Historias de Tolosa: Pirula Otonello

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 1 de abril de 2017

Mi padre, José Aníbal Otonello, primero tuvo almacén con ramos generales en 2 y 37, pero después cuando yo tenía 11 años se mudó a 117 y 528. Así que me crié conociendo a toda la gente de aquella barriada.

El almacén de mi padre tenía uno de los pocos teléfonos que había. Vendía carbón, leña, productos de ferretería, kerosén, hielo, pan, todo con libreta. Sus clientes eran en su mayoría ferroviarios que pagaban puntualmente los principios de mes.

Todo era una gran familia, nos ayudábamos entre todos. Si alguien se enfermaba mi padre le daba la llave por si durante la noche necesitaba llamar al médico. Nunca nadie nos robó nada.

Recuerdo a mi padre diciéndome “hija, llevále este sánguche y esta copa de vino al vigilante que está en la esquina”. El policía era alguien que estaba integrado a nosotros. Se vivía distinto, era una comunidad a la que todos nos conocíamos.

Mi mamá, Carmen Rivelli, ayudaba a mi papá, yo fui única hija y me gustaba ayudarle en las tareas administrativas. Mi papá era huérfano, se vino a vivir a La Plata de Capital Federal, a diagonal 74, entre 67 y 68, mi mamá vivía en 23, entre 67 y 68, y se conocieron en un club de barrio.

Mi papá tenía un hermano que fue diputado peronista, Julio Otonello, mientras mi papá fue echado de su trabajo por radical. Sin embargo, los hermanos nunca discutieron por política, mantuvieron la unión familiar respetándose las ideas.

Mis padres me enseñaron que el trabajo no hacia mal a nadie, me enseñaron la honradez, yo pasaba las cantidades de los libros a las libretas y mi padre me decía “fíjate bien, no vayas agregar un peso”. También me enseñaron a ahorrar. Papi no quería nunca sacar crédito. Yo me acostumbré a eso, si no tengo la plata no compro.

La escuela primaria la hice en Escuela 5 de 38 y 1. Me acuerdo de la última maestra, la señorita Carmencita Castro. La secundaria la hice en el Normal 1 después de dar un examen de ingreso. Tras seis años nos daban el título de maestro y bachiller.

Terminé a los 18 años, empecé a ejercer en la Escuela 102 de 7 y 32. Me casé y tuve mi primer hijo. A los 25 años pido pasar a la Escuela 79 para estar más cerca de casa, donde empecé con tercer grado y enseguida me dieron sexto grado que tuve hasta que me jubilé.

La que nos enseñó a trabajar fue la directora de la Escuela 79, la señorita Josefa Mikita, que cuando entraba al aula con una voz muy suavecita decía “permiso, vengo a revisar los cuadernos”, y se sentaba al fondo. No estaba revisando los cuadernos, estaba escuchando como dábamos la clase.

La señorita Mikita cuando venía al patio y nos encontraba a las maestras charlando en el corredor en vez de estar dando clase, no nos decía a nosotras que estábamos hablando en vez de estar en las aulas, tocaba la campana y decía “chicos, no se están portando bien, ¿qué están haciendo?”.

Mandaba unas notas explicando diferentes temas de los grados que eran de una extraordinaria claridad. Ya no hay directoras de escuela como Mikita. Sabía perfectamente distinguir quién trabajaba y quién no, y con una voz muy suave decía las cosas.

Ahora, había que cumplirlas. Hubo quien le llegó a contestar, ella no se ofendía pero tenía que cumplirse lo que mandaba. Ya no hay directoras tan capacitadas como ella y dispuestas a cumplir su misión.

La Escuela 79 tenía una hermosa biblioteca a cargo de Cata y un hermoso comedor a cargo de Juanita. La señorita Mikita me tenía mucha confianza. Me había puesto como encargada de hacer las compras para abastecer el comedor. Mikita me decía “Pirula, ¿cómo andamos de plata?”, le decía “bien señorita”, entonces me decía “hoy los chicos comen ravioles con pollo, dígale a Juanita”.

Otro día me hace la misma pregunta y le contesto que bien, y me dice “hoy los chicos comen palmitos con mayonesa, dar de comer no es solamente polenta y fideos, que se acostumbren a que hay otros sabores”. La misma frase se la escuché años después al padre Cajade.

Difiero con aquellos que dicen en la escuela las clases más humildes rinden menos. Yo trabajé toda mi vida con alumnos de hogares humildes y me rendían al máximo, porque tenían madres encantadoras, que cuando me traían a sus hijos siempre me decía lo mismo: “señorita, si le faltan el respeto me lo dice, ellos viene acá aprender”.

Me acuerdo de todos mis alumnos. No tuve alumnos preferidos, o mejor dicho, todos mis alumnos fueron preferidos. Cuando me traían los regalos para el día del maestro yo lo primero que hacía era romper las tarjetas delante de ellos para no saber de quién eran los regalos. Así no se sabía quién había querido hacer un regalo y no había podido. Yo tenía el mismo cariño por todos. Siempre quise a mi profesión y la sigo queriendo.

Tolosa está muy linda. Pero le faltan algunas cosas. Una que le faltó siempre es una pileta de natación, todos los chicos de Tolosa han tenido que ir a otro lugar para bañarse durante el verano en una pileta. Otra cosa que falta es un gimnasio municipal donde todos los chicos puedan ir a hacer ejercicios, un gimnasio para todos, no para unos pocos.

También falta una plaza nueva en el campito de 528. Y otra cosa más que falta es una guardia nocturna que funcione en la Salita de la Delegación Municipal para que si un vecino se enferma de noche tenga a dónde acudir en el barrio.

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