Historias de Tolosa: Reinaldo Bongiorno

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 28 de mayo de 2017

En 1989 me compré una casa en Tolosa, en la que desde entonces vivo, en 2 bis casi esquina 528. Me la compré aquí porque me gustaba mucho lo que es el barrio y todavía me sigue gustando. Llegué a las antigüedades por pasión que, cuando joven, empezó con los autos, primero comprándomelos para mí, después teniendo taller y restaurándolos.

Por un problema de salud no pude seguir con esa clase de trabajo y empecé a vender algunas de las cosas que tenía. Así empecé a vender para subsistir y descubrí este mundo apasionante de las antigüedades, que es muy amplio, que es un abanico de generosas dimensiones.

En el año 2001, en la época en que estábamos despidiendo a De la Rúa, estaba participando en Tolosa Estación Cultural, éramos 24 puestos que nos instalábamos en la Plaza Iraola.

Fue la idea de un vecino, De la Vega, de la calle 529, el cometido era realzar al barrio a través de una propuesta cultural, primero se pensó hacer una muestra en lo que era la estación de trenes, después se pensó hacer la muestra en los viejos talleres ferroviarios y se terminó por optar por la plaza. Casi casualmente forme parte del grupo fundador.

No tenía mucho interés en estar en una plaza y menos vendiendo algo, pero a partir de ese primer intento me empezó a gustar mucho el contacto con la gente, el intercambiar las vivencias que eran de unos y de otros vecinos.

La cosa se fue incrementando de esa primera plaza que fue una manifestación cultural y que debido a la crisis económica del momento se transformó en una salida laboral para muchas personas. Tal es así que llegamos a ser 144 puestos.

Al poco tiempo tuvo tanta repercusión que venían de diferentes zonas de la ciudad de La Plata, desde lo que en aquel momento se llamaban Asambleas Barriales (que tenía una connotación política pero nosotros no teníamos ninguna connotación política) a pedirnos clases de asesoramiento sobre cómo funcionábamos.

Un grupo de nosotros, para facilitar la cosa, se desdoblaba y estaba en un lado y en el otro, logrando hacer crecer la idea en otros barrios, como en 39, 12 y 13, 38 y 25 y en 1 y 38. En todos esos lugares fue un éxito, un poco también por la necesidad laboral de la gente.

Hay que recordar que en aquel momento la gente recurría mucho al club del trueque y esto era una salida diferente a la del club del trueque. Mucha gente empezaba con las artesanías, hacer velitas, hacer tejidos, a vender antigüedades como yo.

En el término de un año y algo, nos convocan de la Asamblea Barrial del Hospital de Niños y ahí formamos la feria más grande que tuvo la ciudad de La Plata. Arrancamos en la esquina de 64 y 12, donde tenía mi puesto y llegamos a ser 450 puestos. El crecimiento fue explosivo.

Dejé de pertenecer a todo esto a fines del año 2002. Como seguía aprendiendo, me seguía gustando y se seguía ampliando el panorama en el 2003 me instalo con un negocio en San Telmo, donde estoy durante cinco años. Cada vez aprendiendo más, descubriendo como es esta actividad que, reitero, es un abanico muy amplio, en donde tenés desde la persona se quiere comprar un mueble hasta el que quiere comprar un dedal porque los colecciona.

He tenido clientes coleccionistas de dedales, botones, instrumentos musicales, cuadros, manuscritos, muñecas, libros, de cosas de papel, de luminarias, de autitos, de grandes muebles, de cualquier cosa. Hay gente mayor que sigue apasionada por los juguetes que le traen recuerdos de su infancia, y busca recuperar un juguete similar al que, con el paso del tiempo, ha perdido, se le ha roto, o no ha podido tener en su infancia.

En mis dos últimos años en San Telmo me dediqué a la papelería: libros, fotos, postales, estampillas, manuscritos añosos. Las cosas de papel me cuesta venderlas, las tengo un tiempo hasta que decido soltarles la mano porque me gusta disfrutarlas, analizarlas, contemplarlas.

Cuando cumplí el ciclo en San Telmo me instalé en el garaje de mi casa, desde entonces el auto de la familia duerme afuera, a la intemperie.

A mí me atrae descubrir y he visto que a los clientes que entran aquí también le gusta descubrir, tenemos en común tanto los que vienen a comprar algo, como nosotros que les vendemos, la pasión por descubrir la pieza. Uno le puede exhibir todo a la gente pero si la gente ve una caja dentro de la cual hay cosas que no puede ver se pone a buscar ahí porque tiene la necesidad de descubrir algo. Esa es la pasión que nos mueve: la necesidad de descubrir.

Este autito que ves aquí es una réplica de los autos con los que corría Fangio, lo que tiene de particular es que está hecho un baquelita, que es un material anterior al plástico. Esto significa que está hecho en la década de 1950. Tiene 60 años de edad por lo menos. La baquelita se usó para hacer juguetes desde fines del 40 hasta mitad de los años 50.

 

Aquí hay un cartel de Coca-Cola con letras en relieve, es de la década del 60, lo sé por la arquitectura del cartel. En la ciudad La Plata sólo había 7 carteles de este tipo en venta, yo pude comprar 3. Hay coleccionistas de carteles.

 

Esto es una tarjeta personal de Carlos Gardel, la acabo de comprar y se a quien se la voy a vender. Estas cosas sólo se venden a personas a quienes se les tiene confianza de que las van a cuidar.

 

Cuando estuve en San Telmo, se me hizo muy pesado pagar el local, así que tomaba un bolsito y salía a tratar de vender a otros negocios importantes algunas piezas que yo tenía, para pagar el alquiler. Yo era el vendedor más chiquito de San Telmo pero así fui conociendo a los más importantes coleccionistas de Buenos Aires.

La necesidad me llevó a caminar, caminar y caminar la Capital Federal durante muchos días. Tengo la suerte de conocer a importantes coleccionistas, hay cosas antiguas que sólo se pueden comprar y sólo se pueden vender a personas muy conocidas.

A uno de los libreros más grandes que hubo en la Argentina, Antonio Milio, que estaba en Marcelo T de Alvear y Talcahuano, yo le vendía algunas cosas, sólo compraba libros europeos de 1700, pero era una persona muy generosa, él me enviaba a otros libreros para que vendiera.

Yo lo único que tenía era mis dos piernas y la voluntad, empecé en esto muy grande, me gustaba aprender, descubrir, pero tuve la suerte de que alguien, Antonio Milio, fuera generoso conmigo, que fue la llave que me permitió vincularme con otros libreros importantes.

Me acuerdo de un 24 de diciembre en el que estaba conversando con él y le mostré algunas estampillas, y me dijo: “¿por qué no se la vas a ofrecer a Fulano de tal en la calle Maipú y Córdoba donde hay una galería con varios negocios de filatelia?”. Yo le dije: “Antonio, ¿si esta estampilla vale tanto porque no me la compra usted?”, y me contestó: “Porque hoy es Navidad, y ahí te van a pagar mucho más que yo”.

Así se ganó mi corazón y por eso hoy le rindo mi homenaje. Tenía una de las famosas estampillas Rivadavia del año 1860, gracias a esa estampilla pude pasar esas fiestas haciéndole muchos regalos a mi familia y llenando la mesa navideña comida. En este trabajo, también, siempre me ayudó y acompañó mucho mi hermano y amigo Pablo.

Yo podría tener otra clase de negocio, mucho más rentable, con el mismo capital, pero me gusta esto, me gusta descubrir. A los anticuarios de primer nivel le pasa lo mismo, por ejemplo a Guevara, de Capital Federal, una persona que no necesita vender absolutamente más nada, sigue con el negocio más importante que hay acá, sólo por la curiosidad, por la admiración por el objeto hecho por un artesano de hace 70, 80 años, por la admiración a los orfebres, los carpinteros, los maestros de esa época, contemplar estos objetos a Guevara todavía le debe despertar algo en algún rincón de su ser.

Para descubrir hay que saber mirar. Hay un libro de Borges que se llama Fervor de Buenos Aires, lo editó en el año 1923, hizo 300 ejemplares porque sólo tenía 300 $ que le había regalado su padre, esos ejemplares los regaló, la mayoría de ellos están dedicados por él, con una letra minúscula.

Un coleccionista de Capital Federal yendo por la ruta se mete en una compraventa, y pregunta cuánto valen los libros que tenían ahí, le piden una cifra ridícula, el coleccionista los había revisado y había detectado que estaba Fervor de Buenos Aires, sólo ese libro le interesaba pero estaba incluido en el lote con muchos libros más, se llevó el lote entero y después vendió ese ejemplar de Borges por 12.000 dólares. La basura de uno es la riqueza de otro. Esto no pasa todos los días, por ejemplo, a mí nunca me pasó.

Este tren es un tren Mataraso, está hecho en la década del 50 en Argentina, de este modelo de tren hay tres versiones diferentes, lo peculiar es que antes de este tren la industria del juguete en la Argentina no existía, se importaba todo, pero a raíz del gobierno peronista, que implementó como política social impulsar la industria del juguete para que sean regalados por la Fundación Evita a los chicos de aquella época, se empezaron a fabricar aqui, hoy esos juguetes son artículos coleccionables.

Estos autitos de carrera son de 1932, están hechos en Inglaterra, andá a saber por dónde anduvo la caja y ahora está acá, prácticamente sin uso, después de tanto años siguen casi nuevos.

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