guitarra eléctrica”. Ganaba 40 pesos a la semana en la panadería. Una guitarra salía 250.

Cuando estaba por llegar a los 250, mi viejo me decía “Pablo, estamos en la lona me vas a tener que prestar” y tenía que seguir juntando, hasta que lo logré y me fui a comprar una guitarra eléctrica.

Estuve mucho tiempo tocando sólo de oído. Un chabón me dijo “si ponés un dedo acá y otro acá tocás punk rock”. Así empecé a tocar punk rock. En el colegio había unos chabones que estaban formando un grupo pero sólo tenían la batería.

Cuando se enteran que yo tenía una guitarra eléctrica no me dijeron “che, vení a tocar con nosotros”, lo que me dijeron fue “¿nos prestás la guitarra eléctrica?”. Yo les dije “si, pero la guitarra va conmigo” y ellos me dijeron “bueno, dale, vení a vernos tocar”.

Fuimos a la casa del baterista y enchufamos la guitarra. El baterista tocaba y el guitarrista tocaba dos acordes y volvía empezar otra vez, con los mismos dos acordes y volvía empezar. No salía nada y yo miraba.

Entonces entra el tío de Nahuel, que era el baterista, y pregunta “¿y esa guitarra de quién es?. Me señalan y dice “¿y porque no lo dejan tocar a él?”. Y le dije “yo lo único que se tocar es punk rock”. Y el tío dice “¿qué es eso?”. Le dije “pará que te muestro”. Y empecé a tocar y el baterista se copó.

Tocamos un tema entero. El que había estado tocando la guitarra empezó tocar la armónica. Nos sentíamos emocionados porque estaba saliendo algo con la guitarra y la batería. Hicimos una vaca y fuimos a comprar un bajo empeñado. Nos costó 80 pesos, estaba hecho pelota, todo doblado, parecía un arco de flechas.

Tocábamos temas de 2 Minutos y Attaque 77. Pero no teníamos nombre hasta que el hermano del bajista nos dijo “ustedes se tienen que llamar Edipo y la vasta galería de los héroes trágicos”. Como nadie más tiró otro nombre el conjunto se llamó Edipo Rock.

Después se sumó un guitarrista que sabía mucho y del cual aprendimos mucho. Pero yo quería cantar, y lo único que hacía era gritar porque como no tenía micrófono sólo gritando se me escuchaba. Edipo empezó en el 99 y recién en el 2004 pudimos salir a tocar. Todos esos años fue conseguir instrumentos, ensayar, aprender la música. Cuando conseguimos micrófono empecé a cantar.

Tocamos hasta el 2012, anduvimos por todos lados, tocamos con Kapanga, con Las Pelotas, con La Mississippi, conocimos un montón de lugares. Estuvimos 15 años juntos tocando. Pero yo siempre en el barrio escuchaba cumbia.

Cuando en el 2000 aparece la cumbia villera me impactó mucho. Porque con la cumbia lo que pasaba en el barrio me lo estaba cantando. Las canciones estaban muy relacionadas con lo testimonial. Me gustaban Pala Ancha, Meta Guacha, Pibes Chorros, Supermercado. Pero los pibes de mi banda no acostumbraban a escuchar cumbia.

Yo conocía más bandas de cumbia en vivo que bandas de rock, porque en la bailanta pagaba 20 pesos la entrada y te veías tres bandas de cumbia. En un recital tenías que pagar 100 pesos y veías una banda sola. Por eso la cumbia es muy popular.

El rock en muy transgresor, la cumbia es más bien testimonial. El rock hace recitales masivos pero poco frecuentes. La cumbia se toca en miles de bailes pequeños pero todas las semanas.

La cumbia está muy emparentada con el tango, sacando la música si uno lee muchas de las letras de tango se parecen mucho a las letras de la cumbia. La cumbia te cuenta lo que no querés ver.

A la cumbia siempre la tuve presente pero no tenía con quien tocarla. Un día un flaco que estaba formando una banda de cumbia me dijo si quería tocar, le dije que sí y armamos El Emporio Tropical.

Empezó en el 2011, mezclábamos la cumbia con el teatro. Mientras tocábamos cumbia había actores que representaban escenas. La gente se cagaba de la risa, porque le dábamos un tono humorístico. Pero a mí me interesaba hacer algo distinto, más serio. Por eso no encajaba mucho y me distancié.

Me quedé sólo, tenía 32 años y quería armar otra banda. Pero me desalentaba otra vez empezar de cero. Hasta entonces sólo había tocado con amigos, y con el Emporio Tropical había empezado a tocar con músicos de facultad, profesionales. Me di cuenta que mucha gente quería tocar conmigo porque me conocían y que no era difícil empezar otra vez.

Ya había empezado con el bandoneón. Hace tres años y medio llegó el bandoneón a mi vida. El tango siempre estuvo presente en mí, siempre me llamó la atención. Me empecé a juntar con músicos que tocaban tango.

Un pianista tenía un bandoneón que no tocaba porque decía que era muy difícil. Se lo pedí prestado en un ensayo, era la primera vez que agarraba un bandoneón y jugando empecé a sacar cosas. Gustó lo que estaba haciendo y me empecé entusiasmar.

El bandoneón me pareció mágico, hasta el día de hoy no lo puedo creer. Me dijeron “¡loco!, vos te tenés que dedicar al bandoneón, no puede ser que la primera vez que agarrás uno salgas tocando”.

Los bandoneones salían 12 mil pesos, en esa época ganaba mil por mes. Estaba tan loco por un bandoneón que le hice vender un auto 404 a mi viejo para comprar uno. El auto no andaba porque no lo podíamos arreglar de tan estropeado que estaba. Le insistí tanto hasta que lo convencí.

Mi viejo me dijo “vendé el auto y compráte el bandoneón, me tenés podrido”. Lo vendí a 6500 pesos. El bandoneón más barato que había a la venta era de 9400. Justo de la casualidad me sale una changa por la que gané mil y con algo que me prestaron lo pude comprar.

Empecé a tocar tango con el bandoneón y empecé a pensar en meterle bandoneón a la cumbia. Nunca se había hecho porque es difícil, son dos ritmos distintos, uno es 2 × 4 y el otro está en tiempo de 4. Es re distinto.

Empecé a buscar músicos para armar una banda que mesclara cumbia con tango. Formé una banda y tocamos en una fiesta para probar como lo recibía el público en vivo. La gente quedó impactada, se emocionó, bailó y aplaudió. Le gustó tanto a los pibes como a la gente grande.

Esto fue hace un año y medio nada más. Le pusimos al grupo Agua Sucia y los Mareados, al principio no me gustaba el nombre, pero después empezó gustar. Agua sucia se le dice al vino barato que viene envasado en cartón.

En un año y medio con esta banda hicimos de todo, grabamos un disco, tocamos en un montón de lados. Grabamos un tema con Metaguacha. Llamamos mucho la atención porque tenemos un sonido diferente. Hasta a la gente tanguera le llamamos la atención, no solo al ambiente de la cumbia villera.

Estábamos tocando en un boliche y un pibe me dijo algo que me quedó grabado “vos trajiste el bandoneón otra vez al baile, eso no sucedía desde hacía 70 años, desde la época de mis abuelos que no salía un pibe a bailar escuchando un bandoneón”.

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