Historias de Tolosa XXXIII: Agustín Vazzano y el Ciclo de Cine Caminante

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Recopilación de Oscar Labadie

Yo nací acá, en una casita que alquilaban mis viejos en 1 32 y 33, frente al tren. De la calle 1 tengo un único recuerdo: el ruido del tren, que era constante, iba y venía la locomotora.

Unos años después mis viejos construyeron en la calle 115 bis y ahí empiezan el resto de mis recuerdos infantiles. Me acuerdo de ese lugar como un lugar en el que podía estar muy libre, vivía en la vereda, hasta teníamos una casita en el árbol.

Yo soy uno de ocho hermanos, pero mi infancia la recuerdo estando junto a mis dos hermanas, una la mayor y otra menor. Y se jugaba al elástico, a la rayuela, con el carrito a rulemanes íbamos a 33 entre 1 y 2, que era como una montaña rusa, la bajada de la muerte.

Me acuerdo de estar en la vereda hasta que me llamaban a merendar. Luego nos volvíamos a rajar a la vereda donde nos quedábamos hasta prácticamente la noche. Había amigos de una y otra cuadra, a los que íbamos a visitar directamente, le caías sin avisar a la casa del otro y las mamás te invitaban a merendar o a cenar.

Tuve realmente una vivencia de barrio. Yo la comparo con la infancia de mi hija y veo que ahora son chicos de departamento, siempre bajo la compañía de alguien más grande, mi hija no da ni la vuelta la manzana sola.

También me acuerdo de muchos viejos en la vereda. Muchos jubilados ferroviarios que te cuidaban y eras para ellos un nieto postizo. El trato con ellos era de mucha complicidad, te contaban sus historias. Me acuerdo de uno de ellos contándome sobre cómo funcionaba la locomotora a vapor. Yo nunca había visto una y me la representaba, en la cabeza a la máquina fantástica, como un dragón sobre rieles.

Todo esto es para mí es Tolosa. Después cuando fui creciendo la calle se fue convirtiendo en un lugar en el que conviene no quedarse mucho, empiezan los 600 canales de televisión que te venden miedo (el que mira mucha televisión en general tiene miedo de salir a la calle).

Ahora el entretenimiento es adentro de la casa. La vereda y la plaza empezaron a ser un espacio menos transitado. Ya no son lugares para pasar horas enteras mientras la infancia transcurre.

Viví casi siempre en Tolosa, después me casé, estuve unos años viviendo en el centro de La Plata, y cuando me fue mal en el matrimonio, volví al barrio y aquí sigo. Y desde hace un tiempo estoy con un romance con Tolosa.

Cuando estuve en el Centro lo extrañaba al barrio. El centro es un lugar funcional, los motivos para estar allí tenían que ver con el laburo, con los estudios pero a gusto no se está.

Tengo un amigo que de joven se fue a Europa a laburar, a probar suerte, y estuvo muchos años allá. Y en alguna de las ocasionales venidas yo lo veía y me acuerdo de una conversación en la que me afirmaba que el barrio no existe, que es un bolazo, un invento de uno.

El barrio lo llevas vos, lo generás vos, si uno se va a un pueblito al sur de Italia te encontrás otro tipo que viene de otro lado y que también está nostálgico con el que terminás interactuando, lo invitás morfar, después se juntan con otros y cuando te querés dar cuenta la esencia del barrio está ahí. Llevaste el barrio a ese nuevo lugar.

Y a mí me pareció tan creíble como ajeno a mí, indudablemente es una posibilidad esa, pero no era la mía. No es lo que a mí me pasa. A mí me sigue gustando acá, Tolosa.

Donde yo vivo todavía está un poco demorado, retrasado en su dinámica con respecto del otro lado de la vía. Todavía tiene un ritmo un poquito más pausado, la vía pareciera que contiene un poco.

No formé parte de una barra porque tengo amigos de estilos muy dispersos. Era muy malo para los deportes, que fue lo primero que intenté. No pateaba bien la pelota, y aun así arranqué como defensor en el fútbol. Pero no arranqué bien. En un partido, que creo era importante, en el Círculo Cultural Tolosano, metí un gol en contra y todo se congeló.

Yo estaba un poco intimidado por la tensión que había en la cancha, había padres contra el alambrado, que parecían bulldogs, y gritaban: “matálo, matálo”. Yo era un niñito flaquito como una lauchita y los veía así, a todos sacados. Estaba mi vieja mirando y yo estaba contento vestido de futbolista, pero la pelota no me pasaba ni cerca. La pelota siempre lejos.

Entonces yo me distraía, se me iba la cabeza, pensaba en cualquier cosa. Y por ahí, en un momento, veo que viene la pelota de una manera celestial hacia mí, la paro, veo que viene la horda de pibitos, los papá gritaban, y yo me digo: “este es el momento”, miro el arquero, el arquero me mira a mí con cara de ¿qué pasa?, tiro bien para atrás la pata y golpeo con fuerza la pelota y grito el gol.

Grité sólo en medio de un silencio total. Había pateado contra mi propio arco. Lo comprendí de a poco, me puse a mirar y nadie reaccionaba como yo esperaba, lo miré el entrenador y lo vi que me llamaba con la mano, gritando: “¡vení!”.

Me voy acercando al entrenador que tenía la cara desfigurada y de un color rojo intenso, pero a último momento desvió la marcha y dobló en dirección a donde estaba mi mamá.

Me acerco a ella y le digo: “mamá el entrenador quiere hablar con vos y yo no quiero jugar más al fútbol”. Y me fui. No le di la oportunidad al entrenador a que me dijera algo pero igual imagino lo que me iba decir. Así me di cuenta que el fútbol no era lo mío.

Después cuando tenía siete u ocho años descubrí la lectura. En la casa de mis viejos hay muchos libros. A mi viejo le gusta mucho leer. Y en los momentos en que yo lo veía leyendo me daba cuenta que la pasaba bien, lo veía leyendo y por ahí se reía o levantaba la ceja, y me dije: “acá hay algo, acá pasa algo”.

Hasta entonces había leído cosas para chicos, y agarré el primer libro en serio, “Las aventuras Huckleberry Finn”, de Mark Twain, que un poco me asustaba porque era muy gordito y no tenía ninguna ilustración, pero me lo puse a leer en mi pieza, tirado en la cama, que está al lado de una ventana.

Me embalé con la lectura, me enganché, y cada vez se iba yendo más la luz a medida que caía la tarde haciéndose la noche. Como me costaba seguir leyendo empecé a acercar el libro a los ojos más y más, y en un momento de tan cerca que lo tenía siento el olor del libro, que era un libro viejo de páginas amarillas.

A partir de entonces el olor de un libro viejo me hace recordar aquel atardecer leyendo, me hace acordar aquella tarde en que descubrí que me gustaba leer. Era como haber viajado. La lectura es un hábito solitario. El lector es un solitario. No leés con un alguien al lado.

Yo quedaba conmocionado con la lectura, cuando yo dejaba el libro de “Huckleberry Finn”, habían andado en balsa, me había afanado las manzanas del vecino, habían andado por el Mississippi. Y después me preguntaba ¿a quién le cuento esto? Era difícil compartirlo. La lectura fue una salida del pésimo desempeño deportivo. Una salida saludable.

Más de adolescente me enganché con la música. Me compré una guitarra, me quedé con los vueltos de los mandados durante un año y medio, así pude juntar los 150 pesos que valía una guitarra eléctrica de marca Yakinowa, que era intocable, pero muy bonita.

No le podía meter los dedos, tengo una mano inmensa, una mano de mono y eso me obligó a empezar a tocar de una manera rara hasta que una amiga de mi hermana escuchó y me dijo “para tocar así una guitarra mejor comprate un bajo porque vas a tener más espacio” y así descubrí el bajo.

Descubrí enseguida que la música es súper fácil de compartir, te hermana más con otro en la situación de escuchar o de hacer sonar lo mismo. Así lo conocí a Fernando Demarchi, un vecino, y con el tocábamos en un grupo llamado La Visión. Tocábamos canciones de Joaquín Sabina, y la pasamos muy bien, nos seguía mucha gente. Fue una época hermosa.

El cine lo descubrí hace pocos años. Yo empecé a trabajar en una empresa de transporte de la que nunca nadie se había ido en buenos términos. Si se iban se iban haciendo despelote. Yo me voy voluntariamente, y la empresa me regala un dinero en reconocimiento de haberme ido sin generar conflictos.

No sabía qué hacer con esa plata, no era suficiente para grandes cosas, pero era un poco de plata. Y un día me estaba duchando y de repente aparece la idea de comprarme un proyector y empezar a pasar películas. Fue como si alguien me lo hubiera susurrado al oído, como si viniera de afuera la idea. Me compré un proyector en Buenos Aires y me fui enganchando con el cine.

Empecé a ver mucho cine guiado por un amigo que me orientó hacia el cine arte. Yo había visto mucho cine de Hollywood, cine pochoclero. Le dije a mi amigo, que se llama Luis, “ayúdame a entrar al cine con mayúsculas” y él me dijo “bueno, mirá Reconstrucción de un amor, una película danesa, no tiene nada que ver con Rambo”.

Efectivamente, era muy distinta a “Rambo”. Es una película maravillosa, que tiene que ver con una historia de amor en la que el protagonista es un flaco que está en pareja con una chica, pero la relación está un poco desteñida, un poco pálida. Y repentinamente en la calle conoce a otra chica y es tan fuerte lo que le pasa que se le despelota la memoria, se le fragmenta todo. Al punto de que pierde la identidad.

Hace un juego de mirar la situación de enamoramiento como un proceso en el que dejás de ser lo que eras. Entonces el personaje empieza a desandar esa situación nueva para él a partir de su conocimiento de esta otra chica y de volver a buscarse a partir de ese enamoramiento.

Y empecé a ver, a ver y a ver cine. Y entonces me pregunte: “¿de dónde me viene esto?” Y ahí me acordé de que cuando yo era chiquito a mí y a mis hermanas mi viejo nos llevaba a ver películas a un cine club muy pequeño donde había un gordo de barba que era macanudo. Y que mirábamos la película y después dibujábamos o cantábamos.

Hacía 30 años que no me acordaba que había hecho eso. Entonces descubrí que había estado nada menos que en uno de los cineclubes fundado por Víctor Iturralde Rua, un gran pionero de los cineclubes infantiles en la Argentina, era crítico, era docente, escribía.

Estuvo en la televisión en los años 80, en el programa de Canela. Era amigo de Mario Grasso, el documentalista. Iba a conseguir las películas a las embajadas y a los centros culturales, para que nosotros pudiéramos ver películas como “El globo rojo” o “Asparajito”.

Víctor era un incentivador. Me di cuenta que lo que él hizo yo también lo quería hacer. Es como meter un petardo en una cerradura, prendés la mecha, y te vas, no sabés si se apagó y no pasó nada, o si reventaste todo.

Víctor prendió la mecha cuando yo era chiquito y el petardo explotó 30 años después cuando yo me estaba dando una ducha. Víctor era un filántropo, era un tipo que decidió dar lo que él, en su medida personal, podía convidar a otros.

Es misterioso cómo funciona la influencia, si uno le pregunta a alguien: “¿quiénes fueron influyentes en tu vida?” te llevás unas cuantas sorpresas al escuchar lo que te dicen sobre quiénes los han influido. En muchos casos los “influidores” desconocen que tuvieron ese efecto.

Así hay una trama por la cual nos influimos pero no lo sabemos ni uno que lo está haciendo ni el otro que lo está recibiendo. Porque a veces la comprensión de esa influencia es tardía, uno en el momento siente algo, se queda tildado, y después eso decanta, y a veces lo que decanta pareciera no tener ningún parentesco con lo que inició ese proceso.

Lo de Víctor Iturralde a mí me pareció muy revolucionario, no en términos políticos, sino en términos humanos, al darse cuenta que los chicos son como esponjas que absorben todo, que están fértiles, que están en ebullición, y él incentivaba eso, sabía que ahí podía plantar semillas que iban a dar frutos muchos años después.

En la época en que vino el Proceso fueron los militares a cerrarle el cineclub porque sospechaban que proyectaba algo raro, y él les explicó que sólo pasaba dibujitos animados. Y lo convenció y pudo seguir felizmente durante la época de la dictadura con el cineclub.

Es interesante como el punto de vista te cambia radicalmente que es lo que vos podés aprovechar de una cosa o no, lo que Víctor pasaba pueden ser sólo dibujitos animados pero también pueden ser enseñanzas ancestrales, pueden ser ideas profundas, puede ser la sabiduría más refinada, pueden ser tus primeros rudimentos para aprender lo que es la belleza.

¿Qué es la belleza? ¿Quién nos enseña lo que es la belleza? Es lenguaje, empezamos con mami, papa, abu, y en un momento podemos decir “coyuntura”. Así yo empecé con “Rambo”, por lo sencillo, y en un momento podía ver “Reconstrucción de un amor”, y decir a mí me gustó tal cosa de esta peli.

Empecé a ver las películas de Bergman, por ejemplo, “El séptimo sello”, termina esta película y uno se dice: “acá pasaron unas cuantas cosas, pero podría explicarme a mí mismo dos o tres, las otras voy a tener que ver cómo las pongo en palabras”.

Esto es interminable, cuando crees que llegas a una explicación te encontrás con otro que vio otra cosa. Y cada vez que te acordás de algo te lo estás contando a vos mismo y gracias a la deficiencia de la memoria volvés a armar la historia de una manera distinta, porque sacaste algo, o que le agregaste algo.

En realidad te has ido alejando de lo primigenio. Y esto nos lleva, aunque no queramos, lejos del original pero cada vez abriendo más el panorama, no sólo de las ideas sino también de los sentimientos.

Con el proyector, con la pantalla, con un equipito de sonido me fui a un evento que había organizado mi amigo Luis (que estudia cine y es músico). El evento se llamaba “Vodevil ambulante” que era para que los chicos de la facultad de cine pudieran mostrar aquellas realizaciones que hacen durante el transcurso de la carrera para aprobar la materias y que después se ven una sola vez sólo entre compañeros. Y mueren ahí en un circuito chico.

El evento era para que todas estas realizaciones se volvieran a ver con los autores presentes y además lo mezclaba con recitales de poesía porque a Luis le gusta la poesía y las escribe también.

Fui a ayudarlo hacer las proyecciones de ese evento que se realizaba en “El mondongo cultural” que estaba en 58 y 16. Y vi que era una casa vieja con una terraza con un paredón enorme de medianera y le dije a los dueños que ahí se podían proyectar películas. Y los dueños me dicen: “¿y bueno, cuando querés empezar?”. Y yo le dije: “si quieren en 15 días pasamos una”.

Fui muy caradura al ir a un lugar donde hay una facultad de cine, donde hay gente que sabe, que ya vio muchas películas, a hacer proyecciones. Pero que yo supiera no había otro que lo estuviera haciendo. “Lo hago yo, ya está”, me dije. Me animé y la primera película que pasamos fue “Invasión” de Hugo Santiago. Es la película que le da nombre a la videoteca que funciona en el Centro Cultural Malvinas.

Cuando le comento la idea de hacer proyecciones a mi amigo Marco Catulo, que atiende el vídeo del Centro Cultural Malvinas, me anima, me apoya. Le dije que no sabía bien que pasar, no quería arrancar con una película que no estuviera a la altura de las cosas. Entonces Marco me dijo: “al vídeo le pusimos Aquilea por la película Invasión porque es la única película argentina que tiene un guión hecho por Borges y Bioy Casares, pasá Invasión”.

Y con esa película empecé el ciclo de proyecciones. La historia transcurre en una ciudad que se llama Aquilea (pero que es Buenos Aires) en donde comienza una invasión, pero no se sabe quiénes son los que invaden y no está muy claro con qué intención.

Yo tenía presente algo que me había dicho un hombre más grande, que fue compañero mío de estudio, yo estudié electrotécnica de grande, tenía 29 años cuando comencé y mis compañeros tenían todos 20 años, salvo Roberto, el único compañero de 57 años, hicimos la carrera juntos, y cuando estábamos por egresar Roberto me dice que se había anotado en ingeniería.

Unos meses después intrigado por lo que había sido de su vida lo llamo y Roberto me cuenta lo siguiente:

Fui a la primera clase y el profesor tenía mi edad, el profesor vio todo el auditorio lleno de jóvenes y el único viejo que había era yo, termina la clase y me llama, y me pregunta si soy docente, y le digo no, le digo acabo de empezar la carrera, le digo que soy alumno, y el tipo me mira y me dice: ¿usted sabe dónde se metió?, yo le contesté que no sabía, y le pregunté: Cuándo Colón salió para América ¿sabía dónde se metía?.

Roberto con este comentario no sabía que mecha prendía en mí. Tomé esa respuesta de él para lo mío, yo tampoco sabía en lo que me metía cuando me decidí a proyectar cine. Yo hasta entonces pretendía comprender en el momento las cosas como una condición para hacerlas, pero está bueno soltarse y meterse para saber dónde nos estamos metiendo.

En vacaciones de invierno hice unas proyecciones pensadas para chicos con unas películas de animación japonesas que son visualmente bellísimas, son del Estudio Ghigli del animador Ayao Miyasaki, que se empezaron hacer en los años 80. Una de sus películas más famosas se llama “Mi vecino Totoro”.

Tengo una página en el Facebook que se llama Ciclo de Cine Caminante, en la que aparecen anunciadas las películas que actualmente estamos proyectando en el Centro Cultural Malvinas, también aparecen en la página de la Videoteca Aquilea.

También hay un sitio en Internet que se llama La cueva de Chauvet, es una revista digital de cine que tiene la atención y la delicadeza de ir preguntándonos a todos los que andamos proyectando películas qué vamos a pasar y adonde lo vamos hacer, y confeccionan una agenda colectiva anunciándolas todas juntas.

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