Un hacer, un mirar y un sentir holístico en educación musical 

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Por Roxana Lasala (*)

¿Para qué sirve una escuela de música?

Una escuela de música en una ciudad tendrá seguramente una misión especial, la de devolver a quien aprende su memoria musical, su poder, su autoría; la de recordarle lo que había olvidado pero que está ahí intacto, esperando que lo despertemos, lo estimulemos, lo pongamos “en acto”.

Tendrá la función de acercarnos en un cálido vínculo a la memoria de que somos dueños de ese lenguaje y que está allí para mostrarnos una gran opción de belleza, de salud, de bienestar, y de conciencia.

Parece que nos hemos conformado con ser auditores pasivos de un lenguaje que sabemos hablar (pero se lo dejamos solo a unos pocos, como si fuera un idioma que solo se puede hablar en un escenario).

Las ciudades nos han atrapado y entrampado en un ritmo que no nos deja sentirnos. Producir se ha convertido en una inercia tan grande de nuestra época que vivimos una especie de amnesia colectiva. Ya no sabemos bien quiénes somos. Cansados, no hay tiempo… y si no hay tiempo, no hay forma de hacer música, no hay ocio, no hay silencio, nos contracturamos sólo por vivir.

Vivir debería ser una constante actitud de celebración, donde cantar y tocar podrían ser una natural consecuencia de vivir, como nos cuentan los antropólogos o historiadores. Hoy en día habemos profesores de música, y nuestra función social, así como yo la entiendo desde nuestro espacio de #Querencias, es la de “despertador”.

(*) Reflexión escrita en 2012 por la profesora y directora de la Escuela de Música Querencias.

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