Historias de Tolosa: Roberto Gerardo Abrodos

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Entrevista de Oscar Labadie publicada el 3 de septiembre de 2016

Nací en La Plata. Cuando mi madre y mi padre tuvieron que salir para la maternidad tomaron el Micro 20. Nací en un lejano 2 de abril de 1952 a las 6:30 de la mañana. En aquel tiempo no había tantos taxis como hoy y mucho menos a esa hora de la mañana.

Los primeros seis meses viví en 528, 118 y 119. Después mis padres se mudaron más abajo, a un lugar donde mi mamá veía bajar a mi papá en la Estación Tolosa: 117 entre 524 y 525. Era una casa de material que se hicieron mis padres con un préstamo hipotecario. Tenía un fondo muy largo de 10 × 60.

En aquel momento saliendo por la puerta de atrás de la casa se veía la estación. Ahí transcurrió mi infancia. En ese fondo hice las mil y unas. Tuve una infancia llena de árboles, de espacios abiertos, de poca gente, de calles de barro. Me gustaba mucho jugar arriba de los árboles.

Mis padres compraron una televisión que influyó mucho en mis juegos, por las series de acción, y como todo chico quería copiar lo que veía en la tele. Jugaba a la guerra y en uno de mis juegos guerreros para darle más realismo llegué a prender fuego el terreno del fondo de la casa del lado.

Actualmente soy igual, aunque grande, como todos los hombres, tengo un niño adentro. Quien me mire la panza puede llegar a decir que tengo 2 o 3.

Mi papá, Roberto Abrodos, trabajaba en la maltería de Otto Benberg en Hudson, por eso era usuario del Ferrocarril Roca. Así que tomó el tren, durante muchísimos años, todos los días, para ir a su trabajo. Se encargaba de hacer la malta para la futura cerveza.

Mi madre, Catalina Withington era ama de casa. Había muchos ingleses en Tolosa. Mis abuelos maternos eran ingleses, porque el ferrocarril era de los ingleses. Mi abuelo inglés era maquinista, cuando ser maquinista era lo máximo, conducía las antiguas locomotoras a vapor.

Mis padres eran grandes cuando vine al mundo. Yo fui el hijo después de muchos años de mi vieja. Le agarró la rechifla un día y le dice a mi papá: “quiero tener un hijo”. Ya tenían a mi hermana de 15 años. Mi viejo le dice: “¡vieja, dejáte de embromar!”. Mi vieja le dijo: “yo lo quiero tener”. Fueron a ver al doctor Sablumovich que les dijo “ustedes pueden tener como dos chicos todavía”. Mi vieja tenía 41 años. Por ese capricho aquí estoy.

Me comenzaron a llevar al jardín de infantes que estaba en la diagonal 74, al lado del Teatro Princesa. Íbamos a tomar el tranvía a 1 y 528. El jardín pertenecía a una iglesia protestante.

Me llevaban con la hija de otra inglesa, de apellido Davis. Nuestras madres se turnaban, una cada día, para llevarnos a los dos. Nosotros nos peleábamos por ir del lado de la ventanilla. A veces me iba buscar mi cuñado en bicicleta y me traía sentado en el caño.

Mi vieja me iba a anotar en la Escuela 79 pero fue a buscar, no sé porque, la fe de bautismo al Iglesia del Carmen y estaba la señorita Mabel Sagardun quien le dijo “¿porque no lo anota acá al nene que vamos a abrir una escuela primaria?” Entonces mi vieja me anotó ahí.

Nunca me gustó la escuela, siempre fui bastante rebelde para ir a las clases. Iba con el guardapolvo gris. Estaba el padre Santolín que nos hablaba mucho de religión.

Hice la primaria ahí hasta cuarto grado. En cuarto grado los alumnos participaban en una procesión en el mes de julio. Mi madre la fue a ver. Estando a un costado de la calle me vio pasar en último lugar, al fondo de todo. Eso no le gustó nada y me sacó, pasándome a la Escuela 124, que está en la calle 118 entre 522 y 523.

En aquel tiempo era de madera y me gustó mucho. Hice una escuela pública y estatal hermosa ahí. Me acuerdo que salía al recreo y miraba por una verja que daba a la calle, miraba con ansias de estar del otro lado, libre, como las liebres que veía pasar por el campo desde el patio de la escuela. Hoy enfrente de esa escuela está lleno de casas.

Cuando terminé la primaria mis viejos me preguntaron que iba hacer: si iba a trabajar o a estudiar. Yo les dije que quería trabajar. Para prepararme para trabajar fui a la academia de dactilografía de Otilia Ahury que estaba en la calle 2 entre 529 y 530, frente a la herrería. Yo me iba caminando desde mi casa hasta la academia, cruzando por todos los pinos, pasaba por debajo de los vagones.

Mi primer trabajo lo tuve a los 12 años, tenía que ir a la Dirección General Impositiva que estaban en 49 entre 6 y 7, en frente del Pasaje, mi trabajo era sellar las estampillas de vino.

Se le cobraba un impuesto al vino fraccionado al que se le ponía una etiqueta que debía ir sellada. Ese sello lo ponía yo. Trabajaba en una mesa en donde con un rodillo circular tenía que ir sellando unas planchas grandes.

Tenía que sellar la bodega Dioguardi Roman (que eran los Vinos Gol), la bodega Ferrer, la bodega Valentíni, la bodega Gino Paulini, la bodega Falabella. Trabajé en eso hasta los 15 años.

Mi papá después que terminó unas vacaciones estaba agarrando el paquete para irse al trabajo cuando le llega el telegrama de que lo habían despedido. Había cerrado la fábrica de malta. Y papá era un nombre grande, tenía más de 40 años. En esa época, y hoy en día también, a esa edad ya no te toma nadie. Como había sido un gran jugador de fútbol de Los Tolosanos tenía muchos amigos y muchos lo conocían en el barrio.

Un amigo, Gregorio Esparsa, que estaba de subdirector en el telégrafo se enteró que estaba desesperado y lo hizo entrar en el telégrafo. Y después me hacen entrar a mí. El telégrafo estaba en la diagonal 80 entre 116 y 117. Entré como mensajero. En aquel tiempo se usaba el telegrama tanto en Nación como en Provincia.

Salía con la bicicleta a recorrer toda la ciudad repartiendo telegramas. Tenía 16 años. Mi mamá sufría porque no quería que el nene anduviera por la calle. Así estuve siete meses andando por todos lados con la bicicleta. Estaba de 14 a 20 horas, tenía que salir aunque lloviera. Me dieron la ropa: capote, sombrero, botas.

Mi mamá decía “yo no quiero que esté la calle, a ver si le pasa algo”. Pero en aquella época no pasaba nada, había pocos autos, poca gente, no era peligroso. Pero tanto insistió mi mamá que me pasaron a la Casa de Gobierno, como anunciador.

Estaba en una mesita a la entrada con una forma (formulario) que tenían que llenar la gente que iba a ver al director general, al subsecretario de gobierno, al subsecretario de justicia.

Tenía que decirle “señor, buenas tardes, ¿en qué puedo serle útil?”, la persona me decía “vengo a ver a fulanito”, le preguntaba “¿cuál es el tema?”, entonces llenaba el formulario y se lo llevaba a la secretaria correspondiente, así sabían a quién iban a recibir y porque motivo.

Estuve ahí un tiempo pero no me gustaba mucho. Me pasaron a la imprenta que estaba arriba, una imprenta chica que hacía la formulación para toda la Casa de Gobierno. Teníamos dos mimeógrafos y una rotaprint con la que hacíamos las fotocopias húmedas (no eran electrostáticas como ahora). Eso sí me gustaba: manejar esas máquinas.

El 13 de septiembre de 1974 se quema la Casa de Gobierno, la mansarda se prende fuego por la imprenta, los días viernes la máquina se limpiaba, se les sacaba la tinta, porque si se dejaba los sábados y los domingos sucia la tinta se pegaba y no se la podía sacar. En una de esas limpiezas se prendió fuego. Eso me dio mucha pena, ese día me volví a mi casa con lágrimas en los ojos.

Pensé que nos iban a echar a todos, pero no. Nos pasaron abajo de todo. Para ese momento llegan las primeras Xerox, que sacaban fotocopias electrostáticas. Se fue armando otra vez el taller despacito.

Pero yo pedí el pase al Ministerio de Economía que tenía una imprenta muy grande que ocupaba toda la calle 45 de 7 a 8. La gráfica me encantaba. Hacíamos los formularios con los que se cobraban todos los impuestos. Ahí trabajé hasta que me jubilé a los 50 años.

Me casé a los 27 años con Susana Sianca, que vivía en la calle 528 entre 119 y 120. Tuve una hija. Me fui a vivir a un departamento que me había comprado con un crédito que lo habría tenido que pagar toda la vida, pero vino el “rodrigazo”, y la deuda, que era una fortuna, se convirtió, de repente, en dos monedas que pague enseguida.

En el año 1991 quedo viudo con la nena de ocho años. Empecé a tratar de dar vuelta la hoja, traté de ser madre y padre al mismo tiempo. Dos veces por semana le traía la nena a mi madre (que ya estaba viejita y me ayudaba lo que podía), el resto de los días mientras trabajaba la cuidaba una señora.

Tenía 39 años. No podía llorar todo el día, tenía que laburar y criar a la nena. Caigo medio enfermo porque quería hacer demasiadas cosas a la vez. Estaba en el trabajo, miraba por la ventana en el laburo, sentía que hacía frío y le decía a mis compañeros de trabajo que tenía que ir a buscar a mi nena al colegio.

Quería armar la familia otra vez. Necesitaba armar la familia otra vez. Tuve la suerte de conocer una persona divorciada, que no tenía hijos y que es mi señora actual, con la que soy muy feliz. Nos presentaron, empezamos a salir y le dije “mirá que yo vengo con una valijita, tiene ocho años, se llama Cecilia”.

Nos fuimos conociendo y nos gustamos. Pero estaba la piba. Los hijos te ayudan: ellos quieren ver al padre feliz. Fui con Graciela a buscar a mi hija a un cumpleaños y se la presenté. Después le pregunte a mi hija “¿te gusta mi novia?”. Me contestó “¡si papá!”. Entonces le dije “vamos a estar los tres juntos siempre”.

Así fue. Conocer a Graciela fue como volver a nacer otra vez. De dos casas hicimos una, de dos autos hicimos uno. Ella crió a mi hija que hoy es abogada y está casada. Poder armar de nuevo a la familia fue para mí una alegría enorme.

1 COMENTARIO

  1. Acabo de ver, por primera vez, la nota del señor Abrodos, la que data de algo más de tres años atrás. Supongo que alguna vez nos habremos visto ya que, aunque le llevo unos cuantos años, también trabajé en el viejo Telégrafo de la Provincia, en el que fui telegrafista, conocí al Sr. Sparza a quién él menciona, -una gran persona- y también estuve en la Casa de Gobierno el día en que se incendió la mansarda ya que el Telégrafo contaba con una oficina en dicho edificio donde me desempeñaba en el turno mañana. Recuerdo al personal de Prensa con el que éramos vecinos. Y, otra casualidad, también tuve como vecino pero en mi barrio y hasta que falleció recientemente, a un señor que trabajó muchos años en la imprenta de Economía al que seguramente el señor Abrodos conoció. No nací en Tolosa pero soy tolosano por adopción y aprovecho para enviarle un afectuoso saludo al convecino que con su biografía me generó gratos recuerdos.

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